Con el H2 en la mira, pero no sólo ella, Europa procura resolver múltiples dificultades, tanto técnicas, logísticas -e incluso geopolíticas-, que encierra la puesta en marcha de una energía tan nueva como desconocida, pero clave para zafarse de la dependencia estratégica de proveedores con los que no comparte valores ni miradas geopolíticas.
Refiriéndose al acuerdo de modernización entre Chile y la UE, una alta funcionaria española dijo que “mejorará la autonomía estratégica de la UE”. Es cierto, pues este acuerdo se inscribe dentro de una era de profundos cambios globales, que con la guerra en Ucrania y la incertidumbre ambiental se aceleraron, limpiando de paso el camino para el salto definitivo a las energías limpias. Con el H2 en la mira (pero no sólo ella), Europa procura resolver múltiples dificultades, tanto técnicas, logísticas -e incluso geopolíticas-, que encierra la puesta en marcha de una energía tan nueva como desconocida, pero clave para zafarse de la dependencia estratégica de proveedores con los que no comparte valores ni miradas geopolíticas.
Europa intenta avanzar hacia un modelo energético limpio, masivo y autónomo. Entender la importancia de ello, abrazar sus contornos valóricos y evitar desplazamientos equivocados o ideológicos de nuestra política exterior, es central para evitar terrenos cenagosos que comprometan las expectativas que despiertan en Chile, el acuerdo con la UE recientemente alcanzado.
Éste abre enormes oportunidades para el desarrollo de un cluster del H2 que favorezcan el desarrollo de la ciencia y la tecnología, ambas muy demandadas en este ámbito. Una lectura pragmática y política de las proyecciones del H2, puede terminar abriendo nuevos horizontes a una economía como la chilena, que necesita señales de viabilidad estratégica hacia el futuro.
El cambio energético no pondrá pronto fin a la dependencia energética de Europa, pero la modificará en sus fuentes, desplazará las antiguas energías fósiles y alentará la gestación de un ecosistema geopolítico con nuevos proveedores, diseminados geográficamente, lo que traerá aparejados efectos internacionales aún insondables.
En América Latina, el hidrógeno cobra atención lentamente. Chile y Brasil son ejemplos notorios. Nuestro país destaca por sus favorables condiciones geográficas y climáticas, ya que no hay más de 10 países en el mundo que concentren el potencial solar y eólico que pone en marcha el proceso de producción del H2. Brasil tiene en cambio, una experiencia particularmente relevante en el comercio de productos básicos, las exportaciones de combustibles fósiles y una industria petroquímica que ya utiliza hidrógeno convencional.
El potencial de producción de Chile y su posición geográfica tienen un inestimable valor político. Sin embargo, el país carece de marcos regulatorios, infraestructura y tecnologías de electrolizadores; las políticas en marcha son brumosas por la carga ideológica y las expectativas superan el marco de realidad internacional del H2. También está por verse el grado de influencia que podría alcanzar China, interesada en tener participación en las cadenas logística y minerales estratégicos del norte de Chile.
El acuerdo con la UE es más que un acuerdo comercial, es un paso hacia el futuro que el gobierno debe impulsar con decisión y disposición.
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