Esta semana Gabriel Boric subió 2% en su índice de aprobación presidencial, según Cadem. Y si se considera las últimas siete encuestas de la serie el aumento es de 12 puntos. Así, pareciera que el Presidente está volviendo lentamente a un nivel funcional de aprobación.
La pregunta relevante, entonces, es ¿por qué va al alza y de qué le sirve a esta altura?
Para empezar, es importante establecer que nada ha cambiado por parte del gobierno. No ha habido grandes logros en el último tiempo. Al menos desde la aprobación de las “40 horas” y el “Copago cero” no se ha hecho un anuncio por parte del gobierno. Ciertamente nada de lo que estaba escrito con mayúscula en el programa ha pasado por el Congreso. Por lo tanto, es evidente que el alza no tiene que ver con lo que ha hecho el gobierno en materia legislativa.
Lo anterior no significa que nada ha cambiado, solo significa que nada grande ha cambiado. Así, la explicación se debe encontrar en algún aspecto más granular de la gestión del Presidente. Y, en efecto, aquello parece ser una lectura consistente con la transformación por la que ha pasado Boric en el último tiempo, tomando cada vez más distancia de los sectores más extremos de la izquierda y moviéndose de a poco hacia el centro moderado.
Y no es tanto que Boric se haya convertido en un mandatario moderado de la noche a la mañana, como que parece haber abandonado el extremismo que lo caracterizó como diputado.
Tampoco es que haya actuado agresivamente en contra de lo que fue, sino que de a poco ha ido dejando morir lo que no le ha servido para gobernar.
Lo anterior es evidente si se observa su cambio de postura frente a las AFPs y las Isapres. Como diputado juró desmantelarlas y reemplazarlas por órganos gubernamentales. Como Presidente, les prolongó la vida con una ley corta a cada una.
Es claro que la transición de diputado a Presidente le ha servido para mejorar su posición ante las personas. Y si bien ha sido lento, y probablemente tarde, al menos ha sido. En algún minuto se pensó que nunca daría el salto. Ahora, las críticas son por inconsecuente y no por obtuso.
Por lo demás, el impacto de la moderación en la aprobación no tiene que ver con lo simbólico del asunto. Tiene que ver con el efecto que provoca hacer pequeños grandes cambios, graduales e invisibles a los ojos de quienes evalúan a los gobiernos por sus legados.
Es probable que la moderación relativa de Boric le haya permitido descomprimir tensiones en lo macro de modo de permitir avances en lo micro. Y eso, los logros granulares, que una vez se despreciaron por parte de su coalición, son lo que le están dando al Presidente un segundo aire.
Otro factor que podría estar explicando el alza de Boric, es la sombra que ha caído sobre el PC, que de a poco se ha ido hundiendo en la desgracia. Del palco de Vallejo se ha pasado a hablar de la celda de Jadue. Esto le ha permitido presentarse a Boric en otra luz, con ropa de socialdemócrata. Al lado de un partido que es incapaz de condenar dictaduras, que tiene un candidato presidencial procesado por fraude, y que mantiene una posición política altamente ideologizada en tiempos donde se necesita pragmatismo, no es difícil verse bien.
Ayuda, además, pensar que, si Boric no hubiese ganado la primaria, el representante máximo del oficialismo sería un tipo que hoy está preso.
Por lo demás, hay un tema de expectativas. El estridente fracaso del gobierno en sus primeros dos años en La Moneda ha bajado la vara. Las promesas de grandes transformaciones se esfumaron. Y con eso, la izquierda se ha ido acostumbrando a la idea de que nada grande se hará y el centro se ha ido convenciendo de que a veces menos es más.
Lo que hoy se espera de Boric es poco, y por eso, cuando hace poco, se le evalúa bien.
Y si esa no es la explicación, es simplemente el viento de cola que sopla al final del período presidencial. Salvo Aylwin y Frei, todos los demás presidentes han mejorado significativamente hacia el final de sus períodos. Es la inevitabilidad del paso del tiempo, el anuncio de un nuevo ciclo electoral, y el traslado de las esperanzas de lo que muere a lo que está por nacer.
Ahora, y pasando a la segunda pregunta, ¿qué puede hacer Boric con esto?
Pues bien, es simple. Si se trata de volver al punto de partida, a su programa de gobierno, entonces nada. No podrá hacer nada. Si trata de pasar la reforma previsional o tributaria como lo planteó en un comienzo, dilapidará su credibilidad sin obtener resultados. Si, en cambio, sigue por el rumbo actual, sofocando de a poco la voz de los sectores más estridentes y extremos de su coalición, pasará por caja. Quizás no es lo que quería en un comienzo, pero es mejor que nada, y ciertamente lo agradecerá más adelante.
Entre los dos caminos, hay algo que sugiere que el Presidente podría optar por esta segunda ruta. Al menos es lo que se puede inferir a partir de su posición sobre la inminente alza en el precio de la electricidad. En vez de caer ante el canto de las sirenas, Boric ha sido templado, prefiriendo la responsabilidad fiscal ante el populismo económico. Y si bien es una decisión que en el corto plazo le podría afectar, será un costo que al fin y al cabo se diluirá entre el Presidente y el candidato presidencial que buscará sucederlo. En cualquier caso, en retrospectiva, será vista como la decisión correcta.
Por lo anterior, es evidente que la normalización con tendencia al alza de la aprobación de Boric podría tener un impacto neutro a levemente positivo sobre su capacidad de gobernar ahora, pero a la larga le será más útil, suponiendo que piensa volver al poder. Michelle Bachelet dejó el poder en 2010 con una aprobación sobre al 80%, lo que le permitió mantenerse incombustible por los cuatro años que estuvo fuera.
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