Enero 6, 2024

Perfil: Daniel Jadue, el hombre que nunca se equivoca. Por Rafael Gumucio

Escritor y columnista

Tampoco tengo duda de que Daniel, de ser judío, sería un colono fanático, de esos que escupen en Jerusalén cuando ven a una monja pasar. La base del pensamiento de Jadue es la de cualquier fanático de cualquier ideología: se basa en el miedo a no ser lo que es. Es la afirmación del origen que incluye la exclusión del que no comparte ese origen. Como todos los que no están seguros de quiénes son, le gusta ganar, aplastar, vengarse.


Esta semana me regalo el extraño placer de estar de acuerdo con Carmen Hertz. Ella reaccionó, junto con Miguel Lawner, con esperable indignación, ante la idea peregrina del alcalde de Recoleta de que ningún judío podía ser realmente de izquierda, porque todos eran, lo quisieran o no, “supremacistas”, es decir racistas.

Carmen Hertz y Miguel Lawner, que faltó a último minuto a un lanzamiento donde lo iban a insultar, responden con una lista de judíos que militaron y militan en el Partido Comunista. La lista podría ampliarse al infinito si se incluyen en ella el resto de la izquierda.

Le guste o no al alcalde de la bella Recoleta, el socialismo fue la segunda religión del pueblo judío, y la fe de la mayoría de los primeros sionistas que, belicistas desde siempre, fueron los primeros en conseguir un proyecto socialista exitoso en la historia del siglo XX. Un éxito que le costó a los palestinos demasiada sangre y lágrimas que tampoco le ayudaron a ahorrar los países árabes, que optaron por usarlos como moneda de cambio hasta que ya no les sirvieron.

La relación entre el judaísmo y la izquierda no se resume, por cierto, a un grupo de nombres, sino que tiene su base justo en lo que Daniel Jadue, con esa brutalidad lúcida tan suya, señala como un impedimento: Ser el pueblo elegido por Dios es para los judíos lo contrario de un regalo de cumpleaños. Con un humor digno de los hermanos Marx, ser el elegido de Dios significaba en la religión y cultura judía ser apartado, aplastado, exiliado, olvidado por ese mismo Dios.

Es esa idea, de que los excluidos son los favoritos de los dioses, los que nada tienen lo merecen todo, ampliada luego al mundo entero y todos sus pueblos por los cristianos y los musulmanes, la base misma de cualquier ideología de izquierda.

De tal modo que al revés de lo que piensa, aunque pensar en el caso de Daniel Jadue es mucho decir, no se puede ser de izquierda sin ser judío o cristiano. Culturalmente judío o cristiano, aunque se sea completamente ateo. El embajador de Irán, ante el que Daniel Jadue hizo sus morisquetas mentales en el lanzamiento del libro en cuestión, podrá confirmar que no se puede ser comunista e islámico. De hecho, en su país gente como Daniel Jadue tiene que razonar en la cárcel.

Tampoco les va demasiado bien con Hamas a los comunistas palestinos (que son partidarios de los acuerdos de paz). Aunque quizás, como el comunismo de Jadue es perfectamente superficial, y su fanatismo perfectamente profundo, no tendría ningún problema en adaptarse al régimen de los Ayatolá. La misoginia de zorrón envejecido ya la tiene.

Tampoco tengo duda de que Daniel, de ser judío, sería un colono fanático, de esos que escupen en Jerusalén cuando ven a una monja pasar. La base del pensamiento de Jadue es la de cualquier fanático de cualquier ideología: se basa en el miedo a no ser lo que es. Es la afirmación del origen que incluye la exclusión del que no comparte ese origen. Como todos los que no están seguros de quiénes son, le gusta ganar, aplastar, vengarse.

Y es quizás la razón que explique su incapacidad de entender la raíz del judaísmo, que es la raíz del cristianismo de sus padres, que es justamente el culto a no ganar, al anti poder de la otra mejilla, el perdón, la misericordia, la comprensión del otro. Y el regateo y la conversación infinita, la cordialidad, la generosidad que es justamente lo que hace del pueblo palestino un ingrediente esencial de la identidad chilena.

Jadue es un palestino que no cumple con ninguna de las virtudes de su pueblo. Hasta su pelo liso con una raya en el medio y su falta de fantasía en el vestir, hablar o pensar, denotan que lo único que ha sacado en limpio de ser palestino es el gusto de reprocharle al resto no serlo tanto como él.

Así el anuario escolar donde le ofrecían un judío de regalo para hacer puntería no era solo una mala broma adolescente sino la expresión de un antisemitismo perfectamente razonado y asumido por el alcalde Jadue, que en ese lanzamiento del libro de Pablo Jofré Leal se permitió liberar sin la excusa del sionismo.

Es quizás uno de los peligros de esta guerra, la liberación junto con las imágenes de horror, y las fake news y el dolor sin fin de un pueblo, de lógicas bastardas, de prejuicios milenarios, que permiten simplificar lo que es muy complejo y diabolizar o santificar la parte del conflicto que te cae mejor o con la que tienes lazos de sangre.

Lo extraño no es qué piense o cómo piense y actúe Daniel Jadue, al que nunca lo caracterizó la sutileza ni el disimulo. Lo extraño es que Carmen Hertz o Miguel Lawner hayan hecho campaña fervorosa para que ese señor, que no controla sus esfínteres mentales, esta vez los controle. Y que hayan luchado para que este ser carente de cualquier humildad y gentileza, sea Presidente de Chile. Lo extraño es que lo volverían y volverán a hacer y este volverá a insultarlos a ellos y a su gente porque es de las pocas cosas que lo hacen feliz.

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