No alcanza la buena voluntad para juzgar al actual gobierno: es, simplemente, lo que es. Y no olvidamos que la izquierda frenteamplista se abrió paso hacia el poder como si fuera la vanguardia de la redención nacional. Convencida de que el lucro era un pecado social, se empeñó en reducir el ámbito de acción del mercado y en potenciar al Estado como productor directo y agente de igualación. El objetivo explícito era, en palabras de Boric, cavar la tumba del neoliberalismo o, como dijo en su primer viaje a Europa, “derrocar al capitalismo”.
La nueva promoción de revolucionarios venía a corregir el rumbo seguido por el país después de la dictadura, pero con un criterio que, sorprendentemente, partía de la base de que había harta plata y el asunto consistía en elevar el gasto público. Daban por hecho que la economía permitía gratuidades y beneficios que solo dependían de poner voluntad política y hacer crecer el Estado.
En la práctica, el Frente Amplio avanzó por las grandes alamedas que pavimentó la Concertación, pero su primer objetivo político fue desplazarla del escenario. Lo curioso es que esa misma centroizquierda le facilitó las cosas. Bajo el madrinazgo de Bachelet, el Frente Amplio entró al ministerio de Educación y a la Cámara de Diputados. Desde allí, el camino a la gloria.
La nueva izquierda había nacido en las universidades tratando de diferenciarse de la vieja izquierda, representada por el PC, pero luego no tuvo problemas en aliarse con ella. La perspectiva de conquistar los cargos del Estado disolvió las diferencias filosóficas: la antigua doctrina de la lucha de clases se fusionó con la ideología woke. El tribalismo identitario se convirtió en la quintaesencia de la corrección progresista. El PS y el PC se apresuraron en declararse feministas, aunque este último agregó que lo hacía con “un sentido de clase”.
La Convención mostró elocuentemente la disposición fantasiosa de las izquierdas unidas. Se comprobó que la adaptación a los vientos de la moda puede provocar una negligencia sin límites. El ejemplo más contundente lo dieron los exconcertacionistas que se integraron al gabinete y a otros cargos al adherir sin vacilaciones al proyecto de Constitución que consagraba la segmentación racial de Chile, el pluralismo jurídico, el fin del Senado, etc.
La aproximación de la izquierda de Boric a los problemas nacionales ha sido “de patio universitario”, como ha dicho Pablo Ortúzar. Han echado a perder lo que funcionaba (por ejemplo, los mejores liceos públicos), y han entrabado con excusas “avanzadas” las posibilidades de verdadero progreso. Hemos comprobado cuán nocivos pueden llegar a ser el culto al Estado, la desconfianza instintiva hacia la iniciativa privada y el desdén por la creación de riqueza.
Este gobierno ha dado una clase magistral sobre insolvencia en la conducción del Estado, pero también respecto de las dificultades para diferenciar lo real de lo imaginario. ¿Qué fue lo más grave? Que, para acceder al poder, el FA y el PC hayan estado dispuestos a validar la violencia política en condiciones democráticas, y que el Socialismo Democrático haya mirado hacia otro lado. Dicho sea de paso, el PC tiene en este gobierno mucho mayor poder que el que tuvo en el gobierno del presidente Allende.
¿Qué suerte habría corrido este gobierno sin los ministros que provenían de la antigua Concertación? No lo sabemos, pero quizás todo hubiera sido peor. Como sea, la impresión predominante es que la alianza gobernante ya mostró lo que era. Tenemos, pues, más que suficiente. En el tiempo que resta del mandato presidencial, solo queda cruzar los dedos para que el país no enfrente emergencias mayores.
Nadie sabe lo que nos depara el futuro. Cualquier vaticinio es siempre pura especulación. Sin embargo, hay quienes pronostican que Gabriel Boric volverá en 2029 convertido en socialdemócrata, líder indiscutido de todas las familias de izquierda. Pero, ¿de qué bola de cristal se desprendería eso? ¿Cómo se llama la quiromántica consultada? ¿Y por qué creer que el futuro de la nación depende de que Boric cambie de piel o de chaqueta?
Lo único cierto es que la sociedad chilena no permanecerá congelada en los próximos años. Y que no pocas enseñanzas valederas le quedarán de los desatinos y turbiedades de este período. Habrá que reparar la brújula.
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