En política lo que termina bien está bien y lo que termina mal está mal. No cabe duda que cuando, en octubre de 2019, Piñera y su coalición optaron por la rendición indcondicional -unos por sobrevivencia, otros por convicción- le causaron a la derecha una derrota de proporciones históricas cuyas consecuencias aún no podemos dimensionar.
Futuro Esplendor. El presidente Piñera ganó por amplia mayoría las elecciones presidenciales, superando con creces a la suma de los votos de toda la izquierda y la Democracia Cristiana. El país estaba estancado, sin crecimiento económico, alto desempleo (disfrazado por contrataciones del sector público), con fuerte caída en la inversión.
Cielos nublados: Sin embargo, las cosas no pasaron así. A poco andar se comprobó que el estancamiento económico obedecía a razones estructurales, domésticas e internacionales más que a las políticas de Bachelet. El crecimiento se mostró esquivo, el empleo no mejoró y los salarios tampoco. Apareció, el fantasma de las AFP en la medida en que millones estaban a punto de jubilar y veían horrorizados cómo caerían inevitablemente en la pobreza.
Chernobil y rendición incondicional: En medio de este cuadro de descontento creciente se produce el Estallido Social, un misil bajo la línea de flotación del Gobierno. Esta eclosión de desencanto, no solo con Piñera, sino que también con el sistema. Millones de ciudadanos de todos los sectores sociales y políticos marchando pacíficamente por todo Chile, en silencio, sin voceros ni una agenda específica, salvo la de la desilusión y desesperanza.
Síndrome del general Petain: A partir de ese momento se terminó el gobierno de Sebastián Piñera, que pasó a ser un mandatario virtual, mero administrador de la agenda política y cultural de la oposición. Chilevamos derivo en una coalición dividida y fragmentada , llena de odios y recriminaciones que se sintió mayoritariamente traicionada por el presidente.
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