Abril 10, 2026

La piel de la ciudad. Por Marco Subercaseaux

Académico U. Andrés Bello
Crédito: Agencia Uno

La ciudad no se recompone solo con grandes discursos sobre identidad, ni con nostalgia por la vieja Alameda de las Delicias, ni con consignas estampadas sobre muros ajenos. Se recompone cuando el espacio público vuelve a ser habitable, legible, amable y seguro, cuando el patrimonio deja de verse como un estorbo, cuando una vereda invita a caminar, cuando un edificio deja de parecer un cadáver y vuelve a parecer una institución.


Las fachadas de una ciudad nunca son solo fachadas. También dicen algo sobre cómo se mira a sí misma, qué autoridad proyecta, qué orgullo conserva y hasta qué tanto abandono tolera. En Santiago, pocos lugares lo muestran con tanta claridad como la Alameda. En unos cuantos kilómetros se juntan la vocación republicana, la memoria urbana, el comercio popular, la protesta, la desidia, el patrimonio, el vandalismo y ese impulso tan chileno de arreglar apenas lo necesario para que todo siga marchando.

No es coincidencia. La Alameda empezó siendo otra cosa, una cañada, un borde, un espacio medio sobrante dentro de la ciudad colonial. Después se volvió un paseo arbolado ligado al proyecto republicano y más tarde el gran escenario donde Santiago quiso verse como una capital moderna. O’Higgins la impulsó como paseo público. Vicuña Mackenna la embelleció con ese afán decimonónico de volver a Santiago una ciudad presentable, casi europea. Desde entonces, la Alameda no solo organiza el tránsito. También organiza la imagen que la ciudad intenta contar sobre sí misma.

Por eso sus fachadas importan. No son un detalle menor ni un asunto puramente estético. Son la piel de la ciudad. Y cuando esa piel está lastimada, algo nos está diciendo. Basta caminar por la Alameda para notarlo. Hay edificios solemnes oscurecidos por años de descuido, iglesias restauradas junto a muros rayados, palacios republicanos que sobreviven a punta de remiendos, universidades que todavía conservan cierta dignidad pese al castigo y también locales pequeños, galerías, fuentes de soda y comercios que, con mucho menos discurso, hacen más por sostener la vida cotidiana.

En Santiago solemos hablar de las fachadas como si fueran una frivolidad, como si pensar en ellas fuera pensar nada más en pintura. Pero una fachada limpia no resuelve por sí sola la crisis urbana. Lo que sí muestra es que todavía hay alguien dispuesto a hacerse cargo. Y una fachada destruida tampoco representa siempre un gesto profundo de impugnación política. Muchas veces solo confirma que nadie cuida nada, porque se instaló la idea de que lo común no le pertenece a nadie.

La historia reciente de la Alameda resume bien esa tensión. El GAM, por ejemplo, fue durante años una gran promesa de reapertura urbana. Antes era un edificio oscuro y hermético, marcado por la historia del ex Diego Portales. Después de su remodelación se abrió a la ciudad y se volvió un espacio vivo, permeable, intensamente santiaguino. Luego vinieron el deterioro del sector, la violencia, los incendios, los rayados elevados a una supuesta categoría testimonial y esa sensación, demasiado frecuente, de que el centro había quedado entregado a una estética de la ruina. La larga paralización de su segunda etapa fue casi una metáfora arquitectónica de ese tiempo. Hoy, por fin, esa obra volvió a arrancar.

Algo parecido pasa con toda la Alameda. Mientras algunos todavía la miran solo como un corredor de buses, por ahí circulan más de 3 millones de personas al día. No estamos hablando de una calle cualquiera, sino del principal eje simbólico, cívico y funcional de Santiago. Por eso tiene sentido que el proyecto Nueva Alameda busque recomponer no solo pavimentos y cruces, sino también fachadas, monumentos y espacios intermedios, el Portal Edwards, la plazoleta Gratitud Nacional, el entorno de la Universidad Católica, Plaza Oriente. No son adornos. Son piezas de una ciudad que necesita volver a reconocerse.

Claro que el problema sigue ahí. Después de la última manifestación, el eje volvió a registrar miles de rayados. Limpiamos, recuperamos, invertimos y poco después regresa el mismo gesto de descarga sobre los muros. Sería ingenuo pensar que esto se resuelve únicamente con cuadrillas de limpieza. Pero también sería una torpeza romántica sostener que toda marca sobre la ciudad es patrimonio vivo. Hay una diferencia entre memoria y deterioro, entre expresión y devastación, entre apropiación ciudadana y simple abuso del espacio compartido.

Las fachadas de Santiago importan porque nos regresan una pregunta incómoda, qué estamos dispuestos a cuidar entre todos. La ciudad no se recompone solo con grandes discursos sobre identidad, ni con nostalgia por la vieja Alameda de las Delicias, ni con consignas estampadas sobre muros ajenos. Se recompone cuando el espacio público vuelve a ser habitable, legible, amable y seguro, cuando el patrimonio deja de verse como un estorbo, cuando una vereda invita a caminar, cuando un edificio deja de parecer un cadáver y vuelve a parecer una institución.

Tal vez por eso vale la pena insistir en este tema. Porque las fachadas no son la superficie del problema. Muchas veces son su radiografía más precisa. Muestran el estado de nuestra convivencia, el nivel de nuestra violencia, la seriedad de nuestras autoridades y también el respeto, o el desprecio, que sentimos por la ciudad que compartimos.

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