Es llamativo lo ocurrido con la candidatura presidencial de Jeannette Jara. Todo el mundo sabe que ella fue proclamada a regañadientes por el PC, en contra de los deseos de la directiva de Lautaro Carmona, que hubiera preferido a Daniel Jadue como abanderado. Pero, Jara ganó ampliamente la primaria oficialista y consiguió que el PS, el FA y el PPD se alinearan con su postulación, lo que le permitió dar un salto en las encuestas y hasta crear la impresión de que podía llegar a la Presidencia.
En rigor, no hay posibilidades de que Jara gane la elección presidencial. Está a la vista que las corrientes de derecha, separadas en tres postulaciones en primera vuelta, sumarán sus fuerzas en la segunda. Con todo, hay que reconocer que, además de cargar la pesada mochila de representar la continuidad del gobierno de Boric, Jara se las arregló para disimular su militancia en un partido que ella siente que inspira fuertes recelos. Ha sorprendido su desenvoltura, pero sobre todo su disposición de no dejarse intimidar por la “vigilancia revolucionaria” ejercida por los comisarios del PC.
Jara ha expresado una cierta incomodidad respecto de lo que es y defiende hoy el PC. Esto ha sido evidente al tener que pronunciarse sobre las dictaduras de Cuba y Venezuela, frente a las cuales la directiva de Carmona ha practicado todas las formas de incondicionalidad. ¿Qué razón puede haber para que yo defienda eso?, es posible que se haya preguntado en tales ocasiones, o cuando algún periodista, al entrevistarla, ha aludido a la sórdida historia del comunismo en el mundo.
A primera vista, la notoriedad alcanzada por Jara puede ser interpretada, sobre todo en el exterior, como “el avance del comunismo en Chile”, impresión que se reforzaría si ella pasara a segunda vuelta y consiguiera una votación como la del Apruebo en el plebiscito del 4 de septiembre de 2022. Pero, tal percepción es engañosa. El PC no tiene tanta fuerza (entre un 5% y un 6% del electorado) y la sola idea de quedar instalado en el centro del poder debe causar pesadillas a sus dirigentes. La propia candidata, con los pies en la tierra, es improbable que se vea a sí misma gobernando.
La novedad de Jara va por otro lado. Ha definido su candidatura como de centroizquierda, y ha dicho en confianza que se siente socialdemócrata, y parece sentirlo de verdad. En un reciente programa de Tele13 Radio, se declaró católica, y no hay por qué no creerle. En un partido tradicionalista como el PC, todo eso es demasiado. Algo debe decirles que ese ejemplo debe terminar.
Así las cosas, ¿les conviene a Carmona y su grupo que Jara, aun perdiendo la elección, se convierta en figura nacional? ¿O prefieren que las cosas lleguen hasta aquí? Los partidarios del orden leninista es posible que estén pidiendo que, después de la campaña, se aplique el estatuto interno para restablecer “la normalidad”, es decir, la disciplina de siempre y, consiguientemente, la eliminación de toda disidencia.
No es extraño que la prensa esté hoy muy atenta respecto de lo que pueda pasar después de las elecciones en un partido caracterizado por su verticalismo, y cuyos dirigentes no están dispuestos a aceptar el pluralismo en sus filas. El discurso interno a favor de la cohesión monolítica es, simplemente, la base de su poder. En consecuencia, si Jara y sus cercanos quieren encarnar un cambio en el PC, deben preparar el ánimo para una dura confrontación.
En otros partidos, las diferencias se definen democráticamente (elección interna entre varias listas), pero el PC no es un partido común. Tradicionalmente, se ha visto a sí mismo como una falange de combatientes escogidos que tienen una misión histórica: hacer la revolución y establecer la dictadura “de los que tienen la razón” para construir una entelequia llamada socialismo. Ahí está Cuba, al cabo de 66 años.
¿Qué puede pasar, entonces? Que se imponga la inercia del aparato, con apelaciones a la unidad partidaria para oponerse a un futuro gobierno de los enemigos del pueblo. Que quienes ocupan cargos parlamentarios protejan esos cargos. Que los disidentes posterguen sus aspiraciones “porque en este momento no hay que hacerle el juego al enemigo”. Y que el grupo controlador reprima toda disidencia como “acto de traición”.
¿Queda descartado, por lo tanto, que el PC cambie? No, necesariamente. Desde la caída del Muro de Berlín y la desaparición de la URSS, algunos partidos comunistas consiguieron renovarse y hasta cambiaron de nombre, aunque muchos se volvieron irrelevantes y desaparecieron.
El PC chileno sobrevivió a la crisis global. Incluso, pudo curar las heridas que le quedaron del trágico error de haberle hecho caso a Fidel Castro en cuanto a formar una fuerza militar propia. Después, recibió una ayuda inestimable de Bachelet en su segundo gobierno. Otro tanto, hizo Boric. Hoy, buena parte de los dirigentes del PC son funcionarios públicos.
¿Cuánto ha gravitado en la supervivencia del PC la adhesión de sus militantes al marxismo-leninismo? No mucho, en realidad. El elemento religioso no ha estado condicionado tanto por la ideología como por la historia de sacrificio. A la generación de Jeannette Jara seguramente le impresionó la supervivencia del PC pese a los devastadores golpes recibidos en los años de Pinochet.
Fue visto como el partido más firme en la resistencia a la dictadura, lo que no distaba de la realidad. Las heridas de guerra le ganaron el respeto de no pocos jóvenes. El problema es que el PC no sacó las conclusiones debidas de las persecuciones que sufrió. Su defensa de las dictaduras de izquierda ha sido escandalosa, y ha provocado justificadas dudas sobre su real compromiso con los valores democráticos. Su actuación en 2019 no hizo sino reforzar tales dudas.
El actual cuerpo de ideas del PC tiene contornos borrosos. Sobresale una anacrónica definición anticapitalista y una suerte de culto al Estado como dispensador de bienes y de empleos. En los años recientes, la lucha contra lo que llamaba el neoliberalismo dio un nuevo aire a las tareas de agitación y propaganda, pero ya se ha visto cuán poco consistente era todo aquello.
Sería positivo que el PC evolucionara en un sentido democrático y abandonara la idea de que “el pueblo tiene derecho a abrirse paso hacia el poder por diversas vías”. ¿Será posible tal cambio? No puede descartarse, pero ello implica cuestionar una estructura de poder autoritario, y sucede que el peso de la noche bloquea el camino. Más que un cambio en la cúpula, lo que podría esperarse es “una nueva promoción de egresados”, como ocurrió en los años 90.
Luego de la elección, llegará el momento de la verdad. Veremos si la experiencia de Jara fue solo flor de un día, o si, por el contrario, toma cuerpo una corriente dispuesta a dejar atrás los viejos dogmas y avanzar en una perspectiva de izquierda democrática, para lo cual solo servirá separar aguas y marcar un nuevo rumbo.
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