A muchos que consideramos como propia la lucha por la democracia en Venezuela, y celebramos la concesión del Premio Nobel de la Paz a María Corina Machado como un reconocimiento a esa causa, nos ha costado entender su gesto de ofrendar el premio a Donald Trump, presidente de EE.UU., y regalarle incluso la medalla que le había entregado el Comité Noruego del Nobel, en diciembre pasado.
¿Cómo se gestó la donación del premio? Es válido conjeturar que no fue un gesto espontáneo de la galardonada, sino probablemente “sugerido” por sus amigos estadounidenses, a lo mejor Marco Rubio, el secretario de Estado, quien parece no tener dudas de que el narcisismo y la megalomanía de Trump son factores determinantes de este tiempo. Una muestra de ello es que el jefe de la OTAN, el holandés Mark Rutte, ha hecho gala de la técnica del halago hacia un hombre que afirma no necesitar el derecho internacional, como él mismo declaró al New York Times.
¿Cuál fue el sentido de que María Corina diera un paso que posee una carga política y simbólica difícilmente compatible con el rechazo al autoritarismo y el neocolonialismo que encarna Trump? ¿Ganar su buena voluntad y aceptar así que el futuro de Venezuela sea decidido por él y sus asesores? Es muy extraño, sobre todo porque ella demostró en los últimos años ser una dirigente política sagaz, y porque además tuvo el tiempo necesario para discutir las implicancias de su gesto con los dirigentes exiliados que viven en Europa. Es dable pensar que ella no decidió por su cuenta, sino junto a su partido, Vente Venezuela, y la coalición Plataforma Unitaria Democrática.
Es posible que los dirigentes venezolanos hayan calculado mal los costos y los beneficios. Optaron por una forma de realismo político a todo trance, en la línea de que “París bien vale una misa”, pero el problema es que nadie sabe dónde está París en este caso, o sea, qué logro justifica el sacrificio. Trump no habla de democracia, sino de petróleo, y hasta realizó una reunión con las grandes compañías petroleras para planificar el futuro del petróleo venezolano, que él afirma que le fue robado a EE.UU.
Ni Machado ni los demás dirigentes pueden ignorar lo que representa hoy Trump en el mundo, sus amenazas contra Colombia, México y Cuba, su desenfadada declaración de que él único límite que reconoce es su propia moralidad. ¿Qué hubo, entonces, en este episodio? ¿Pragmatismo, ingenuidad, confusión de objetivos? Quizás, el árbol les tapó el bosque.
El gesto de Machado provocó muchas críticas en Europa, particularmente en Noruega. Allí, se han levantado voces que cuestionan los merecimientos que ella tenía para recibir el Nobel, y que plantean la necesidad de reformar la composición del comité que decide a quiénes premiar. Es penoso todo esto, porque la salida de María Corina desde Venezuela fue una verdadera odisea, en la que corrió enormes riesgos, y su llegada a Oslo había motivado muchas manifestaciones de aprecio.
En todo este asunto, es obligatorio considerar una hipótesis dura. ¿Creyeron en algún momento los demócratas venezolanos en la posibilidad de que las fuerzas militares norteamericanas, en lugar de limitarse a “extraer” a Maduro, hubieran hecho el trabajo sucio de aplastar a la dictadura a sangre y fuego, para luego llevar a María Corina y Edmundo Gonzaléz al palacio de Miraflores, como representantes de las fuerzas de ocupación?
Quizás deban agradecer que las cosas no hayan sido así, y que no tengan que cargar históricamente con esa “victoria”. El trabajo sucio habría sido necesariamente muy sucio, como en Irak, Afganistán y Libia.
Un día antes de recibir a Machado en la Casa Blanca, Trump conversó telefónicamente con Delcy Rodríguez, la “presidenta encargada de Venezuela”, y parece haber quedado encantado por su disposición colaborativa, al punto que llegó a decir “Delcy Rodríguez es fantástica”. Hay que entender que es fantásticamente sumisa. El jueves 15, ella recibió la visita de John Ratcliffe, el jefe de la CIA, quien viajó a Caracas por orden de Trump. En la ocasión, Ratcliffe le aseguró un fuerte apoyo financiero a Rodríguez.
La apresurada interpretación de que la captura de Maduro era el fin de la dictadura causó muchos malentendidos. Pero lo concreto es que la corrupta camarilla chavista sigue gobernando en Venezuela, y responde directamente ante la Casa Blanca. ¿Qué va a resultar de esto? Nadie lo sabe. Sin embargo, María Corina afirmó en estos días que se ha iniciado un proceso de transición en Venezuela, que parece ser el relato de Marco Rubio. El tiempo dirá si eso es cierto, pero lo que marca la pauta son los intereses geopolíticos de EE.UU.
Venezuela no puede resignarse a ser un protectorado de EE.UU. Tiene que recuperar su derecho a autogobernarse. Y la región no puede callar por temor al gran garrote o por oportunismo. Lo que está en juego es la soberanía y la autodeterminación de todas las naciones latinoamericanas. Ojalá lo tenga claro el gobierno de Kast.
Cualesquiera que sean las circunstancias, no dudamos de que el bravo pueblo venezolano se abrirá paso hacia la libertad.
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