En un reciente debate organizado por Radio ADN, los candidatos presidenciales del oficialismo abordaron múltiples temas, incluidas las relaciones internacionales y la posible incorporación de Chile a los BRICS. Este grupo, cuyo nombre acuñó el economista Jim O’Neill, comenzó como un concepto análitico y terminó consolidándose como un foro integrado inicialmente por Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica, posteriormente, economías eternamente “emergentes”. Recientemente, se sumaron Egipto, Emiratos Árabes Unidos, Etiopía, Irán e Indonesia, además de varios países asociados.
Lo más llamativo del debate -de tono juvenil y a veces superficial- fue el desconocimiento sobre la naturaleza real de los BRICS. Un foro político por excelencia. Algunos candidatos destacaron su supuesta importancia económica, ignorando que el foro no tiene mecanismos formales de integración económica. Vale la pena, entonces, entender de qué hablamos realmente.
Los BRICS en cifras: ¿Un bloque o un queso blando?
Siguiendo la analogía del analista David Rothkopf, si separamos a China del resto, los BRICS pasan de parecer un ladrillo a un queso blando. Sin el gigante asiático:
El Nuevo Banco de Desarrollo: ¿Oportunidad o espejismo?
Se menciona el Nuevo Banco de Desarrollo (NBD) y otros mecanismos—presentado como alternativa al sistema de Bretton Woods que nos rige—como una oportunidad para Chile. Pero omiten que el NBD es cinco veces más pequeño que el Banco Mundial. ¿Realmente lo necesitamos?
¿Qué significa ser parte de los BRICS?
Aquí, las estadísticas no bastan: hay que revisar los documentos fundacionales. El problema es que no existen. Solo quedan las declaraciones vagas de sus cumbres anuales, que reflejan más frustraciones geopolíticas que una agenda concreta. Su gran aspiración es construir un “nuevo orden global”, una idea recurrente desde los años 60. Pero, ¿qué aportaron antes? El Movimiento de No Alineados -que, como sabemos, no logró gran cosa.
Chile: ¿Aliarse con democracias o autocracias?
Se argumenta que Chile debe “aprovechar la oportunidad” de moldear un nuevo orden en una coyuntura en que el de posguerra se encuentra en crisis. La pregunta clave es: ¿con quiénes? Para quienes creemos en respeto de los derechos humanos, democracia y debido proceso, la respuesta es clara: alinearse con democracias sin adjetivos.
Sí, Chile ya coopera con algunos miembros de los BRICS en otros foros como el APEC, pero allí prima la agenda económica—donde tenemos intereses legítimos—y se evitan los temas políticos incómodos. La ONU, en cambio, es el ejemplo de cómo la politización lleva al estancamiento.
Riesgos concretos: ¿Valen la pena?
Antes de entusiasmarse, conviene preguntarse:
¿Realmente diversificamos mercados?
Ya tenemos acuerdos bilaterales con varios miembros de los BRICS—sin necesidad de su marco jurídico, que ni siquiera existe. ¿Para qué ingresar al grupo, entonces?
El estatus de “observador”: ¿Una puerta giratoria?
Algunos sugieren que Chile debería ingresar a BRICS como observador, aunque este estatus es generalmente temporal. En cuanto a la política exterior, a veces pareciera estar estancada, Chile sigue siendo miembro del Movimiento de No Alineados y participa en sus reuniones al mismo tiempo es miembro de la OCDE.
La nostalgia peligrosa
El verdadero -e inconfesable- propósito parece ser revivir herramientas del pasado: sustituir un orden imperfecto por otro liderado por regímenes antidemocráticos. Chile ha construido décadas de credibilidad como socio confiable y respetuoso del derecho internacional. Unirse a los BRICS sería una forma contradictoria de proteger esa reputación. Afortunadamente, nuestro actual Canciller lo tiene muy claro.
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