Minería chilena: ¿potencia mundial o motor que no despega? Por María Cristina Betancour

Economista especialista en minería

Entender qué corregir para superar las trabas y alinear las fuerzas para avanzar es un desafiante paso para que la minería siga siendo el motor del crecimiento económico del país.


Recientemente se ha dado una discusión acerca de los estímulos necesarios para que el país se convierta en potencia minera mundial. Y, como suele ocurrir, aparece la clásica polarización chilena entre críticas duras por una parte, y férreas defensas, por otro. Sin embargo, la realidad, como casi siempre, es más matizada.

Como plantea Ricardo Hausmann, economista que ha sido citado por sus críticas al desarrollo de la minería chilena, el crecimiento se explica por la acumulación de conocimiento (know-how) o por el valor de los recursos disponibles. A partir de los años 90, Chile creció fuertemente apalancado en sus recursos mineros, con capitales principalmente extranjeros. La producción de cobre aumentó de 1,6 a 5,4 millones de toneladas métricas entre 1990 y 2004. Desde entonces, se ha mantenido relativamente estancada, independiente del precio del mineral.

Siguiendo esa lógica, el crecimiento futuro debería venir del conocimiento acumulado, especialmente en un sector que aporta más del 10% del PIB y cerca del 60% de las exportaciones. Sin embargo, Chile sigue siendo importador neto de conocimiento minero.

En este contexto, se ha destacado el rol de las empresas proveedoras como motor de crecimiento, productividad e innovación. Aunque estas generan ventas por unos US$ 23 mil millones en el país, convertirse en proveedor y, más aún cuando se trata de innovación, sigue siendo altamente desafiante. Por ello, desde al menos 2008 se han impulsado esfuerzos sostenidos, tanto públicos como privados, para fortalecer este ecosistema.

Un ejemplo es la Corporación Alta Ley, creada en el marco del Programa Nacional de Minería Alta Ley, que en 2015 fijó metas ambiciosas, tales como alcanzar 250 empresas proveedoras de clase mundial y entre US$ 4.000 y 10.000 millones en exportaciones hacia 2035. Sin embargo, los resultados no muestran avances suficientes para alcanzar estos objetivos. Y, en lugar de revisar críticamente las razones, las metas se han ajustado a la baja. Plop!, diría Condorito.

Aun así, sería un error ignorar los avances. El sector minero chileno, y en particular su red de proveedores, muestra niveles de sofisticación que destacan incluso frente a otras industrias. La adopción digital, la automatización de procesos y el uso de analítica avanzada y robótica son hoy prácticas extendidas. De hecho, la minería se ubica entre los tres sectores con mayor tasa de innovación, según el Ministerio de Ciencia y Tecnología. En sostenibilidad, también hay progresos relevantes, con una creciente incorporación de energías solares y eólicas, para contar con una minería más limpia.

Entonces, ¿por qué, pese a estos esfuerzos, los resultados siguen siendo modestos? Una de las críticas apunta a la formación de capital humano avanzado. En un país con vocación minera, se esperaría que sus facultades de minería y metalurgia estuvieran entre las mejores del mundo. El QS World University Ranking 2026 sitúa a la Universidad de Chile en el puesto 16, mientras que la Pontificia Universidad Católica de Chile y la Universidad de Concepción se ubican entre los lugares 51 y 100. Si bien destacan en reputación académica y entre empleadores, su producción científica es menos sobresaliente. Es decir, se forman buenos profesionales, pero aún hay espacio para generar más conocimiento.

También se ha planteado la necesidad de un mayor protagonismo del sector privado en la construcción de un ecosistema robusto. Sin embargo, los esfuerzos existen, a través de clústeres regionales, iniciativas de innovación abierta y programas público-privados orientados a resolver desafíos concretos. Regiones como Antofagasta, Atacama y Valparaíso cuentan con redes de articulación desde hace años. Organizaciones como Fundación Chile, junto con iniciativas como Minnovex y Expande, han contribuido a conectar necesidades productivas con soluciones tecnológicas. A ello se suman centros de pilotaje que facilitan la prueba de innovaciones.

Los problemas, por tanto, son múltiples y ninguna solución es simple. Entre ellos, destacan la burocracia y la falta de foco institucional, muchas veces asociada a indicadores de desempeño poco relevantes. Instituciones como Clapes UC y la Comisión Nacional de Evaluación y Productividad han aportado diagnósticos valiosos en esta materia. Pero no basta con crear programas, fondos o instituciones si estos terminan atrapados en lógicas de corto plazo. Cuando la estrategia se diluye en la contingencia, los esfuerzos pierden dirección.

Al final, el desafío es decidir qué se está dispuesto a hacer distinto. Y eso implica medir, con indicadores claros y exigentes, sin espacio para justificaciones cómodas. Evaluar si las políticas funcionan y tener la voluntad de corregir cuando no lo hacen. Convertirse en potencia minera no es una meta declarativa. Es un proceso acumulativo, imperfecto y muy desafiante. Exige, entre otros, una cierta madurez colectiva, donde cada actor cumpla su papel con excelencia.

Claramente, el problema chileno no es la falta de esfuerzo, pero sí es multifactorial. La minería es un importante sector llamado a continuar con el esfuerzo, a partir de todos sus intentos. En EEUU se valora el fracaso como parte fundamental del proceso de aprendizaje, innovación y éxito. Dicen por ahí que si se busca resultados distintos no se puede seguir haciendo lo mismo.

¿Qué se podría hacer distinto? Lo primero es contar con las evaluaciones correctas. El Estado podría eliminar programas, instituciones quizás, que no cumplen con los objetivos para los que fueron creadas. Las universidades ¿habrán pensado en tener un Nobel asociado a la investigación en minería? Los privados ¿existirá algún liderazgo que permita contar con indicadores para enmendar rumbo?

Entender qué corregir para superar las trabas y alinear las fuerzas para avanzar es un desafiante paso para que la minería siga siendo el motor del crecimiento económico del país.

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Una ventana de oportunidad. Por Christopher Lyon

 

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