Piñera se convirtió en símbolo de la democracia que el octubrismo quiso echar abajo. Por Sergio Muñoz Riveros

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Imagen: Agencia Uno.

El adiós a Piñera trajo un nuevo aire que puede ser beneficioso para nuestra convivencia. Se trata de una vigorosa corriente ciudadana que rechaza la intolerancia y la crispación, que quiere paz y orden legal, y cuyo gran anhelo es que Chile encuentre un camino de concordia.


Han quedado múltiples motivos de reflexión en torno a las expresiones de respeto y reconocimiento al presidente Piñera, cuyo signo más elocuente fueron los miles de personas que acudieron al Congreso a rendirle un último homenaje. Fue valioso que el presidente Boric reafirmara los hábitos republicanos y manifestara genuina cercanía con la familia de Piñera, lo cual, junto a su discurso de despedida, ha sido destacado por la prensa internacional como signo de civismo. La fotografía de la guardia de honor de Boric, Frei, Bachelet y Coloma, presidente del Senado, reflejó bien la fortaleza institucional de Chile.

Los días de duelo permitieron conocer muchos testimonios sobre las características humanas y políticas de Piñera, su exigente estilo de liderazgo, su energía intelectual y, algo remarcable, su instintiva disposición a no dejarse vencer por las dificultades, como quedó demostrado en las complejas pruebas que enfrentó como presidente, las más duras surgidas desde 1990. Un rasgo destacado por líderes de diversa filiación fue su temple democrático, probado en los días del octubre negro.

El país ha realizado un acto de justicia final a un gobernante que hace poco más de 4 años soportó una ofensiva antidemocrática y antisocial de una envergadura no vista en 30 años, cuyo propósito explícito fue su derrocamiento. Era imposible no recordar en estos días que, junto a la destrucción y el pillaje, hubo una inescrupulosa campaña de odio llevada a cabo por las tribus anarquistas y la izquierda golpista.

No cualquier gobernante hubiera resistido aquella combinación de fuego y odio, la cual fue favorecida por el oportunismo de la centroizquierda y las cobardías que hubo en la propia derecha. Pese a todo, Piñera resistió, evitó el quiebre institucional, no se dejó tentar por una salida autoritaria y cumplió su mandato estrictamente dentro de las reglas constitucionales.

Piñera se convirtió en símbolo de la democracia que el octubrismo quiso echar abajo. Con errores y todo, no vaciló en cumplir con su deber en las horas más difíciles. Todo ello explica los homenajes de estos días. Abundaron los carteles que le daban las gracias, y se entiende perfectamente las razones de ello. Para mucha gente, Piñera pasó a ser la representación del Chile que no se doblegó ante la violencia ni ante el delirio refundacional.

En este cuadro, Boric realizó un intento de autocrítica, lo cual siempre es costoso ante los partidarios. Es probable que la expresión más reveladora haya sido esta: Ocupar el sillón de O’Higgins me ha permitido comprender y aquilatar mejor a Sebastián Piñera y con ello a todos los presidentes y presidenta que lo antecedieron”.

O sea, ha comprendido y aquilatado ciertas cosas fundamentales solo al llegar a La Moneda. En realidad, pasaron apenas 10 años entre el momento en que era presidente de la FECH y el momento en que se convirtió en presidente de la República. Muy poco, sin duda. Tal aprendizaje demandó mucho más tiempo y mucha más experiencia a todos sus antecesores. Como sea, es deseable que su proceso de maduración le ayude en el resto del camino.

En el discurso de Boric, sin embargo, faltó algo primordial: un explícito rechazo a la violencia como método político, que es, finalmente, lo que define a quienes adhieren de verdad a los principios democráticos. En este punto, él sigue condicionado por el octubrismo y por el temor de incomodar a sus aliados. El problema es que la ambigüedad sobre la violencia es incompatible con la función de jefe del Estado.

Sorprendentemente, bastó ese esbozo de autocrítica para que surgieran críticas desde las filas de la intransigencia. Las diputadas Hertz y Pizarro, del PC, le salieron al paso mediante el recurso de describir a Piñera como el enemigo absoluto, mejor dicho, como “el enemigo que se necesitaba que fuera”, para poder justificar todo lo que se hizo en su contra. Pobre visión, desde luego. La inmensa mayoría de los chilenos ha expresado sentimientos muy distintos en estos días. Hay que dejar atrás la intoxicación del odio.

Más allá de los partidismos, se necesita la unidad de todos los sectores que quieren reforzar el Estado de Derecho y que, por lo tanto, consideran prioritario poner freno a la delincuencia y restablecer las condiciones de seguridad que son indispensables para que el país mejore en todos los terrenos.

¿Qué va a pasar con la derecha ahora? ¿Podrán sus partidos demostrar que son capaces de construir una alternativa que inspire confianza a la mayoría? Es un inmenso reto. Y nada está escrito sobre el futuro. Pueden surgir nuevas ilusiones falsas y nuevas amenazas a la libertad. También hay que preguntar qué va a pasar con el bloque izquierdista, en el que cada día se hacen más evidentes los desacuerdos de fondo.

El adiós a Piñera trajo un nuevo aire que puede ser beneficioso para nuestra convivencia. Se trata de una vigorosa corriente ciudadana que rechaza la intolerancia y la crispación, que quiere paz y orden legal, y cuyo gran anhelo es que Chile encuentre un camino de concordia. Ojalá que ese sentimiento se afiance y que la política gane altura.

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