La política que estuvo a poco de ser derogada por la convención retomó los hilos del proceso constituyente en gloria y majestad tras la derrota de la propuesta convencional. La promesa implícita en esta saga era la construcción de un acuerdo amplio y suficiente; que dejara atrás las hojas en blanco y los histrionismos; que diera conducción política al proceso y que, en suma, restableciera el equilibrio en la fuerza. Pero nada de esto está pasando y tal parece que la República se encuentra a pasos de incubar su propia amenaza fantasma.
El ciclo político en curso tomó su forma actual tras la derrota del texto constituyente. Desde entonces, los ganadores formales (la oposición y las nuevas fuerzas nacidas al alero del rechazo en el plebiscito de salida) y los informales (el socialismo democrático), iniciaron un largo proceso de desmantelamiento de las lógicas construidas entre el estallido y la asunción de la convención.
La narrativa en sordina de esa escenificación no era otra que la de diseñar un acuerdo en que la música la pusieran los ganadores, pero procurando que los perdedores pudieran también asistir a la fiesta. En la última semana, sin embargo, ese animus varió significativamente y han vuelto a tomar preponderancia las propuestas “intransables” y la retórica más propia de la imposición, las “líneas rojas” y el ultimátum. Sí, esa misma que terminó hundiendo a la convención.
Al rastrear en la diversidad de momentos que ha vivido el proceso, el punto de quiebre no parece estar en ninguna de las propuestas o declaraciones de actores individuales. Una revisión retrospectiva más bien muestra, de manera bastante nítida, que el naufragio del acuerdo entendido como consenso comenzó con la filtración de una reunión y supuesto acuerdo entre el Presidente Boric y el timonel de la UDI, Javier Macaya.
El trascendido, inexplicable si los actores querían efectivamente contribuir a un cierre ordenado, despertó las pasiones de toda clase de actores menores, los mismos que parecían contenidos en la dinámica alcanzada a la fecha.
Menores también pasaron a ser las razones que emergieron desde entonces para sostener las posiciones ahora divergentes: “ellos son una coalición y nosotros tres”; “invitaron a la UDI y no a mi”; o simplemente “yo no gano nada con que esto resulte”.
Primero en la fila, como ya es usual, se puso Diego Schalper y su ya patentada fórmula de proponer siempre algo en contrario… Da lo mismo en contra de qué. Le siguieron algunos negociadores del oficialismo y se plegaron con entusiasmo también los partidos en formación.
Como era presumible, el otro que sacó la voz fue el alcalde Jadue, apostando también al fracaso de largo plazo del consenso y poniendo sus fichas amontonadas para cuando esto ocurra.
Y es que la filtración en comento mostró las cartas de los actores principales, eso que ellos presumiblemente querían que fuera el punto de llegada al que cada uno llevaría progresivamente a los suyos en los días siguientes. Pero Boric y Macaya despertaron en la casa de vidrio, con sus cartas exhibidas y difundidas con lujo de detalle y desde entonces los bonos del acuerdo vienen en picada y se ha vuelto nuevamente rentable apostar por el fracaso. Quién desclasificó los planes de Boric y Macaya debe estar, desde temprano, en la misma casa de apuestas.
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