La trinchera, lo absurdo y los 50 años. Por Kenneth Bunker

Ex-Ante

Lo que mejor revela lo absurdo de la paradoja del gobierno es el lamentable rol que ha jugado en la conmemoración de los 50 años, que con una conducción errática, incoherente, y que ha respondido más a la interpretación programática del sector más extremo de su coalición que a las fuerzas moderadas que privilegian la reconciliación política, ha reducido el hito a una convocatoria partidaria.


La desaprobación del presidente Boric está en niveles récord. Según la encuesta Cadem, el presidente alcanzó está semana su peor registro desde que se hizo público su indulto a los presos del estallido a comienzos de año. Otras encuestas, como Tu Influyes, confirman la tendencia y muestran que la debilidad es endógena, en tanto el presidente no logra convencer a personas fuera de su sector político.

Esto es un problema, pues la popularidad importa: es el mecanismo que permite gobernar. Un presidente impopular no puede generar progreso. Simplemente no tiene la capacidad de convocar. Es tan cierto que ni el poder presidencial desmedido ayuda. Ni la Presidenta Bachelet ni el presidente Piñera lograron avanzar mucho una vez que cayeron en las encuestas. Se vieron obligados a avanzar en la medida de lo posible.

Las razones de la impopularidad del presidente Boric son multidimensionales. La primera es claramente que gobierna un país moderado desde la izquierda. Así, sus propuestas son de facto inviables. Por ejemplo, el gobierno insiste en empujar reformas que centralizan el poder en el Estado cuando la mayoría apoya la libertad de elegir, como así lo demuestran las encuestas de Chile Nos Habla en los temas de pensiones y salud.

Simplificando, se puede decir que el presidente gobierna desde la trinchera de la primera vuelta, con la ideología bajo el brazo, y sin tomar en cuenta que las circunstancias han cambiado. Si bien había razones para pensar que se podía avanzar así en diciembre de 2021, es claro que ya no es el caso. El gobierno no comparte. Pues, a pesar del cambio de nombres en el gabinete, ha cambiado poco en lo de fondo.

Si hace dos años había esperanza de cambios estructurales, hoy predomina la voluntad de rescatar lo que se pueda. Si el fracasado primer proceso constitucional limpió los aires de la demanda de reforma, el contexto coyuntural instaló los temas de seguridad ciudadana, listas de espera en establecimientos de salud, y crecimiento económico en lo alto de la tabla de prioridades.

Parafraseando al propio presidente: el pueblo se movió más rápido que su gobierno. Mientras que el país avanza, el gobierno se paraliza. Teniendo la alternativa de avanzar poco, pero algo, ha decidido constantemente detenerse hasta conseguir lo originalmente prometido, como ha ocurrido en el caso de la negociación del 6%. Así, cuando se necesita gestión y acuerdos, se termina hablando de política y problemas.

Lo que mejor revela lo absurdo de esta paradoja es el lamentable rol que ha jugado el gobierno en la conmemoración de los 50 años, que con una conducción errática, incoherente, y que ha respondido más a la interpretación programática del sector más extremo de su coalición que a las fuerzas moderadas que privilegian la reconciliación política, ha reducido el hito a una convocatoria partidaria.

Es obvio que los 50 años son un marcador importante para la izquierda, pero de ahí a permitir que se transformara en una bandera de unos pocos hay una gran distancia. Con la salida de Patricio Fernández de la coordinación, a petición del Partido Comunista, ya no hay indicios de que la posición oficial de la conmemoración es imparcial. Así, el evento se ha vuelto un proceso hecho por y para la izquierda.

Por lo demás, es una decisión torpe. Principalmente porque la conmemoración es probablemente la última de las prioridades de las personas. La encuesta Cadem más reciente sugiere que solo el 1% de la población lo considera una prioridad. No solo empata con la opción No Sabe/No Responde, pero está dentro del margen de error, lo que indica que es hasta posible que nadie en el país encuentre que sea un asunto prioritario.

Así, se asoma el contraste entre un gobierno que se ocupa primordialmente de lo político por un lado y la de un país que pide priorizar lo cotidiano por el otro. Si antes tenía poco sentido entregarle tanta importancia a la conmemoración, por todos los problemas por los cuales atraviesa el país, en medio del desastre natural de las inundaciones se ve incluso aún más errado, en tanto deja a los políticos del gobierno como antagónicos ante las urgencias de las personas.

Pero no es la única torpeza que rodea la conmemoración. Pues, si bien es evidente que haber puesto tanto en juego para un evento que no es prioritario para las personas fue una mala decisión, el error es más evidente cuando se observa que las consecuencias del pecado original se extenderán significativamente más allá del día en cuestión. Si el día de la conmemoración es importante, el día después de la conmemoración es tanto o más importante.

El día después de la conmemoración quedará a la vista de todo el país el estado de la nación. No habrá más posibilidad de desviar la atención a la conmemoración y se tendrá que hablar de lo actual. Y si bien siempre existe la posibilidad de desviar la atención al proceso constituyente conducido por el partido Republicano, es probable que los temas más urgentes, aquellos que indican las personas, vuelvan a ocupar un lugar importante de la agenda.

Desde el oficialismo se dice que se busca avanzar y que se priorizarán acuerdos. Pero en sus acciones se mueve a la izquierda y se desvía del punto medio. La conmemoración es un ejemplo de aquello, pero no es el único. Tomado en conjunto con todo lo demás, es evidente que el atrincheramiento no es un hecho aislado, es parte de un patrón. Y, por lo demás, es un patrón que le dará muchos problemas al presidente hacia adelante.

En los hechos, no hay una voluntad de acuerdo. Se habla de acuerdo en lo tributario, pero no se incluye a todos los partidos, se habla de un acuerdo en lo previsional, pero no se está dispuesto a negociar la distribución de los seis puntos, y se habla de un acuerdo en materia de salubridad pública, pero no se escatima en dejar morir a las Isapres. Todo esto explica la desaprobación al presidente, y pone en duda de que pueda haber una recuperación en el corto plazo.

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