Ocho de cada diez empresas dicen usar inteligencia artificial (IA). Ocho de cada diez reportan que no ha tenido impacto significativo en sus resultados. Es la paradoja de la IA generativa: adopción masiva, retorno difuso. No es un problema de tecnología. Es un problema de gestión.
En muchas empresas chilenas la conversación sobre IA partió por la pregunta equivocada. ¿Qué herramienta comprar? ¿Qué licencia contratar? ¿Qué modelo usar? Es comprensible. Cada gran ola tecnológica viene envuelta en una oferta de productos, promesas y ansiedad por no quedarse atrás. Pero vista desde la empresa, la IA es más un problema de gestión que de software.
Una firma puede pagar por los mejores sistemas disponibles y aun así no ganar casi nada en productividad. También puede partir con herramientas relativamente simples y obtener mejoras relevantes. La brecha la define, principalmente, la capacidad para reorganizar tareas, flujos de trabajo, decisiones y responsabilidades. Si la empresa tiene datos desordenados, funciones mal definidas, cuellos de botella persistentes y jefaturas que no delegan, la herramienta amplificará ese desorden. Si, en cambio, la organización sabe dónde pierde tiempo, dónde se repiten errores y dónde hay tareas rutinarias de alto volumen, la IA puede convertirse en una palanca concreta de productividad.
Por eso su uso más valioso en la empresa no suele ser reemplazar trabajadores de golpe, sino ayudar a vender mejor, responder más rápido, reducir errores, ordenar información, acortar tiempos de análisis, apoyar decisiones y acelerar aprendizaje. En muchos casos, además, el mayor efecto no está en el trabajador excepcional, sino en el promedio. Eleva el piso. Hace más productivo al equipo medio. Y eso, para una economía como la chilena, puede ser más importante que cualquier demostración espectacular.
La IA tiende a beneficiar más a las empresas mejor gestionadas. A las que saben probar, medir, corregir y escalar. A las que entienden que incorporarla exige cambiar rutinas, más que agregar una capa digital encima de lo que ya existe. La discusión relevante en directorios y gerencias no debería partir por cuál es la herramienta más poderosa, sino por dónde están hoy las pérdidas de tiempo, las duplicaciones, la mala coordinación y las decisiones que podrían tomarse mejor.
Para Chile, además, hay un problema agregado. Si la adopción queda concentrada en unas pocas firmas grandes, la IA no será una palanca de crecimiento amplio. Será una nueva fuente de concentración. Nuestra estructura productiva es muy heterogénea. Conviven empresas sofisticadas con otras que todavía operan con procesos fragmentados, baja trazabilidad y escasa capacidad de absorción tecnológica. En ese contexto, la IA puede ampliar diferencias más que cerrarlas. Entre trabajadores y entre empresas, sectores y territorios.
Así, desde la empresa, el desafío no es “tener estrategia de IA” como quien añade una moda al plan anual. Es usar esta tecnología para revisar cómo se trabaja. Dónde agrega valor una persona. Dónde conviene automatizar. Dónde hace falta supervisión. Dónde se puede delegar mejor.
La IA ya llegó a las empresas. La pregunta es cuáles la usarán para rediseñarse y cuáles la tratarán como otro software más. Las primeras ganarán tiempo, escala y capacidad de adaptación. Las segundas acumularán pilotos, presentaciones y frustración — y contribuirán a engrosar esa estadística incómoda: ocho de cada diez.
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Chile en la policrisis: el problema no es crecer menos, es entender el cambio. Por Gabriela Salvador. https://t.co/gQJrmT44w6
— Ex-Ante (@exantecl) April 13, 2026
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