El debate sobre la duración de las carreras universitarias, instalado en Chile durante las últimas semanas, ha tomado un carril casi exclusivamente económico: gasto fiscal, eficiencia del sistema, alivio a las familias, comparación con los pregrados europeos de tres años. Son preocupaciones legítimas. Pero corren el riesgo de hacernos perder de vista la pregunta de fondo: ¿qué tipo de persona queremos formar en un mundo en que el conocimiento técnico se vuelve obsoleto más rápido que nunca?
La inteligencia artificial responde hoy en segundos lo que un estudiante tardaba semanas en investigar, y los contenidos profesionales caducan a una velocidad inédita. Lo que hoy se enseña en derecho, ingeniería o medicina será revisado, ampliado o desplazado en una década. Frente a eso, formar profesionales más rápidos -en menos años, con mallas más livianas- parece una respuesta sensata. Pero es, probablemente, la respuesta equivocada. Si la universidad se reduce a entregar destrezas técnicas, en pocos años habrá entregado herramientas obsoletas a profesionales que no saben pensar más allá de ellas. Habremos formado, con notable eficiencia, personas intelectualmente livianas, sin espesor.
Lo que la inteligencia artificial no reemplaza ni reemplazará es justamente aquello que una formación universitaria densa puede dar: profundidad, criterio, juicio. La capacidad de distinguir entre lo verdadero y lo verosímil, entre lo útil y lo importante, entre lo eficaz y lo bueno. Esa formación no se adquiere en cápsulas cortas ni en módulos certificables; requiere tiempo de lectura, de discusión, de error, de relectura. Acortar las carreras sin proteger ese tiempo equivale a regalar al mercado lo único que el mercado, por sí solo, no produce.
La objeción al acortamiento puro no obliga a defender el modelo vigente: la pregunta sensata no es “cinco años o tres”, sino qué arquitectura formativa corresponde a una vida que ya no se organiza linealmente. Hoy casi nadie estudia una sola vez: los profesionales cambian de área, vuelven al aula a los cuarenta, reciclan competencias varias veces.
La trayectoria educativa se parece menos a una autopista y más a una sucesión de tramos: un pregrado con sentido, una pausa para trabajar y madurar, un retorno con preguntas más informadas, una especialización tardía y constante. La educación continua no debiera ser un agregado posterior al título, sino un horizonte presente desde el primer año. La formación y estudio, en definitiva, como proceso de vida y no como etapa que se cierra al egresar.
Esta arquitectura permite, además, repensar el pregrado mismo. La formación profesional habilitante puede ser más breve, siempre que se entienda que el oficio se completa después y que la universidad no termina con el título. Lo que no puede acortarse -y aquí está, me parece, el argumento menos usado y más potente- es el tiempo formativo propiamente universitario: aquellos años en que una persona joven, conviviendo con otros en un mismo lugar, lee con calma libros difíciles, descubre lo que le importa, ensaya respuestas y revisa convicciones. Ese tiempo no es “tiempo productivo” en sentido económico. Es algo más raro y más valioso: tiempo en que se construye una identidad intelectual y moral.
Josef Pieper recordaba, en “El ocio y la vida intelectual”, que la palabra griega scholé -de la que deriva “escuela”- significaba en su origen “ocio”: la cultura clásica entendió que el aprendizaje verdadero supone una pausa respecto del trabajo y del rendimiento, no como capricho sino como condición. Sin ese tiempo aparentemente improductivo, no hay pensamiento que merezca el nombre. Tiempo de encuentro con gente, en suma, y de configuración de sí.
Las grandes tradiciones universitarias -la medieval, la humboldtiana, la de las artes liberales- lo han entendido siempre: la universidad es un espacio único en la biografía de una persona, no porque entregue cierto contenido, sino porque hace posible cierta experiencia. Una experiencia que requiere comunidad, lectura compartida, conversación pausada, profesores que no solo enseñan, sino que viven una vocación intelectual visible. Si reducimos ese espacio a un trámite eficiente para la inserción laboral, no habremos modernizado la universidad: la habremos vaciado.
Por eso el debate actual, planteado en términos puramente económicos, oculta lo que realmente está en juego. La obsesión por acortar las carreras está acortando, sin que lo notemos, la idea misma de educación. Si lo único importante son los semestres, los créditos, las mallas y la inserción laboral temprana, terminaremos teniendo institutos más o menos eficientes; pero universidades, en sentido propio, ya no tanto.
Modernizar es necesario. Revisar mallas atiborradas, eliminar redundancias, atender a los perfiles de egreso, abrir trayectorias flexibles y reingresos: todo eso es urgente. Pero antes -y por debajo- de cualquier rediseño, hace falta volver a preguntarse para qué existe una universidad y qué tipo de persona necesita formar el Chile que viene. Sin esa pregunta previa, todas las decisiones técnicas son puntería sin blanco.
Porque la universidad no puede medirse en semestres. Se mide en personas. Y una persona no se forma con la rapidez con que se monta un dispositivo: se forma con tiempo, con compañía, con preguntas, y con un horizonte que es, por su naturaleza, más amplio que cualquier malla curricular.
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