Septiembre 1, 2024

Cuba: el tabú de Gabriel Boric. Por Jorge Ramírez

Cientista Político. Libertad y Desarrollo.
Protesta en 2021 frente a la Embajada de Cuba en Chile. Foto: Agencia UNO.

Cuando hablamos de libertad, derechos humanos y democracia, no bastan los compromisos parciales. La proyección lógica del cuestionamiento a la dictadura venezolana debiera, en algún momento, llevar a la dictadura cubana. Eludir la crítica a Cuba mientras se denuncia a Venezuela es como intentar sobreponer una sombra a otra; lejos de disimularla, solo proyecta una sombra más grande.


La firme posición de Gabriel Boric ante la situación política, social y humanitaria venezolana contrasta con su mirada sobre el régimen cubano. ¿Por qué?

Los temas que fundamentan la objeción al régimen de Maduro son prácticamente los mismos que la isla ha venido sufriendo desde hace más de 50 años: ausencia de democracia, persecución política a opositores y disidentes, violaciones a los derechos humanos, falta de libertad de prensa, la presencia de un fuerte aparato represor de la sociedad civil y la imposición de una ideología de inspiración totalitaria que orienta al régimen. Ni hablar de la miseria y la inmigración, como consecuencia de la falta de libertades y desarrollo.

Entonces, ¿qué tiene Cuba que no tenga Venezuela, que hace que las convicciones presidenciales democráticas se activen de manera selectiva ante un caso, pero no el otro? En lo concreto, nada, pero en lo simbólico, mucho. Comenzando por el hecho de que, para el Partido Comunista de Chile, Cuba es la reserva moral —aunque bastante inmoral a estas alturas— del proyecto revolucionario.

Para el PC, Cuba constituye una línea roja de defensa en materia internacional, infranqueable e invariable en el tiempo. Tras la caída del Muro de Berlín y los socialismos reales, es el último bastión al que aferrarse en el imagomundi comunista.

Incluso las tendencias más heterodoxas del PC pueden tocar o mencionar algunos aspectos cuestionables del régimen de Ortega en Nicaragua y, más recientemente, esbozar líneas críticas al de Maduro en Venezuela, pero a Cuba no se le toca nunca, ni con el pétalo de una rosa.

Inconscientemente, a la usanza del viejo Aristóteles, quien clasificaba a los regímenes políticos en sus versiones puras o imperfectas, los comunistas comienzan a visualizar a Venezuela como una forma desviada del ideal revolucionario, cuyo tipo ideal, por cierto, continúa siendo Cuba.

En este esquema, para la izquierda más radical incluso podría llegar a ser funcional tener permanentemente bajo el escrutinio público a Venezuela, con un líder tosco, sin épica y sin mayor contenido como el de Nicolás Maduro, puesto que el efecto práctico de la tragedia venezolana es que ya casi nadie habla de Cuba. Aunque parte importante del sostén al régimen de Maduro está dado por el aparato de seguridad e inteligencia que provee La Habana. En mayo de este año, el Presidente de Cuba, Miguel Díaz-Canel, en una reunión bilateral con el canciller venezolano Yván Gil, declaró: “Venezuela puede contar con Cuba para lo que sea”. A confesión de parte, relevo de pruebas.

Cuba como delirio intelectual latinoamericano

La Revolución Cubana fue un faro incandescente para prácticamente toda la izquierda latinoamericana. Bastaría recordar cómo la intelectualidad de izquierda se rindió a los pies del proyecto revolucionario a finales de los 50 e inicios de los 60, proceso muy bien descrito por el ensayista colombiano Carlos Granés en Delirio Americano. El Nobel de literatura Mario Vargas Llosa es quizás el mejor exponente de este fenómeno.

Vargas Llosa, como tantos otros, vio en el comunismo una primera ilusión utópica, con el asalto al cuartel Moncada como gran hito que parecía aunar el ideal de socialismo y libertad, irradiando un espíritu de heroísmo y esperanza. Vargas Llosa llegaría a ser parte de un comité cultural de apoyo a la Revolución; sin embargo, poco a poco, la idea mítica de ésta se fue consumiendo a ojos de este agudo observador.

El escritor sería testigo de cómo, progresivamente, Castro concentró el poder a la usanza del modelo soviético, de modo implacable y extremadamente intolerante con toda forma de disidencia, llegando al extremo de habilitar las Unidades Militares de Ayuda a la Producción (UMAP), una forma eufemística para denominar a los campos de concentración donde se entremezclaban contrarrevolucionarios, delincuentes y homosexuales, aunque también artistas: pintores, poetas y periodistas, quienes eran apresados y sometidos a los más variados vejámenes por representar valores contrarios a la “moral revolucionaria”.

El punto de quiebre entre Vargas Llosa y la Revolución estuvo dado por el caso de Heberto Padilla, un poeta cubano que asumió un rol crítico frente a las políticas culturales de la Revolución, pese a ser, paradójicamente, un ferviente adherente de ella. Padilla sería encarcelado y sometido a una performance estalinista: fue forzado a inculparse públicamente a través de una ridícula confesión. Tras el caso Padilla, junto a Vargas Llosa, otros intelectuales como Sartre y Susan Sontag firmaron un manifiesto de protesta en contra de la Revolución. Luego del quiebre con ésta, Vargas Llosa declaró que recuperaría su plena libertad. ¿Se preguntará Boric si es posible ser plenamente libre gobernando con el PC?

Luces y sombras

Un tema tabú es un tema que se soslaya, una verdad que no se toca. El presidente Boric, consciente del ascendiente que genera la Revolución cubana en su sector, ha sido muy cauto y táctico en su evaluación del régimen de La Habana.

Ya como diputado, un joven Gabriel Boric tuiteó en 2016 en homenaje a Fidel Castro tras su muerte: “Yo me muero como viví… mis respetos comandante”. Durante el debate de las primarias presidenciales de Apruebo Dignidad de 2021, coincidiendo con las protestas más importantes contra el régimen cubano en décadas, Boric afirmó en cadena nacional: “No tenemos que elegir entre condenar el bloqueo y las violaciones a los derechos humanos”.

Finalmente, ya como presidente, la apertura a una línea más crítica exhibida durante el debate con Jadue se disiparía, porque en 2023, ante la Asamblea General de Naciones Unidas, Boric volvió a mostrar condescendencia hacia el régimen, al decir: “Declarar que Cuba es un país que promueve el terrorismo no solo es falso, nos violenta”.

Romper con la burda dictadura venezolana a estas alturas constituye un mínimo civilizatorio para un demócrata, y Boric, al menos en el plano de las formas, ha estado a la altura de aquello, proyectando un halo de luz en el sombrío panorama de mutismo ante la tragedia venezolana que había primado en la izquierda latinoamericana. Pero cuando hablamos de libertad, derechos humanos y democracia, no bastan los compromisos parciales. La proyección lógica del cuestionamiento a la dictadura venezolana debiera, en algún momento, llevar a la dictadura cubana.

Eludir la crítica a Cuba mientras se denuncia a Venezuela es como intentar sobreponer una sombra a otra; lejos de disimularla, solo proyecta una sombra más grande.

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