Trabajando para usted, señor Fisco. Por José María Diez

Socio Recabarren & Asociados

Abril es el mes más cruel, comienza el poema Tierra Baldía de T.S. Eliot, en el cual buscaba retratar la pérdida y desolación que dejó la Primera Guerra Mundial. Guardando las proporciones, creo que los contadores de todo el país estarán más que de acuerdo en que abril es un mes cruel, vertiginoso y terrible. Los contribuyentes también, pues abril, se caracteriza más allá de la explosión de la paleta de colores otoñales en nuestro follaje, es sin discusión el mes en que se trabaja para el Fisco.


Actualmente dentro de los deberes de información a ser cumplidos por los contribuyentes, existen 64 declaraciones juradas (“DJ” o “dejotas” como se dice en la jerga tributaria), las cuales deben ser presentadas entre el 1° de marzo y el 30 de junio de cada año. Eso, sumado a la Declaración Anual de Renta propiamente tal, a través del famoso F22. Al menos este año son “sólo” 64, ya que en años anteriores el número se había encumbrado sobre los 80, teniendo como peak el AT 2015 con 86 DJ.

Según datos del Banco Mundial, el tiempo promedio que toma la preparación y pago de impuestos en Chile es de 296 horas. Esto incluye el impuesto corporativo, IVA y el impuesto al trabajo. A nivel regional tenemos que en Argentina toma 312 horas, en Colombia 256 horas y Perú 260 horas. Paradigmático es el caso de Brasil que, debido a las complejidades de su sistema impositivo, el tiempo es de 1.501 horas. A nivel OCDE se observan variaciones, por ejemplo Alemania 218 horas, Francia 139, Irlanda 82, Italia 238, Australia 105, Nueva Zelanda 140 y Estados Unidos 175, siendo el promedio de la OCDE de 164 horas.

Bajo esta última comparación, es evidente que las 296 horas en Chile parecen excesivas, ya que casi duplica el promedio del sistema OCDE. Existen diversas respuestas que pudieran explicar la razón. Por un lado, en los últimos 8 años hemos pasado por un vaivén de reformas que han modificado sustancialmente el sistema. Ello implica que, tanto la administración como los privados deben capacitarse y aprender el funcionamiento del mismo, con un esperable tiempo de prueba y error en su aplicación. Todo ello sumado a un programa de recopilación de datos a través de las DJ las que se van corrigiendo, eliminando o agregando de un año a otro, según la necesidad de la autoridad tributaria. Sin embargo, en el corto tiempo se vuelve a modificar el sistema, creando regímenes complejos y alternativos, los que luego quedan en desuso (como el antiguo régimen de renta atribuida). Imagínese que el fenecido proyecto de reforma tributaria quería incluir un sistema dual, un impuesto a los super ricos y un impuesto corporativo a las utilidades diferidas, con todas las complejidades que implica. Ello se traduciría automáticamente en el cumplimiento de más y más deberes de información. Es importante considerar que, según el mismo Banco Mundial una carga impositiva pesada sumada a la ineficiencia de la administración tributaria contribuye directamente en el aumento de la informalidad. En el caso de Chile a mi parecer, la complejidad del sistema tiene como consecuencia directa la ineficiencia de sus actores (tanto el SII como los contribuyentes), por lo que tenemos que hacernos cargo de dicha problemática.

Dentro del debate que actualmente se está dando en materia tributaria, es importante que los diálogos sean efectivamente eso, una conversación, en la cual se piense de manera concreta y con altura de miras nuestro sistema impositivo, de manera que sea, justo, equitativo y simple. De incurrir en soluciones parche, modificando y complejizando el sistema año a año, lo único que se conseguirá es crear una tierra baldía para que las raíces informalidad se hundan profundas en un invierno sin destino, erosionando aún más el suelo de nuestra economía, afectándose en consecuencia la justicia, la equidad, y sin lugar a dudas, la recaudación.

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