“Todas las familias felices se parecen unas a otras, pero cada familia infeliz lo es a su manera.” Tolstói no hablaba de gobiernos corporativos, pero entendía algo profundo sobre el equilibrio humano: cuando las cosas funcionan bien, tienden a parecerse; cuando se desordenan, lo hacen de formas impredecibles.
Algo similar ocurre en los directorios. Los de alto desempeño comparten ciertas características visibles: una composición adecuada, información oportuna, buena relación con la administración y agendas bien armadas. Pero si uno profundiza, lo que más los asemeja no es lo que se ve, sino lo que se respira: su cultura.
La cultura de un directorio no es su reglamento ni su manual de gobierno corporativo. Es el sistema operativo invisible que determina cómo se toman las decisiones, qué preguntas se consideran válidas, qué silencios se aceptan, qué formas de disenso se toleran y cuánta fricción se permite en la conversación. Dicho simple: es cómo ese grupo ejerce su rol colectivo.
En algunos directorios, por ejemplo, es habitual que el presidente hable primero. En otros, se ha diseñado intencionalmente una dinámica donde intervienen los demás antes de que el presidente dé su punto de vista. La diferencia no es trivial: cambia el tono de la discusión y el equilibrio de poder.
En algunos, las preguntas críticas se perciben como deslealtad; en otros, como un aporte valioso que permite repensar y optimizar. Hay mesas donde se privilegia la armonía, y otras donde se valora la franqueza. Unas donde prima lo estratégico y otras donde todos se sienten gerentes operativos.
Algunas donde todos disfrutan aprendiendo de sus pares y otras donde cada uno se siente superior al resto. Esas diferencias son culturales, y marcan toda la experiencia y el desempeño del directorio.
Y es precisamente esa cultura la que permite que un directorio funcione como un cuerpo deliberativo cohesionado y productivo, no como una reunión de próceres. Cuando hay confianza, disenso constructivo y apertura para el debate honesto, el proceso de toma de decisiones es mejor. Cuando la cultura inhibe, castiga o simplemente no estimula la conversación real, el directorio se vuelve un mero notario.
Lo interesante es que mejorar la cultura no requiere reformar estatutos, un gran presupuesto, ni pedir autorizaciones a los accionistas ni al regulador. A veces, bastan pequeños gestos: cómo se organiza la tabla, cómo y cuándo se comparten los materiales, quién presenta, en qué momento se hace la pausa para el café. Rotar el orden de la tabla permite tratar esos temas que siempre quedan para el final.
En mi experiencia, los presidentes de directorio tienen un rol clave en esta arquitectura silenciosa. No solo por lo que dicen, sino por cómo lo dicen y cuándo eligen callar. También influye cuán proactivo es el gerente general antes, durante o después de la sesión, y tener un Secretario del Directorio empoderado permite que el directorio siga operando entre sesiones.
El diseño de la sesión en su conjunto, considerando que es probable que el directorio no se vuelva a reunir hasta un mes más, hace la diferencia. Incide si se deja espacio para la discusión o se espera que todo se apruebe tal cual, si se valora una opinión crítica, si se invita a que hable primero quien normalmente no lo hace. Cambiar el formato cuando el tema lo exige, o almorzar juntos después de la sesión en vez de que todos salgan corriendo apenas pueden. Todo comunica. Todo modela. Y puede reforzar o debilitar la cultura que permite que ese directorio agregue valor.
Pero esto requiere intencionalidad. La cultura óptima no surge por azar. Se cultiva, se cuida, se actualiza. Y se monitorea. Porque lo que no se monitorea no se mide, y lo que no se mide no se mejora. Los directorios que funcionan bien se parecen entre sí. No porque compartan el mismo Código de Gobierno Corporativo, tengan directores con perfiles similares o cumplan un porcentaje mínimo de la Norma del regulador. Se parecen porque, en algún momento, alguien decidió tomarse en serio su cultura. Y la cultivó a tal punto que hoy es el sistema operativo que hace posible que todo lo demás funcione.
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