La discusión reciente sobre las proyecciones económicas ha puesto una palabra en el centro del debate: error. Se habla de errores de pronóstico, de errores excesivos, de errores que deberían ser investigados y eventualmente sancionados. Sin embargo, antes de discutir cómo evaluar esos errores, conviene preguntarse qué significa realmente la palabra.
En el lenguaje cotidiano, un error es una equivocación. Quien escribe una palabra con faltas de ortografía comete un error. Quien afirma que dos más dos es igual a cinco también comete un error. En ambos casos existe una respuesta correcta disponible desde el comienzo. La equivocación consiste precisamente en no haber llegado a ella.
Los llamados errores de pronóstico en principio pertenecen a una categoría distinta. Aunque la terminología estadística los denomina como “errores”, ellos no corresponden necesariamente a equivocaciones de quien realiza la proyección. La diferencia entre lo pronosticado y lo observado puede surgir simplemente porque parte de la realidad futura era imposible de anticipar cuando el pronóstico fue formulado. La literatura técnica llama a un pronóstico “eficiente” cuando sus errores sólo contienen elementos que eran imposibles de anticipar. En este caso no hay culpables del “error” o bien el error no constituye una equivocación. Simplemente refleja la incertidumbre que nos rodea y sincera que hay elementos que no se pueden anticipar.
Ahora bien, la diferencia entre lo pronosticado y lo observado también puede estar contaminada por sesgos, omisiones, y un largo listado de deficiencias que pueden alejar a un determinado pronóstico de su ideal eficiente.
Surge entonces una pregunta más difícil: ¿cómo determinar cuándo una diferencia entre pronóstico y resultado corresponde a una mala práctica profesional y cuándo corresponde simplemente a la realización de eventos imprevisibles?
Recientemente, el destacado economista Sebastián Edwards ha propuesto evaluar los errores observados mediante indicadores estadísticos y compararlos con estándares históricos o internacionales. La idea en principio es buena, pero su implementación enfrenta obstáculos considerables.
El primero es el tamaño de la muestra. Una administración gubernamental en Chile dura apenas cuatro años. Si se utilizan proyecciones anuales, el número de observaciones es extremadamente reducido. Incluso utilizando proyecciones trimestrales, la evidencia disponible sigue siendo limitada para extraer conclusiones robustas sobre la calidad de un sistema de pronósticos. Con tan pocas observaciones, un único episodio extraordinario puede dominar completamente cualquier medida agregada de desempeño. Una pandemia, una crisis financiera internacional o un shock geopolítico pueden alterar de manera sustancial indicadores como el error cuadrático medio sin que ello entregue información concluyente sobre la calidad técnica de quienes formularon los pronósticos.
El segundo problema es aún más básico: ¿qué resultado debe utilizarse para evaluar la proyección? En variables como el crecimiento económico o los ingresos fiscales, las cifras oficiales sufren varias rondas de revisiones. Un pronóstico puede parecer acertado frente a una cifra preliminar y menos acertado frente a una revisión posterior. Antes de evaluar, es necesario definir exactamente qué se está intentando predecir.
Existe además un problema de elección de instrumento de medición: ¿Error Cuadrático Medio o una medida asimétrica? Quizás sería mejor simplemente una correlación estadística suficientemente alta entre pronóstico y realidad, o un criterio no paramétrico.
Tal vez, entonces, deberíamos adicionalmente mirar hacia otro lado.
La pregunta relevante no es solamente cómo evaluar retrospectivamente los pronósticos de una administración. Igualmente importante es garantizar la independencia y credibilidad de las proyecciones desde el momento mismo en que son elaboradas.
Chile posee experiencia valiosa en esta materia. La determinación de variables fundamentales para la regla fiscal, como el precio de referencia del cobre, descansa en mecanismos que buscan reducir la discrecionalidad política mediante la participación de expertos externos. El objetivo nunca ha sido eliminar el error o la incertidumbre. Eso es imposible. El objetivo ha sido limitar la capacidad de cualquier gobierno para ajustar supuestos técnicos según sus conveniencias de corto plazo.
Quizás sea momento de extender esa lógica a otras proyecciones críticas para las finanzas públicas. Metodologías completamente transparentes, procedimientos auditables y organismos técnicos independientes podrían contribuir más a la credibilidad del sistema que cualquier intento posterior de juzgar errores estadísticos sobre la base de unas pocas observaciones.
Que no se malentienda, una evaluación estadística puede ser un elemento valioso, pero idealmente en base a más observaciones, incluyendo periodos más largos y no con el foco en una administración gubernamental en particular.
Las sociedades modernas necesitan pronósticos para tomar decisiones. Pero también necesitan comprender qué son y qué no son los pronósticos. Un error de proyección no es necesariamente una equivocación. Y la mejor defensa contra el uso político de las proyecciones no es la búsqueda imposible de pronosticadores infalibles, sino la construcción de instituciones que protejan la independencia del análisis técnico frente a las presiones del poder.
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Chile puede crecer al 4%. Por Carlos Cruz.https://t.co/3CZC1MeWPj
— Ex-Ante (@exantecl) June 17, 2026
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