El flamante nuevo presidente del Perú, Pedro Castillo, en uno de sus anuncios más comentados por las dimensiones implícitas que contiene, señaló que “los jóvenes que no estudian ni trabajan, deberán acudir al servicio militar”.
El anuncio me hizo recordar lo vivido por un entonces joven poeta ruso, futuro premio Nobel de literatura. Según relata Alexandra Popoff en su biogafía de Vasili Grossman, en febrero de 1964 Josef Brodsky fue citado al tribunal del distrito de Dzerzhinsky en Leningrado. El escritor fue condenado a 5 años de trabajos forzados por su “parasitismo social”. Durante el juicio, se produjo el siguiente diálogo:
-Juez: ¿Cómo se gana la vida?
-Poeta: Escribo poesía, Traduzco, supongo…
-Juez: No importa lo que usted suponga. Aguante en pie como es debido, No se apoye en la pared. Mire al tribunal. Responda adecuadamente. ¿Tiene un trabajo normal?
-Poeta Habría dicho que era un trabajo normal.
-Juez: Responda como es debido!
-Poeta: Escribía poemas, pensaba que se publicarían, supongo que…
-Juez: No nos interesa lo que usted supone. Díganos por qué no trabajaba.
-Poeta: Tenía contratos con un editor.
-Juez:¿Tenía suficientes contratos para ganarse la vida? Enumérelos: ¿Con quién, en qué fechas y por cuánto dinero?”
¿Cabe preguntarse cuántos jóvenes artistas, actrices, actores, escritores, poetas y pensadores peruanos deberán justificar que tienen un “trabajo normal” para evitar ser enviados a la milicia?
¡Qué difícil es ser Dios! Así tituló un ensayo sobre Sendero Luminoso el destacado antropólogo peruano Carlos Degregori, refiriendo la desmesura de quien (Abimael Guzmán alias presidente Gonzalo) desde una posición de poder se sintió capaz de determinar o negar el valor de la vida de millones.
Para Degregori, Sendero Luminoso, causante de una guerra que costó cerca de 70 mil vidas, se alimentó de la adhesión de jóvenes que se sentían engañados y empuñaron la espada para vengar el fraude, y por intelectuales que buscaron en forma paternalista la redención de los pobres de la sierra del Perú, desatando una ira mesiánica. “Son los últimos hijos del siglo de las luces que, doscientos años más tarde, perdidos en Los Andes, llegan a convertir la ciencia (el marxismo-leninismo de manual) en religión”, dice Degregori.
Es evidente que afortunadamente el presidente Pedro Castillo no es el juez de Leningrado ni el “presidente Gonzalo”, pero sería prudente estar alertas en relación al discurso redentor y a los excesos moralizantes que enarbola. Por otra parte, la experiencia de Sendero Luminosos y Fujimori no está tan lejos. La misogenia, la homofobia, el autoritarismo andan rondando, algo que el nombramiento del premier Guido Bellido no tranquiliza . Mal que mal, en Perú también ha ondeado en otras ocasiones la bandera del “Bien” en cuyo nombre se desboca y embravece la voluntad.
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