El 24 de marzo de 2026, se incendió otro edificio histórico en Valparaíso, ubicado a pasos de la Plaza Sotomayor. Allí operaban: Restaurante Capri, Restaurante Wall Street, Importaciones Grez y, en el segundo piso, Espacio Prat, que incluía la tienda El Baúl de Isidora y Librería Crisis.
En septiembre de 2025, había concluido su rehabilitación, a través del programa de Mejoramiento de Fachadas de la Corporación Municipal Sitio Patrimonio Mundial de Valparaíso. Allí estuvieron el Banco Italiano Francés y Seguro Pacífico. En el segundo piso, aún era posible apreciar la antigua bóveda del banco.
El Restaurante Capri y Espacio Prat estaban a cargo de la familia Pincheira. El primero, restaurante de comida tradicional chilena, fue fundado en 1955. El segundo, restobar, cafetería, y lugar de encuentro en torno a exposiciones, charlas y conciertos, era un proyecto reciente de César Pincheira hijo, periodista y fotógrafo.
Semanas antes de la tragedia, había iniciado un ciclo de conversaciones con fotógrafos. Entre otros, participó Álvaro Hoppe, valor nacional de la fotografía, autor de Plebiscito en Chile, 1988 (2020), que reúne material documental relativo a ese hito histórico. Fue una notable y reveladora conversación, realizada el 7 de febrero de 2026, acerca de la trayectoria de Hoppe y su entendimiento de la fotografía, junto a una exposición de sus trabajos, dispuestos en pantallas.
La Librería Crisis, fundada a fines de 1991 por Mario Llancaqueo, permaneció durante treinta años frente al edificio del Congreso Nacional, en Valparaíso. Antes, tuvo otras tres librerías. La segunda, Nueva Era, también en Valparaíso, fue allanada, saqueada, y sus libros quemados, tras el Golpe de Estado de 1973.
Falleció en junio de 2021. Su hija Marilén Llancaqueo, heredera de la librería, se trasladó a la calle Blanco y, en diciembre de 2024, a Espacio Prat.
Crisis contaba con más de 25.000 libros. Se perdió alrededor del 90%, además de vinilos, cuadros, equipos de sonido, herramientas y mobiliario. También fue afectado el archivo de Mario Llancaqueo, que reunía documentos relativos a Valparaíso, el pueblo mapuche, y movimientos sociales y políticos (1960-1993).
Marilén ha recibido apoyo tanto de la comunidad, a través de campañas de recuperación de libros, donaciones y recitales a beneficio, como del Archivo Regional de Valparaíso y del Centro de Extensión del Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio (CENTEX). Éste puso a disposición su hall principal, donde voluntarios han trabajado secando y limpiando aquellos libros y documentos que sobrevivieron al fuego y el agua, incluido el archivo de su padre.
Autoridades nacionales concurrieron al sitio del incendio el 25 de marzo.
Una nueva Ley de Patrimonio Cultural está en trámite, a fin de “contar con mayores herramientas para la protección, gestión y recuperación de bienes patrimoniales, especialmente en escenarios de riesgo”.
Era una propuesta indispensable. Por eso, es escandaloso que, a 23 años de la nominación de Valparaíso como Patrimonio Cultural de la Humanidad, y luego del terremoto de 2010, de tantos incendios, de la vandalización de la ciudad en octubre de 2019, y de la pérdida de fuentes laborales, recién ahora esté avanzando un proyecto de ley tal.
Dicha situación sostenida revela desidia, negligencia, vacío de la inteligencia y decadencia espiritual.
Distintos espacios tradicionales han acabado consumidos por el fuego, como la fábrica de cecinas Sethmacher que, al cabo de un año, aún no ha logrado restablecerse.
Hace poco, la PDI detuvo al presunto autor del siniestro que terminó de destruir el ex Teatro Pacífico, en junio de 2025, ya en situación de depredación y ruina. Un basural. Se robaron hasta las cañerías de cobre. Pero el edificio sigue ahí, saqueado, vandalizado y quemado.
Asimismo, el edificio de El Mercurio, inaugurado en 1901, incendiado en 2019. Ahí yace, con su invaluable archivo histórico en su interior. Aún exhibe las marcas de aquel éxtasis barbárico: vandalizado, tapiado, sucio, con el hollín a la vista, cubierto de rayados. Su destrucción fue celebrada públicamente por académicos en ejercicio.
Sin duda, han existido valiosos esfuerzos de recuperación patrimonial. Pero Valparaíso se quema desde dentro, devorándose, conducido por una ciega voluntad autodestructiva que retorna una y otra vez, arraigada en lo más profundo y oscuro de su ser. El fuego ha alcanzado, incluso, a espacios culturales mantenidos con honestidad y esfuerzo, en antiguos edificios recobrados para el desarrollo de la ciudad.
¿Hasta cuándo?
Quema de libros, archivos, imágenes y construcciones: señal y prefiguración ominosa de una reducción a la barbarie, históricamente repetida.
El libro simboliza la ciencia, la sabiduría, la cultura y la religión superiores, los misterios sagrados, la revelación y manifestación del universo, la inteligencia cósmica e individual. La quema de libros, sea intencional o accidental, remite a la envergadura del libro y su destrucción, en cuanto imagen de la extinción del conocimiento y su transmisión futura. Su práctica organizada se remonta a la Antigüedad, como una forma de destruir tradiciones propias de una cultura o de otras, con intenciones refundacionales.
Para restaurar Valparaíso, se requerirían inversiones públicas y privadas de gran calado, y una mayor presencia de las universidades, más allá de los procesos de acreditación, de suyo neutralizadores, enquistados en su estructura como un fin en sí mismo. Y, sobre todo, se requeriría un anhelo de purificación y transformación sustanciales, en el orden del espíritu, capaces de conjurar este marasmo.
Así, la cultura podría desarrollarse de modo floreciente, con una consciente diferenciación respecto de cualesquiera formas de envilecimiento, extorsión ideológica, legitimación de la barbarie e incentivo a la lumpenización.
Pues la mezquindad organizada subyacente a tales estrategias aún permanece, irradiando desde poderes disolventes de todo lo que trasunte nobleza, sin distinciones.
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