El proyecto roto: por qué la centroizquierda chilena no sabe a quién hablarle. Por Paulo Hidalgo

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Diputados de oposición durante una sesión de esta semana. Foto: Agencia UNO.

El ciclo que se abre con el gobierno de Kast durará cuatro años. La centroizquierda tiene ese tiempo para resolver lo que no resolvió cuando tuvo el poder. Si lo usa para la refundación honesta que se necesita, podría volver con algo nuevo. Si lo usa para el ajuste de cuentas entre sus distintas facciones, volverá con el mismo problema que siempre tuvo, solo que cuatro años más viejo.


La derrota de Gabriel Boric no fue solo una derrota electoral. Fue el cierre de un ciclo que duró exactamente lo que tarda una generación política en convencerse de que el mundo ha cambiado y de que ella no. José Antonio Kast llegó a La Moneda en marzo de 2026 con un discurso tan antiguo como efectivo: orden, familia, fronteras, mano dura. La centroizquierda, mientras tanto, llegó al fin de ese proceso con la misma pregunta que lleva años sin responder. ¿Qué es hoy? ¿Para qué existe? ¿A quién representa?

No es una crisis de recursos ni de cuadros. Es una crisis de sentido.

Durante el gobierno de Boric, la coalición que lo llevó al poder -Apruebo Dignidad y luego sus aliados más moderados- demostró con precisión quirúrgica todo lo que puede salir mal cuando una fuerza política gana el poder sin haber resuelto sus contradicciones internas. La agenda social era ambiciosa. La reforma previsional avanzó a trompicones. La reforma tributaria murió varias veces antes de nacer. El proceso constituyente fracasó dos veces. Y el problema de la seguridad -el más sentido por la ciudadanía común- quedó atrapado entre la urgencia de los hechos y la incomodidad ideológica de una parte del sector para abordarlo sin titubeos.

El resultado fue una administración que gobernó desde la defensiva. Que llegó con el impulso de octubre de 2019 y gobernó con la cautela de quien sabe que ese impulso ya no estaba en las calles.

Lo que ocurrió en Chile no es excepcional. Es el mismo ciclo que se repite con variaciones en toda la región. Una izquierda o centroizquierda llega al poder montada sobre una ola de descontento. Esa ola, que no es suya sino que simplemente la llevó, se retira antes de que los gobiernos puedan entregar resultados concretos. Y entonces la derecha -o la ultraderecha- recoge el descontento residual y lo recicla con otra narrativa. Con otra promesa. El péndulo oscila y la centroizquierda queda mirándolo sin saber bien por qué volvió a perder.

Pero en el caso chileno hay algo que va más allá de la mecánica del desencanto. Hay un problema estructural que tiene que ver con la fragmentación del campo político progresista. La diferencia entre el Partido Socialista, el PPD, el Frente Amplio y el Partido Comunista no es solo programática. Es una diferencia de diagnósticos, de culturas políticas, de mundos sociales distintos que comparten escenario pero que rara vez comparten proyecto. Cada elección los obliga a unirse. Cada gobierno los obliga a negociar entre sí lo que no han negociado antes. Y la ciudadanía, que paga ese costo de transacción, lo hace en forma de gobiernos lentos, de reformas a medias, de promesas que llegan tarde.

¿Puede la centroizquierda chilena encontrar una salida a este laberinto? La respuesta depende de si es capaz de hacer algo que hasta ahora ha evitado: mirarse con honestidad.

El Chile que votó por Kast no es solamente el Chile de los ricos o el Chile del miedo irracional. Es también el Chile de las clases medias que sienten que nadie habla de sus problemas con la misma urgencia con que se habla de otros. Es el Chile del trabajador que vive con la inseguridad a dos cuadras de su casa y que no quiere escuchar que el problema es complejo. Es el Chile que espera del Estado algo concreto y que ha perdido la paciencia con la política de las grandes promesas y las reformas inconclusas.

La centroizquierda perdió ese Chile. No de golpe. Lo perdió de a poco, cada vez que prefirió la corrección ideológica a la eficacia, la identidad al resultado, el gesto a la gestión.

Hay una izquierda europea -la alemana, la nórdica- que aprendió a gobernar sin perder su norte redistributivo. Aprendió que la seguridad no es un valor de derecha. Que la austeridad fiscal no es lo mismo que la responsabilidad macroeconómica. Que se puede ser progresista y, al mismo tiempo, cumplir lo que se promete. Chile no ha tenido esa conversación a fondo. La ha rodeado, pero no la ha dado.

El problema más hondo es que una parte de la centroizquierda sigue identificando cualquier concesión a la realidad como una traición a sus principios. Y esa rigidez, que en la oposición puede ser virtud, en el gobierno es parálisis. Los electorados que viven en la incertidumbre cotidiana no votan por partidos que tienen razón en abstracto. Votan por partidos que les ofrecen algo concreto y cercano.

El ciclo que se abre con el gobierno de Kast durará cuatro años. La centroizquierda tiene ese tiempo para resolver lo que no resolvió cuando tuvo el poder. Si lo usa para la refundación honesta que se necesita, podría volver con algo nuevo. Si lo usa para el ajuste de cuentas entre sus distintas facciones, volverá con el mismo problema que siempre tuvo, solo que cuatro años más viejo.

Chile, en este sentido, no es una excepción latinoamericana. Es un espejo. Y lo que refleja no es agradable para quien mira desde la izquierda.

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