El reciente ataque estadounidense a las instalaciones nucleares de Irán y la escalada de la tensión en el Medio Oriente, con el drama de Gaza en su epicentro, representan una grave amenaza a la paz y la seguridad mundiales, relevando la fragilidad e incertidumbre que caracteriza y condiciona las relaciones internacionales en la actualidad.
La guerra entre Rusia y Ucrania lleva más de tres años, perpetuando una agresión que ha causado miles de víctimas y destrucción y cuyo epilogo hasta ahora es incierto. China y Estados Unidos se enfrentan por la hegemonía mundial, con importantes efectos a nivel global, ya que impactan en distintos ámbitos a los países de la comunidad internacional, independiente de su nivel de desarrollo.
Los efectos de este convulsionado contexto global, han significado que la atención mundial se concentre en las zonas de conflicto bélico, en sus posibles derivas y efectos económicos. Mientras eso ocurre, persisten situaciones de crisis que han ido perdiendo protagonismo, algunos dicen interés, en la agenda internacional, como es el caso de Venezuela.
Luego de las fraudulentas elecciones del 28 de julio del 2024, gobiernos del continente como Estados Unidos, Chile, Costa Rica y Panamá junto a la Organización de Estados Americanos y el Centro Carter, cuestionaron los resultados. Por su parte, Colombia, México y Brasil realizaron gestiones diplomáticas con el régimen venezolano y la oposición para encontrar una solución al fraude electoral. De este proceso surgió la propuesta de los presidentes de Brasil y Colombia para que se realizasen nuevas elecciones, lo cual fue desestimado por la lideresa de la oposición María Corina Machado.
Si observamos en retrospectiva la situación en Venezuela se advierte un contraste entre el presente – con Nicolás Maduro instalado en el poder, una crisis humanitaria que se acentúa y una oposición que canaliza políticamente el rechazo popular hacia la dictadura- y aquellos tiempos recientes en que diversos actores internacionales crearon instancias de diálogo y concertación política para cooperar con la restauración democrática y pacífica en este país.
El Grupo de Lima y el Grupo Internacional de Contacto de la Unión Europea -mecanismos en los que Chile participó activamente- propusieron una serie de iniciativas de distinta intensidad y eficacia para encauzar un diálogo entre el régimen de Maduro y la oposición venezolana. Estados Unidos, bajo la administración de Donald Trump , propuso a comienzos del 2020 el Marco de Transición Democrática para Venezuela, en un documento que planteaba un enfoque pragmático para una salida gradual del poder de Nicolás Maduro, a cambio de incentivos en materia de sanciones y de elecciones libres y democráticas bajo supervisión internacional.
Los persistentes esfuerzos de distintos actores internacionales para intentar destrabar los recelos y suspicacias entre las partes y lograr llevarlas a una mesa de negociación alcanzaron su objetivo el 2023 en Barbados, ocasión en que se firmaron acuerdos parciales entre representantes del gobierno y la Plataforma Unitaria, conformada por una serie de partidos políticos de oposición, en que se establecieron las condiciones para la realización de las elecciones presidenciales del 2024. Lamentablemente, el denominado Proceso de Barbados fracasó y con ello las posibilidades de una salida democrática para Venezuela.
La situación actual en el país muestra signos preocupantes: la dictadura de Maduro tiende a perpetuarse en medio de un deterioro de la economía, profundizando la crisis humanitaria, y el éxodo de sus ciudadanos tiende a aumentar . La decisión de Estados Unidos de terminar con las actividades de la petrolera Chevron ha impactado en los ingresos que percibía Venezuela por la exportación de crudo y la economía registra una fuerte contracción , con una inflación anualizada de un 229% a mayo de este año, con lo cual se proyecta una hiperinflación entre las más altas del mundo.
El Servicio de Control de Inmigración y Aduanas de Estados Unidos ha informado que 4.600 ciudadanos venezolanos han sido expulsados desde la asunción de Donald Trump en enero pasado, y este número continuará aumentando en los próximos meses, incrementando la presión migratoria hacia otros países , entre ellos Chile.
La ausencia de instancias o mecanismos internacionales que persistan en su voluntad de involucrarse y contribuir , como antaño, en el destino de este país, agrava las cosas y aleja la posibilidad de que Venezuela vuelva al cauce democrático. Los llamados de María Corina Machado a la comunidad internacional para “que no se olviden de Venezuela”, topan con prioridades geopolíticas de las potencias, conflictos bélicos y la incertidumbre global.
Más allá del fracaso de los esfuerzos internacionales en su momento, los países latinoamericanos, que son los más interesados en el fortalecimiento de la democracia como sustento de los equilibrios y la estabilidad de la región, debiesen replantearse la necesidad de abrir nuevos espacios de diálogo sobre el futuro de Venezuela. Este año se celebrarán elecciones presidenciales en Chile, Bolivia y Honduras, y el próximo año en Brasil, Colombia, Perú y Costa Rica, con lo cual el mapa político de América Latina probablemente cambiará. Quizás sea ese el contexto propicio para actuar y una oportunidad para que Chile tenga un rol activo, como fue en su momento, y contribuya con sus pares de la región para que Venezuela retome la senda democrática.
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