Los problemas que aquejan al gobierno nunca han sido comunicacionales; no se trata de explicar mejor lo que se está haciendo, sino de sincerar cómo se van a lograr los objetivos reconociendo, por ejemplo, que habrá programas que se revisarán y que podrían ser descontinuados o redimensionados. Sin ese ejercicio de transparencia, la ciudadanía no puede tomar decisiones informadas, decidir si está a favor o en contra de lo que plantea el gobierno. Hoy solo se escucha con fuerza la voz crítica de la oposición y el negacionismo del ejecutivo.
¿”Agenda oculta?”. La política es una caja de sorpresas. Quien habría imaginado que a poco más de un mes de su instalación un gobierno que ganó con el 58% de los votos iba a estar a la defensiva y acorralado por una oposición que sufrió una derrota histórica. Herederos del gobierno peor evaluado desde la recuperación de la democracia, que además hasta hace muy poco estaban enfrentados entre ellos, buscando su destino en medio de reproches, descalificaciones y cuestionamientos ideológicos.
- Me atrevo a decir, sin temor a exagerar, que en los albores de su gestión este gobierno no tiene nada que envidiarle al triste desempeño de los primeros meses caóticos de Gabriel Boric, que se caracterizó por las disputas internas, los mensajes contradictorios y las metidas de pata.
- Al momento de “entrar en prensa”, como se decía antes, ya no es una locura especular sobre un posible ajuste ministerial pues los desencuentros entre ministros, dirigentes de los partidos, el segundo piso y hasta con la presidenta del Senado, son el pan de cada día. Acusaciones van y vienen, se exigen disculpas, se toman represalias, se desmienten mutuamente.
- Pero lo más grave es cómo la oposición ha ido acorralando al gobierno estigmatizándolo como “insensible”, con una “agenda oculta” y de no revelar sus verdaderas intenciones.
- Que tendría un plan “secreto”, para recortar el gasto social, cuyo caballo de troya es la ley miscelánea sobre “reconstrucción nacional” y que culminaría con la elaboración de la ley de presupuesto de 2027.
- Algo que no es enteramente nuevo, pues estuvo muy presente en la campaña presidencial transformándose en un “talón de Aquiles” para el candidato, que se vio forzado a prometer que no se afectaría ningún derecho social.
Mensaje del gobierno. Todo ello, en el contexto de la crisis energética provocada por la guerra en Medio Oriente y su efecto devastador en los precios de los combustibles, que se traspasaron, sin anestesia a los consumidores.
- Hasta ahora, el mensaje principal del gobierno, por no decir el único es que las finanzas públicas atraviesan un momento crítico, con recursos limitados que obligan, inevitablemente, a revisar las prioridades del Estado; que ordenar las cuentas fiscales no es una “opción ideológica” sino un requisito “sine qua non” para reactivar la economía.
- Lamentablemente, la filtración del hoy famoso memorándum interno del ministro de Hacienda, dirigido a los ministerios, en el que solicita las evaluaciones de un conjunto de programas sociales sugiriendo recortes en su financiamiento y/o eliminación, le dio aún más credibilidad a la campaña de la oposición.
- De nada sirvieron sus explicaciones posteriores; quedó claro que el ministro más empoderado del gabinete quisiera y estima necesario, meterle mano a los programas sociales.
- Pues más allá de los desmentidos e interpretaciones alambicadas, es innegable que lo que allí señala es absolutamente coherente con los objetivos fiscales del gobierno.
El costo de no decir la verdad. La oposición está teniendo éxito porque la evidencia sugiere que al menos se están considerando cambios sobre la materia; y cuando la autoridad lo descarta de plano, queda atrapado en una contradicción.
- Porque sabe que hay que ajustar, pero no se atreve a decirlo. Y, en esa vacilación pierde la iniciativa, no entra al debate; solo reacciona a las acusaciones de la oposición, siempre a la defensiva, siempre negando.
- Comportamiento que tiene consecuencias ya que se consolida en la opinión pública la idea de que el gasto social es intocable. Que cuestionarlo no solo es políticamente incorrecto, sino moralmente reprochable. Es el costo de no decir la verdad, de la falta de coraje para defender su agenda.
- Una batalla que el gobierno está perdiendo, tal y como se refleja en las encuestas. No esta está dispuesto a reconocer y defender algo que, en rigor, es evidente: Que el gasto social, como cualquier política pública, debe ser evaluado en función de su eficacia y si no cumple sus objetivos, es legítimo e incluso necesario modificarlo, reducirlo o eliminarlo.
- Un dilema que no es exclusivo de Chile y que enfrentan muchos países ricos pertenecientes al “primer mundo” como Francia y Alemania, cuyo gobierno, del que forma parte la socialdemocracia, ha anunciado drásticas reducciones al Estado de Bienestar para asegurar la estabilidad fiscal y, al mismo tiempo, aumentar el gasto en defensa en un contexto internacional marcado por la incertidumbre y las tensiones en la OTAN.
- ¿Por qué ese debate es posible allá y no aquí? Tal vez porque existe una mayor disposición a enfrentar la realidad sin eufemismos. A reconocer que los recursos son escasos y que toda política pública debe justificar su existencia. Y, sobre todo, a entender que la legitimidad del gasto social proviene de sus resultados; y de la capacidad del Estado de financiarlo.
Ejercicio de transparencia. La estrategia de negar, minimizar, postergar, si bien resultó eficiente en la campaña, no sirve para gobernar; tampoco es sostenible en el tiempo. El “saneamiento” de las cuentas públicas a las que aspira el gobierno no es factible sin afectar el gasto social.
- No tengo dudas de que el gobierno quiere, pero no se atreve, al menos por ahora, a revisar el gasto social y hacer ajustes que estima necesarios; que tal vez más adelante, cuando se sienta fuerte lo intentará. De lo que se deduce que la “agenda oculta” existe, al menos en el plano del deseo y la intención.
- En consecuencia, los problemas que lo aquejan nunca han sido comunicacionales; no se trata de explicar mejor lo que se está haciendo, sino de sincerar cómo se van a lograr los objetivos reconociendo, por ejemplo, que habrá programas que se revisarán y que podrían ser descontinuados o redimensionados.
- Sin ese ejercicio de transparencia, la ciudadanía no puede tomar decisiones informadas, decidir si está a favor o en contra de lo que plantea el gobierno. Hoy solo se escucha con fuerza la voz crítica de la oposición y el negacionismo del ejecutivo.
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