Es un gran momento para estar vivo. O al menos así lo pareciera a la luz de los avances en inteligencia artificial. Cada semana los progresos parecen sacados de la ciencia ficción: traducción en tiempo real, imágenes y videos creados artificialmente que son indistinguibles de la realidad, problemas de las ciencias naturales que luego de décadas encontraron solución de la mano de sistemas de IA (el fascinante y elusivo problema del plegamiento de proteínas), robots que caminan (y corren) como humanos. La lista es larga y cada semana se extiende.
Pero los mercados están nerviosos. Voces autorizadas como Sequoia Capital advierten una burbuja, señalando un “agujero de 600.000 millones de dólares” entre el gasto masivo en chips y los ingresos reales, un desequilibrio idéntico al que precipitó el estallido de las punto-com en marzo del 2000. Esa burbuja que cuando explotó se llevó consigo el 90% de la capitalización de mercado de Amazon y que desinfló hasta la irrelevancia a AltaVista, otrora competencia noventera de Google.
En efecto hay algunas razones para creer que estamos frente a una anomalía. Por un lado, estamos viendo valorizaciones elevadas respecto a sus fundamentales financieros entre las empresas y startups que desarrollan aplicaciones de inteligencia artificial (por ejemplo, Mistral y Perplexity están en múltiplos EV/ingresos sobre los 100x). Al mismo tiempo, el mercado está exhibiendo flujos de dinero aparentemente circulares entre los mismos jugadores (NVIDIA, OpenAI, Microsoft, Oracle y otras).
Para rematar, Michael Burry, el inversionista que alcanzó la fama por shortear el mercado inmobiliario y predecir la crisis subprime de 2008 (personificado por Christian Bale en “The Big Short”), levantó el tono de las críticas a la industria de la IA acusando a algunos jugadores de subestimar la depreciación de sus microchips (la infraestructura en el corazón de cualquier IA) a través de una expansión artificial de la vida útil de estos mismos (crítica que NVIDIA salió a desmentir).
En la orilla de al frente, la de los tecno-optimistas, pareciera también tener algunos puntos de razón para desestimar las anomalías. Se habla de la inteligencia artificial como una tecnología llamada a jubilar todas las otras tecnologías. Los más osados, incluso, hablan de la cuarta (y última) revolución industrial. Que después de esto se viene la Singularidad, ese momento cuando “las máquinas seguirán por cuenta propia” o, dicho, en otros términos, quizás la inteligencia humana sea solo una estación de paso hacia formas superiores de inteligencia, libre de las cadenas de la química orgánica y moldes biológicos.
Basta con revisar los “lemas” de las compañías de inteligencia artificial para verificar este contagioso tecno-optimismo: “resolver la inteligencia para resolver todo lo demás” clama la misión fundacional de DeepMind, subsidiaria de Google y empresa creadora de la línea Gemini, principal competidora de ChatGPT.
El mercado se mueve por las expectativas de los inversionistas en torno a los retornos futuros y aquí la esperanza sobre el potencial de la inteligencia artificial tiene nombre y se llama “Inteligencia Artificial General” (AGI, según sus siglas en inglés). Demis Hassabis, CEO de DeepMind y Premio Nobel 2024, describe la AGI como la capacidad de un sistema de exhibir todas las capacidades cognitivas de los humanos –esencialmente, inteligencia de nivel humano que se pueda adaptar, aprender y generalizar conocimiento a través de una gran variedad de disciplinas. Dada esta definición y la perspectiva de algunos expertos de que la AGI se alcance antes que termine esta década, es razonable que las expectatives vuelen por los cielos.
¿Vendrán ajustes de mercado? Posiblemente. Y no solo ajustes de mercado, sino que también sociales y laborales. Estamos frente a un avance genuino y sólido de una tecnología transformadora. Y como toda tecnología, existen (y seguirán existiendo) fricciones de implementación y diseño que los mercados de capitales deberán internalizar en los precios. Es paradójico, pero frecuentemente se nos olvida que el principal propósito por el que desarrollamos la inteligencia artificial es para que nosotros –las inteligencias naturales que habitan esta tierra—puedan vivir mejor. Es, de hecho, un gran momento para estar vivos.
Balotaje digital: Los contrastes de las últimas campañas de segunda vuelta de Kast. Por Andrés Azócar y Erick Rojas. https://t.co/tj2BfRJ47m
— Ex-Ante (@exantecl) December 9, 2025
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