Noviembre 8, 2025

“Ardieron en silencio”: oscuridad, perversión y desidia ante la quema de iglesias. Por Lucy Oporto Valencia

Ex-Ante
Quema de la Iglesia de Carabineros en octubre de 2020. Foto: Agencia UNO.

La quema de iglesias parece ser parte de una estrategia de tierra arrasada, mediante la socavación de los cimientos espirituales y simbólicos más arcaicos y tradicionales de la cultura, con vistas a la abjuración del Espíritu y el triunfo de la muerte. En efecto, su foco es la aniquilación de todo lo que hay, por medio de prácticas despiadadas de nivelación y reducción a la nada radicales, carentes de todo sentido, y reivindicadas en cuanto tales.


El 14 de octubre de 2025, se estrenó el documental Ardieron en silencio: una década de ataques a iglesias en Chile, dirigido por Pía Orellana y producido por El Líbero. Presenta una exhaustiva investigación, a cargo de Daniela Bas, acerca de los ataques incendiarios contra capillas, templos e iglesias, tanto católicos como evangélicos, perpetrados entre 2013 y 2024 en Chile. Destaca la historia de la quema y reconstrucción de la Iglesia de la Veracruz y la Parroquia La Asunción, ambas en Santiago, y de la Capilla Santa María del Camino, en Cañete. Incluye extractos musicales del Réquiem, de W. A. Mozart; Fratres y Spiegel im Spiegel, de Arvo Pärt; y Stabat Mater, de G. B. Pergolesi.

Éste es el catastro más completo de tales ataques, realizado hasta la fecha. En total, 296, mayoritariamente en la Región de La Araucanía, seguida por la Región Metropolitana, Región del Bío Bío, de Los Lagos y de Valparaíso.

Ni el Estado, ni las Iglesias Católica y Evangélica disponían de un catastro unificado. La indiferencia ante estos hechos, así como la necesidad de conocer su alcance, motivaron dicha investigación.

A partir de la asonada de octubre de 2019, hubo un recrudecimiento de estos atentados. De los 296 registrados, 85 fueron perpetrados entre el 18 de octubre de 2019 y el 4 de septiembre de 2022. La más afectada fue la Región Metropolitana.

La arquitecta Ximena Joannon, a cargo de la restauración de la Iglesia de la Veracruz, la visitó al día siguiente del ataque: “La oscuridad total, la humedad, el piso con agua; o sea, uno caminaba sobre una capa de agua, chapoteando”. No obstante, advirtió que la madera continuaba quemándose, por dentro.

Luego miró hacia el altar, experimentando “una sensación como de expolio”, de algo despojado con violencia e iniquidad. Pensaba en el patrimonio histórico vivo, perteneciente a todos, y se preguntaba cómo las cosas habían llegado a ese punto.

El templo, morada de Dios sobre la tierra, espacio sagrado e intocable, es un símbolo de totalidad y conjunción. La configuración del edificio encarna la imagen del mundo y de su centro real, que es Dios: la cúpula de la iglesia, que descansa sobre una base cuadrada y terrenal, simboliza la bóveda celeste. Dicha integración de líneas curvas y rectas expresa la unión del cielo y la tierra.

Asimismo, en la tradición cristiana, el simbolismo de la luz y las tinieblas se extiende al cielo y el infierno. Si la luz y el cielo expresan la vida y la presencia de Dios, las tinieblas y el infierno simbolizan su privación radical y absoluta. Esto implica una muerte sin retorno, puesto que la conversión del condenado ya no es posible.

El testimonio de la arquitecta Joannon describe la profanación de la Iglesia de la Veracruz: pervertida, convertida en una antimorada del infierno, negra, húmeda y desolada, todavía calcinándose.

Esta desnaturalización se amplía al resto de las iglesias atacadas. Por muy modestas que pudieran ser algunas, todas remiten a un modelo divino primordial, en cuanto imagen del mundo y del ser humano en su relación con la divinidad: macrocosmos y microcosmos en mutua correspondencia.

En consecuencia, aquella ha sido una larga y masiva ofensiva diabólica, no sólo contra las comunidades sino, sobre todo, contra Dios mismo.

El eslogan anarquista: “La única iglesia que ilumina es la que arde”, ostenta una voluntad de aniquilación total y definitiva: destrucción del mundo y de todo orden floreciente, destrucción de toda posibilidad de relación humana con la trascendencia y la memoria por medio de imágenes y símbolos sagrados; destrucción del pensamiento en su raíz; materialismo recalcitrante que se atiene a su propia inmanencia, enquistado en la exaltación de instintos bestiales sin medida; autocomplacencia en la perversión y la abyección por sí mismas; nihilismo, iconoclastia y extinción simbólica.

Las cifras establecidas en este documental muestran que lo ocurrido desde octubre de 2019 supera cualquier consideración de orden político. Por lo pronto, cada vez se torna más inverosímil la hipótesis de que su origen y sus devastadoras consecuencias hayan obedecido a las necesidades insatisfechas de la población, abusada y sin otra opción, excepto recurrir a la “protesta”.

Peor aún, éstas no sólo se han profundizado, sino que, además, han sido aprovechadas por el crimen organizado, cuyas huestes se han dedicado a reclutar niños y jóvenes, penetrar instituciones y corromper a funcionarios del Estado. Pero esta tragedia en curso no ha motivado mayores protestas.

Más bien, la quema de iglesias parece ser parte de una estrategia de tierra arrasada, mediante la socavación de los cimientos espirituales y simbólicos más arcaicos y tradicionales de la cultura, con vistas a la abjuración del Espíritu y el triunfo de la muerte. En efecto, su foco es la aniquilación de todo lo que hay, por medio de prácticas despiadadas de nivelación y reducción a la nada radicales, carentes de todo sentido, y reivindicadas en cuanto tales.

Quizás esto pudiera prolongarse a través de un régimen de dominación transversal futuro, basado en la corrupción, expoliación y psicopatización de la población, confinada a la obsecuencia ante sus carnicerías, tal cual ha venido ocurriendo desde 2019 con el avance del crimen organizado, el narcoterrorismo y el narcofascismo en Chile.

Aquellas iglesias ardieron en silencio, devoradas por el fuego negro de las hordas, ante la desidia de instituciones cuyo deber era protegerlas, dada su importancia espiritual, histórica, patrimonial, cultural y comunitaria para el país.

Algunas han ido siendo reconstruidas con aportes privados, pese a la inconsciencia del abatimiento espiritual y simbólico inherente a su expoliación y destrucción material.

Mientras tanto, crecen la fragmentación política y la incertidumbre ante las próximas elecciones. Crecen la polarización y el fanatismo. Crece un deseo latente de barbarie y espectáculo, por sobre cualquier apelación a la cultura y la paz.

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