¿Aprendió algo la izquierda en estos años? Por Sergio Muñoz Riveros

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Gabriel Boric durante el acto de despedida del sábado. Imagen: Agencia UNO.

¿Habrá dos izquierdas de ahora en adelante? Todavía no se distinguen claramente. Veremos cómo actúan en la oposición. Sería positivo, en todo caso, si ambas se comprometen a rechazar la violencia política y a actuar dentro de las reglas del régimen democrático. Esperemos que hayan aprendido algo valedero. Lo que no puede ocurrir es que sigan adelante como si aquí no hubiera pasado nada.


Se va Boric. Y solo queda agradecer que su paso por La Moneda no haya llevado a Chile a una crisis catastrófica, como la que pudo haber sobrevenido si hubieran prosperado sus rudimentarias ideas sobre el cambio social. Hace 4 años, sintiéndose el heraldo de un nuevo tiempo, proclamó que una parte de su ser quería abatir el capitalismo y no dejaba dudas respecto de que su inspiración principal eran Allende y la Unidad Popular, como por lo demás quedó reafirmado en los actos del Cincuentenario del golpe de Estado.

¿Cuál era la perspectiva original de Boric al arribar al gobierno en marzo de 2022? La que estaban definiendo en la Convención los partidos de izquierda y los colectivos identitarios. Se comprometió a fondo con el proyecto de nueva Constitución de allí surgido, que apuntaba a cambiar nuestro país hasta volverlo irreconocible. Basta imaginar las consecuencias de la aprobación del engendro plurinacional para sentir un sudor helado en la espalda. 

La envergadura de la derrota experimentada por Boric y sus partidos en el plebiscito de septiembre de 2022 era como para que hubiera renunciado a la Presidencia, apenas 6 meses después de asumir. Pero no renunció. Sintió, al parecer, que “la Constitución de los 4 generales”, como la había calificado, lo protegía después de todo.

Pero, ¿qué habría pasado si, a fines de 2022, hubiera tomado cuerpo una campaña nacional por su renuncia? Tuvo mucha suerte de que eso no ocurriera. Lo ayudó el hecho de que los partidos de Chile Vamos acudieran a regalarle un segundo proceso constituyente, lo que permitió que las izquierdas atenuaran su fracaso.

Boric siguió gobernando gracias a la inercia de la institucionalidad que despreciaba. En los hechos, se benefició de la vigencia de la Constitución que llevaba la firma de Ricardo Lagos Escobar. A su lado, muchos militantes aguerridos, cómplices de la agresión a nuestra convivencia en 2019 y más tarde activistas de la refundación, se las arreglaron para poner cara de inocentes, “habitar” los cargos públicos y disfrutar de las mieles del poder sin problemas de conciencia.

No podemos olvidar que, en los días de octubre de 2019, el PC y el Frente Amplio le echaron leña al fuego del vandalismo y la anarquía, y jugaron la carta del derrocamiento de Sebastián Piñera. Una vez más, esa izquierda expresó la antigua compulsión hacia la revuelta como vía para crear otra cosa.

Mientras tanto, los antiguos partidos de la Concertación trataron de demostrar que ellos no eran menos revolucionarios, apoyaron las acusaciones constitucionales contra Piñera, y más tarde avalaron el proyecto de Constitución que llenaba los sueños de Bachelet. Es increíble que la democracia haya resistido tantas veleidades y tantos oportunismos. 

No sabemos si el PS, el PPD, la DC y los radicales han iniciado algo parecido a un examen honesto del camino que hicieron desde los tiempos de la Nueva Mayoría, que fue el prólogo del extravío. A primera vista, no parece que eso les preocupe. Y sucede que tienen una responsabilidad abrumadora en el aliento de las tendencias que se sintetizaron en la Convención y llevaron al país al borde del barranco. No pueden lavarse las manos. No pueden decir ahora que la culpa es de los ultras. Ni siquiera fueron capaces de defender lo que hicieron bien junto a los presidentes concertacionistas. Por si fuera poco, hace apenas tres meses estuvieron dispuestos a convertir al PC en la fuerza conductora del Estado.

Suena a sarcasmo que Boric y quienes lo acompañaron en el gobierno digan hoy que estabilizaron el país. Es cierto que todo pudo ser peor y que Chile no se hundió, pero no pidan que lo agradezcamos. Fueron las fortalezas construidas en las décadas anteriores las que permitieron sostener el edificio y amortiguar el efecto de las malas políticas. Es verdad que algunos exconcertacionistas ayudaron a evitar que los resultaron fueran todavía más deficientes. Como sea, el balance es mediocre. La herencia global muestra que el país perdió tiempo y recursos en este período, sobre todo debido a las confusiones respecto del rumbo que se requería.

¿Habrá dos izquierdas de ahora en adelante? Todavía no se distinguen claramente. Veremos cómo actúan en la oposición. Sería positivo, en todo caso, si ambas se comprometen a rechazar la violencia política y a actuar dentro de las reglas del régimen democrático. Esperemos que hayan aprendido algo valedero. Lo que no puede ocurrir es que sigan adelante como si aquí no hubiera pasado nada.

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