Miguel Crispi: Cara de yo no fui. Por Rafael Gumucio

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Crispi, claro, debe pensar que salva el cuello del Presidente salvando el suyo primero. No se le ocurre que quizás sea justo al revés y que todo lo que no dice ante el Congreso fortalece los rumores, las intrigas, la sensación de que hay en el segundo piso cerebros demasiado convencidos de su propio valor, y demasiado seguros al mismo tiempo de la estupidez de todos los demás. En política no es inteligente el que sabe más que los demás, sino el que comprende en qué consiste la inteligencia de los demás. Los estrategas no son como los soldados: no sirven para otras batallas.


En esa perfecta antología de abyecciones latinoamericana que son los “Relatos Salvajes” (2014), hay un sketch protagonizado por Oscar Martínez que recuerda varios casos tristemente famosos de la crónica policial continental. Ahí, el hijo de un millonario atropella borracho a una mujer embarazada. El padre y el abogado del padre deciden que el niño no puede hacerse cargo del crimen y le dicen qué decir y qué no decir. Otro, a cambio de dinero, se hará cargo del cadáver.

No pude evitar pensar en la escena viendo a Miguel Crispi declarar ante la comisión investigadora del caso Monsalve. Ahí, seguramente asesorado por un abogado (me imagino que por el abogado Cordero), el jefe de asesores del segundo piso decidió no responder a casi nada de lo que se le preguntaba. Logro así lo que pareciera su único objetivo político: salvarse la espalda, y renovar un poco más tiempo su trabajo en la Moneda. Un trabajo donde la suma de fracasos y chascarros resulta tan apabullante como la perfecta negativa a evaluarlos, admitirlos o asumirlos siquiera.

Si algo caracteriza a la generación que nos gobierna, de la que Miguel Crispi es quizás el más perfecto ejemplo, es un perfecto sentido de la inmunidad. Un sentido de la inmunidad, de la impunidad también, que solo vale para sí mismos, porque nacieron sabiendo cuáles eran las culpas y los crímenes de todos los demás. Una vocación de inmunidad que se sostiene en la idea de que alguien más debe pagar siempre por sus errores, sus crímenes, o sus torpezas. Por eso la frase “yo renuncio” es tan poco frecuente entre nuestras autoridades.

Autocrítica claro, “aprendizajes”, por supuesto, pero la idea de que un escándalo político-sexual-policial de enorme envergadura como el caso Monsalve pueda costarle el cargo a alguien entre los múltiples consejeros, asesores, ministros y subsecretario que no hicieron lo que tenían que hacer, o que hicieron lo que no había que hacer, les resulta simplemente inconcebible.

El propio subsecretario Monsalve lo explicó mejor al insinuar que era mejor quedarse en su puesto porque su abogado le dijo que, si renunciaba, estaba admitiendo su culpabilidad. El Presidente tuvo el tardío sentido común de decirle que no podía quedarse. Pero la sola idea de que pudiera el acusado de violación y abuso a una subordinada, pedir seguir en el lugar de los hechos, resulta decidor de dónde están las fallas en el mando, o la falta de mando.

Es cierto que, en un sistema presidencial, el Presidente debe tener la razón incluso cuando se equivoca, pero ¿vale eso también para sus asesores? ¿Tienen estos, por el solo hecho de hablar con el Presidente, la inmunidad perfecta de no tener que responder de sus dichos y sus actos ante el Congreso nacional, es decir los representantes del pueblo soberano?

Crispi, claro, debe pensar que salva el cuello del Presidente salvando el suyo primero. No se le ocurre que quizás sea justo al revés y que todo lo que no dice ante el Congreso fortalece los rumores, las intrigas, la sensación de que hay en el segundo piso cerebros demasiado convencidos de su propio valor, y demasiado seguros al mismo tiempo de la estupidez de todos los demás.

Pero no hay nada más fácil en Chile de conseguir que el cartel de inteligente. En un país alérgico a los libros, los que usan anteojos desde niños ya parecen sabios de la tribu. Y seguro que si en Sociología de la Católica o en el Saint George, o en las asambleas de NAU, Crispi era una lumbrera, lo cierto es que no lo ha sido en ningún lugar más.

En política no es inteligente el que sabe más que los demás, sino el que comprende en qué consiste la inteligencia de los demás. Los estrategas no son como los soldados: no sirven para otras batallas. Menos cuando, de manera sistemática, pierden las que pelean. Un consejero sirve cuando escucha, cuando ve, cuando comprende un poco más que la persona a la que aconseja.

Aconsejar es muchas veces prescindir de sí mismo, meterse en los zapatos del otro, pensar más allá de tus propias certezas para mirar desde el otro. ¿Quién es en este segundo piso dueño de esa mirada? ¿Quién puede más allá de las labores diarias pensar en mañana por la mañana? Nadie que uno vea. En el segundo piso, como en el primero, como en el subsuelo, el patio de los cañones o de los naranjos. Personas esforzadas sí, de buena voluntad también, capaces de vez en cuando, pero nadie capaz de mirar un poco más allá del ahogo diario para decir “hacía allá vamos”.

Se les criticó a los que nos gobiernan ser jóvenes, cosa que sabemos que se les iba a pasar. Se les criticó ser mimados y eso no se les quita, ni se les puede quitar. El hambre es algo que no se aprende, incluso cuando se la adquiera de grande. El hambre, la necesidad, la carencia solo enseña (y deforma), cuando se las vive tempranamente. Luego es un accidente, un error, o incluso una elección. Solo se aprende que la vida dura cuando nuestros huesos son aún blandos, después lo único que hace la dureza de la vida es quebrarlos.

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