Su discurso funciona porque conecta con la sensación de abandono y vulnerabilidad de millones de chilenos. Pero, al reducir fenómenos muy complejos a simples errores del gobierno, instala la peligrosa ilusión de que, en 4 años de mandato, es posible derrotar al crimen organizado, sellar las fronteras y restaurar el orden perdido.
Mensaje a un país cansado. En cada ciclo electoral reaparece una tentación tan vieja como la política misma: prometer soluciones simples a problemas complejos. José Antonio Kast ha convertido esa lógica en la columna vertebral de su campaña.
- Su diagnóstico es directo, emocionalmente eficaz y políticamente rentable: la crisis migratoria, la delincuencia desbordada y la expansión del crimen organizado no se explican por factores estructurales ni por las limitaciones del Estado, sino exclusivamente por la incompetencia del gobierno de Gabriel Boric.
- Si el Ejecutivo hubiese tenido voluntad de actuar todo se habría resuelto.
- El mensaje es claro: no faltan leyes, ni capacidad, ni recursos sino decisión. La promesa implícita es que, con un cambio de gobierno, llega la paz, el orden y la concordia. Por eso en los debates, Kast ni siquiera intenta explicar con detalle cómo logrará sus objetivos.
- Responde con frases crípticas, monosílabos o alusiones genéricas al “carácter” y al “liderazgo”.
- Hay que reconocer que su mensaje es políticamente potente, sobre todo en un país cansado, frustrado y con un ánimo crecientemente punitivo. Pero también es riesgoso, porque instala la semilla de la frustración futura al crear expectativas imposibles de cumplir.
- La historia política reciente, dentro y fuera de Chile, muestra que la brecha entre promesas desbordadas y resultados más modestos desgasta y erosiona rápidamente la legitimidad del liderazgo, debilita el proyecto político y alimenta el cinismo ciudadano. Sobre todo, en este caso, con una oposición herida, al acecho, esperando el menor traspiés.
Diagnóstico reduccionista. La realidad, por incómoda que sea, es bastante más compleja. Durante los últimos tres años el Congreso ha aprobado, con el apoyo decisivo de sectores de la derecha, una batería significativa de leyes en materia de seguridad, persecución penal y control fronterizo.
- Se han endurecido penas, ampliado facultades policiales, creado nuevas figuras delictivas, restringido beneficios, facilitado expulsiones administrativas, modernizado herramientas investigativas y dotado de mayores recursos a policías y fiscalías. Y, aun así, no ha sido suficiente.
- No porque las leyes sean inútiles, sino porque los problemas que se intentan enfrentar están anclados en dinámicas regionales y redes transnacionales.
- Esto no absuelve al gobierno. El Ejecutivo ha sido titubeante, especialmente al intentar conciliar visiones muy distintas sobre la inmigración, y el orden público entre las fuerzas que lo apoyaron, sobre todo del partido comunista y el frente amplio.
- Pero una cosa es evaluar críticamente su desempeño y otra muy distinta sostener que todo el problema migratorio y delictual se explica por la falta de compromiso y la inepcia del gobierno.
- Esa simplificación es la base del relato de Kast y es justamente su mayor debilidad, su talón de Aquiles, porque se trata de un diagnóstico reduccionista, que ignora la compleja realidad y crea falsas expectativas en la población.
- Su discurso funciona porque conecta con un sentimiento innegable: la sensación de abandono y vulnerabilidad que viven millones de chilenos. Pero al reducir fenómenos extremadamente complejos a simples errores del gobierno de turno, instala la peligrosa ilusión de que, bajo su mandato, será posible derrotar al crimen organizado, sellar las fronteras y restaurar el orden perdido.
Efecto bumerán. Cuando se le pregunta Kast por sus referentes, menciona en primer lugar a Nayib Bukele, quien, según él, “arrasaría” si estuviera en la papeleta chilena. La comparación es impropia: El Salvador no es una democracia, no hay contrapesos, no hay estado de derecho y el presidente puede hacer prácticamente lo que quiera.
- La eficacia represiva allí se explica justamente por la ausencia de los límites que un estado de derecho impone. Presentar ese modelo como replicable en Chile es demagogia.
- Su estrategia se parece, en más de un aspecto, a la de Donald Trump, una figura con la cual se identifica. Trump también atribuyó todos los males de la sociedad norteamericana a la incompetencia de sus adversarios y prometió un cambio radical que resolvería, en pocos meses, la inflación, la delincuencia y la precariedad económica.
- Hoy, a casi un año de asumir, enfrenta una caída pronunciada en su popularidad y registra la peor evaluación de cualquier presidente contemporáneo. Está siendo devorado por su propio exceso de expectativas: prometió prosperidad inmediata y lo que ven las familias son precios altos, deudas crecientes y un mercado laboral estancado.
- La realidad resultó infinitamente más compleja que el relato.
- Ese es el bumerán de la simplificación, de prometer lo que no se puede cumplir, de hacer creer a la población de que bajo ese nuevo liderazgo todo “va a estar bien” como dice el candidato.
- Al final, la verdadera prueba para cualquier liderazgo no está en su capacidad de agitar banderas en campaña, sino en su disposición a enfrentar la complejidad sin maquillarla. Si Kast llega a La Moneda, no contará con el beneficio de la duda ni con una opinión pública dispuesta a esperar, precisamente porque el candidato la convenció de que todo era cuestión de voluntad.
- La ciudadanía está cansada, y quiere un cambio de rumbo. Pero también ha demostrado, una y otra vez, que castiga con dureza a los gobiernos que prometen demasiado y entregan poco. Kast no tendrá luna de miel, sino un reloj corriendo en contra desde el primer día.
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