El reciente “Compliance Summit Chile 2025” reunió en su segunda versión a más de 400 profesionales para debatir sobre ética y compliance, evidenciando una ansiedad palpable en el sector público y privado. El evento organizado por la Asociación Chilena de Ética y Compliance, ACEC, las Facultades de Administración y Economía y de Derecho de la Universidad Diego Portales se ha transformado en uno de los grandes eventos del compliance en la región.
Sin embargo, mientras los titulares en las noticias se enfocan en casos específicos de soborno o malversación, las verdaderas raíces de la corrupción son mucho más complejas. Las preocupaciones expresadas en la cumbre no son incidentes aislados, sino síntomas de profundos cambios culturales y estructurales que este artículo analizará a través de algunas ideas que van más allá de los delitos en concreto, pretendiendo apuntar a las verdaderas causas del problema.
Primera idea: No es la pobreza, es la prosperidad la que alimenta la corrupción.
La idea de que la pobreza genera corrupción es un lugar común. Sin embargo, las preocupaciones sobre la integridad en declive discutidas en el Summit se alinean perfectamente con una advertencia de hace siglos del filósofo Adam Ferguson: es la prosperidad, el comercio y el anhelo de satisfacciones inmediatas lo que deteriora la “virtud cívica”.
Esta teoría resuena con una fuerza perturbadora en la realidad chilena. Según parece concluir Patricio Silva en su obra “La República Virtuosa” la probidad histórica del país no se debía solo a la pobreza, sino a una compleja mezcla de factores, como haber sido una nación forjada en la guerra y la influencia de una aristocracia con un arraigado sentido del deber público. El debilitamiento de esa probidad coincide precisamente con el extraordinario salto económico de Chile, que pasó de 3.000 a 30.000 dólares per cápita en poco más de 30 años. La lección es incómoda: cuando una sociedad prospera y el interés privado desplaza al amor por “la patria”, se pierde el cimiento cultural de la probidad, creando un terreno fértil para la corrupción.
Segunda idea: El sector público se está quedando peligrosamente atrás en la prevención.
Mientras el sector privado avanza en modelos de compliance que son avaluados por terceros independientes como estándar, el Estado muestra un rezago preocupante que confirma las teorías sobre el deterioro cívico. La Contralora General de la República, Dorothy Pérez, fue tajante en su diagnóstico durante el Summit:
“El mundo público se ha ido quedando atrás en materia de prevención de delitos”, concluyó.
Esta afirmación no es retórica, sino un reflejo de la vulnerabilidad en la primera línea del Estado: los municipios. Son precisamente estos espacios, donde la nueva prosperidad y el interés privado se manifiestan con mayor fuerza, los que presentan datos alarmantes. La Contralora señaló, por ejemplo, que el 80% de los municipios carece de un sistema de integridad. Peor aún, un 70% de las municipalidades vulnerables entregaron licencias de conducir a deudores de pensión de alimentos, vulnerando la ley en más de 3.400 casos que, en ocasiones, involucraban a los propios alcaldes o concejales.
Tercera idea: La corrupción no es simplemente robar, es el “abandono del deber”
Es un error común definir a la corrupción como el “abuso de poder para obtener ventaja”, nos dijo el jurista peruano José Ugaz, ex Presidente de Transparencia Internacional y ex procurador del caso Fujimori Montesinos.
Reducir la corrupción a un abuso de poder es un error que nos impide ver el panorama completo. El concepto moderno, que se lo debemos a Maquiavelo, es mucho más amplio: la corrupción es el abandono de un “deber posicional” en favor de un interés privado.
Este concepto trasciende la esfera pública e incluso el Código Penal. Un arquero de fútbol, por ejemplo, no es funcionario público, pero tiene el deber posicional de defender su arco. Si se deja pasar goles a cambio de un beneficio personal, comete un acto de corrupción. Esta definición nos obliga a pensar en la ética en todos nuestros roles, pero también nos presenta dilemas complejos. Contrario a lo que se piensa, un acto de corrupción no siempre es inmoral. Cuando Oskar Schindler sobornaba a funcionarios nazis para salvar judíos, estaba cometiendo un acto de corrupción al inducirlos a abandonar su deber posicional. Sin embargo, su acción fue profundamente moral. Este ejemplo demuestra que entender la corrupción requiere una reflexión ética que va mucho más allá de la simple aplicación de la ley.
Una conclusión: Ética, no cosmética.
Las revelaciones demuestran que la corrupción no es un asunto de delincuentes aislados, sino un fenómeno complejo arraigado en nuestra cultura, prosperidad e instituciones. Combatirla requiere más que leyes; exige una introspección profunda sobre los valores que promovemos.
José Ugaz, lo resumió de manera contundente en el Summit. Su llamado a hacer “ética y no cosmética” se conecta directamente con la teoría de Merton. La “cosmética” del compliance —el papeleo, las reglas formales— es una forma de “ritualismo”: un apego obsesivo a los medios mientras se pierde de vista el fin real, que es el comportamiento ético.
“Citando a la profesora española Adela Cortina, en materia de compliance hay que hacer ética y no cosmética. Hay que actuar conforme a valores profundos como la solidaridad y la justicia”, dijo Ugaz.
Viendo la corrupción desde estas perspectivas, ¿estamos dispuestos a cuestionar no solo las leyes, sino también nuestra propia definición cultural del éxito?
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Kintsugi chileno: reparar sin negar las grietas. Por Carolina Godoy. https://t.co/gjqyDuFqap
— Ex-Ante (@exantecl) December 17, 2025
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