Mayo 12, 2024

Campamento de privilegios. Por Jorge Ramírez

Cientista Político. Libertad y Desarrollo.

Las universidades llevan décadas malcriando a los jóvenes estadounidenses, acogiendo dentro de sus departamentos y programas a los principales promotores de la generación y divulgación de los enfoques deconstructivistas, post marxistas e interseccionalistas, reduciendo el rol del individuo en la sociedad al de una simple víctima.


Es tal la desorientación del progresismo woke, que éste ha visto en los más elitarios campus universitarios de la Ivy League norteamericana y la reivindicación palestina, una nueva forma de infiltrar su reduccionista enfoque oprimido-opresor de interseccionalidad, en el que se mezcla y confunde todo. Movilizándose esta vez los jóvenes por una causa que es contraria a todo lo que ellos dicen reivindicar, alzando pancartas como “Queers for Palestine” (por citar un ejemplo), como si ésta fuera acaso un territorio gay friendly.

El enfoque de interseccionalidad es la madre del cordero. El concepto fue acuñado a fines de la década de los 80´s por la profesora de derecho de UCLA en Estados Unidos Kimberlé Crenshaw, y se basa en una comprensión en la que la sociedad se divide en dos hemisferios. El de la dominación, por un lado y el de la subordinación, por el otro. En el primero, se situarían los grupos que supuestamente concentran el poder político, económico, social y cultural: hombres, blancos, cisgénero, de clase alta y pro mercado. Mientras que en el segundo se encuentran mujeres, de raza negra, LGBTIQ+, pobres, indígenas y cuanto grupo en situación de desventaja pueda imaginarse.

El centro del enfoque es que las relaciones de dominación, abuso, discriminación y privilegio se entrelazan y refuerzan a partir de la superposición de estas múltiples identidades oprimidas y marginalizadas. Es a partir de esta idea que una parte de la izquierda ha visto en la causa palestina una nueva identidad oprimida.

La imagen más icónica de esto es la de la activista Greta Thunberg abrazando un nuevo propósito: globalizar la “Intifada”, con una kufiya entre su cuello y mentón, desde Suecia. Pasando, en cosa de semanas, del activismo en contra de la caza de ballenas a una funa en contra de la participación de una cantante de origen judío en un festival de música.

¿Tendrán Greta y sus privilegiados seguidores de los campus de Columbia y la UCLA idea de cuántos jóvenes en oriente medio, pero también en el mundo, han muerto a causa de esta Intifada? Por supuesto que no. O quizás sí, y todo sea parte de una gran e hipócrita puesta en escena.

¿Para qué darse el tiempo de leer y entender las causas del conflicto? Para el activista, siempre es más fácil tomar posición por el que aparentemente se presenta como débil, asumiendo sus consignas, premisas e inclusive atuendos, por más que éstas sean inconsistentes con sus principios. Además, la indignación y solidaridad, es selectiva. Porque los asesinatos perpetrados por Hamás parecieran no producir el mismo nivel de conmoción.

Para las autoridades universitarias, durante semanas, pareció más cómodo permitir el establecimiento de estos campamentos de protesta, en donde el nivel de reivindicación va desde una tibia pose pro-Palestina hasta jóvenes que reivindican el rol de Hamás, cancelando y hostigando a profesores y estudiantes judíos y abogando por el más frontal antisemitismo. Por suerte, se impuso la cordura y se instruyó el desalojo y resguardo de la infraestructura universitaria.

Por supuesto que la mayoría de los académicos de los departamentos de ciencias sociales firmaron emotivas cartas en contra de los desalojos. Como han señalado Jonathan Haidt y Greg Lukianoff, las universidades llevan décadas malcriando a los jóvenes estadounidenses, acogiendo dentro de sus departamentos y programas a los principales promotores de la generación y divulgación de los enfoques deconstructivistas, post marxistas e interseccionalistas, reduciendo el rol del individuo en la sociedad al de una simple víctima.

Entre medio, a río revuelto, ganancia de pescadores. El prestigioso semanario británico The Economist ha ilustrado cómo los grupos yihadistas radicales han visto en el conflicto en Gaza una ventana de oportunidad para acelerar sus procesos de reclutamiento de cuadros en Europa. Se trata principalmente de jóvenes con severos problemas de identidad que ven en la causa del islamismo radical una forma de darle sentido a una existencia, en la mayoría de los casos, vacía.

En este contexto, los promotores de la causa Palestina debieran ser los principales interesados en evitar el uso instrumental y político de su reivindicación, porque la forma burda en que se han desarrollado genera repulsión.

Sin ir más lejos, de acuerdo al último estudio de la consultora Morning Consulting un 47% de los votantes en Estados Unidos dice que las universidades deberían prohibir las manifestaciones contra la guerra de Gaza. Únicamente un 33% del electorado apoya que las universidades americanas hagan declaraciones condenando las acciones de Israel en territorio Palestino, aunque esa cifra es de un 49% en el rango de votantes entre 19 y 34 años y sólo un 38% de los votantes apoya que las universidades se desvíen de la financiación de empresas israelíes o de los negocios que se benefician de la guerra.

La hiper politización de la universidad y enaltecimiento de la indignación estudiantil como referencia o directriz para la toma de decisiones, bajo el supuesto de una presunta conciencia moral superior de jóvenes privilegiados, ha provocado mucho daño; basta ver el propio caso de Chile.

Bajo esta extraviada forma de comprender y hacer universidad, lo que los estudiantes tocan, finalmente lo trastocan.

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