Audios: ¿Qué haremos después de la caja de Pandora? Por Francisca Werth Wainer

Ex-Ante

Se echa de menos una propuesta de cambio y reforma profunda ante tamaña crisis institucional. No entender la profundidad de este trance y su necesaria priorización en la agenda es a la vez, una pérdida de una oportunidad política de gran envergadura y perder una opción de dejar un legado profundo que asegure un mejor funcionamiento de instituciones claves para la justicia. Así, parafraseando al Presidente, los que se creen poderosos dejarán de serlo, para ceder el espacio a instituciones robustas que estén a la altura de las pretensiones de los ciudadanos.


“Lo peor está por venir”, se decía el domingo en la prensa. “Yo voy a comprar cabritas”, se comentaba en el almuerzo familiar. “No va a pasar nada, todo va a seguir igual y los nombramientos seguirán siendo por pitutos”, decían otros en ambientes más cercanos al sistema de justicia penal.

Todo esto se escuchaba en las conversaciones, se leía en diversos grupos de mensajes o se analizaba a partir de los resultados de las encuestas de opinión publicadas hace algunas semanas. En ellas la desconfianza en las instituciones del sistema de justicia llegaba a los peores indicadores observados por esas mediciones. Todo esto por los WhatsApp e información que están en el teléfono del abogado Luis Hermosilla y la liberación de esa información por su defensa.

La cantidad de aristas que este caso ha generado hace que hasta para quienes conocemos los vericuetos de los procesos penales sea difícil hacer un mapa de lo que ha pasado o siquiera identificar qué es lo más relevante. Está claro que todo partió desde la filtración del audio entre la abogada Leonarda Villalobos, Daniel Sauer y Hermosilla. La entrega del teléfono del abogado a la fiscalía se produce en este contexto. Hasta dónde puede llegar es hoy más bien una pregunta sin respuesta.

Fue el ministro Cordero quien acuñó la frase, aludiendo a las consecuencias que podría tener que se conociera el contenido del teléfono de Hermosilla, que se abriría la caja de Pandora. Vale entonces recordar el mito griego. Zeus deseoso de vengarse de Prometeo por robarse el fuego y entregárselo a los hombres le regala a Pandora, mujer de su hermano, un recipiente con la única advertencia de que no puede abrirlo ya que en él se contienen todos los males del mundo. Lo que sucede es que Pandora llena de curiosidad lo abre.

Siguiendo con la analogía del ministro, el teléfono de Hermosilla sería el recipiente que al abrirlo nos dejaría expuestos a infamias y perjuicios.

¿Cuáles serían esos males? Muchos de ellos ya los conocemos por filtraciones a la prensa. Ya tenemos un director de la PDI menos, con una formalización que fue sólo hace algunos meses, pero que parece tan distante en el tiempo. Delitos graves imputados a todos quienes hablan en el audio, con todos ellos en prisión preventiva. Un fiscal regional en ejercicio que está siendo investigado por haber filtrado información en una causa de drogas, otro ex fiscal regional involucrado, un ministro de la Corte Suprema cuestionado, una comisión de ética en el máximo tribunal, etcétera. Suma y sigue.

Pero continuemos con el mito griego. La leyenda cuenta que cuando salieron todos los males sólo quedó la Elpis, la esperanza, único bien que Zeus había metido en la caja. ¿Cuál sería la esperanza que cabría tener en este caso? ¿Qué nos podría quedar cuando todos los males hayan salido?

No es fácil esta respuesta porque pasa por la fortaleza institucional de quienes hoy se ven profundamente cuestionados por las consecuencias del caso, en especial el Poder Judicial. Si hasta ahora los males que salen de la caja parecen apuntar a las instituciones que precisamente deberían tener toda la fuerza y poder para enfrentarlos, es poco lo que se pueda esperar de ellas.

A propósito de la polémica de hace algunas semanas respecto de cuánto debía liderar el Presidente la lucha contra la delincuencia, aparece aquí una gran oportunidad para ello. Una manera de asegurar que como país nos haremos cargo de los males de Pandora y que daremos espacio al cambio que sea necesario, sería una forma de urgente liderazgo. Consensos técnicos ya existen. Por ejemplo, sacar del proceso de nombramiento de jueces y fiscales al Poder Judicial y quizás también al Senado.

El sistema hoy vigente parece dar espacio a prácticas asentadas como negociaciones espurias, búsqueda de apoyo para lograr los cargos y hasta la necesidad de dar a conocer a lobistas el buen trabajo que se ha realizado en la vida profesional.

Es claro que no será ni el Poder Judicial ni el Ministerio Público ni ningún otro potencial involucrado quien podrá liderar este cambio ni menos la transformación institucional que se requiere para implementarlo. Pero sí pudiese hacerlo el Ejecutivo y, sobre todo, el Presidente, promoviendo una reforma en esta materia o en otras en los que ya hay consolidado acuerdo técnico sobre qué debe cambiar.

Se echa de menos una propuesta de cambio y reforma profunda ante tamaña crisis institucional. No entender la profundidad de este trance y su necesaria priorización en la agenda es a la vez, una pérdida de una oportunidad política de gran envergadura y perder una opción de dejar un legado profundo que asegure un mejor funcionamiento de instituciones claves para la justicia. Así, parafraseando al Presidente, los que se creen poderosos dejarán de serlo, para ceder el espacio a instituciones robustas que estén a la altura de las pretensiones de los ciudadanos.

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