Perfil: Las dos caras de Maisa Rojas. Por Rafael Gumucio

Escritor y columnista

La política requiere algo que la ciencia no pide, aunque la muy buena ciencia no carece de ella, que es el sentido del humor. Es, para ser exacto, algo que presentí podía brillar en los ojos de Maisa Rojas con la mascarilla puesta, pero que le faltaba fatalmente a su rostro entero cuando se quitó la mascarilla. Quizas la existencia de esa contradicción que creí ver en su rostro es la que explica sus complicaciones en cuanto ministra demasiado capacitada para su cartera. Dialogante y taxativa, dispuesta a sentarse con sus contrarios y luego negarles la sal y el agua.


Estas semanas han probado que hay algo peor que no ir donde lo invitan: Ir donde lo invitan sin saber quién te invita y por qué te invitan a ti. Es, por lo menos, la explicación más o menos inverosímil que ha dado la ministra del Medio Ambiente Maisa Rojas acerca de su presencia en las concurridas catas de vino de Pablo Zalaquett.

Lo que llama la atención no es solo lo poco explicable de la explicación, sino el tono firme y convencido con que la dice como si fuera lo más natural del mundo. La misma seguridad con que dice hoy que Chile no necesita grandes proyectos mineros cuando el presidente acaba de inaugurar uno. Certezas firmes, innegociables convicciones que contradicen justamente la voluntad de hacer política, de negociar, de conversar con distintas instancias que demuestran justamente su presencia en esa comida que ha resultado, al cabo, indigesta.

La he visto una sola vez en mi vida, pero creo que esa vez pude percibir la dualidad que la ha llevado a ser cuestionada por el Parlamento y, dicen los rumores de pasillo, por el presidente también. Era al final de la pandemia y usaba mascarilla. Sus ojos luminosos, abiertos decían otra cosa que el resto de su rostro cuando se retiró la mascarilla.

Divertida, felinos sus ojos y su frente, seria, puntual su rostro entero, un poco exasperada con la serie de problemas practicos que involucraba pasear con su hijo menor de edad entre todos los egos del encuentro intelectual en que estábamos. Al hijo, recuerdo, que lo llamaba por el apellido. No sé si le conté que su madre habia sido profesora y amiga de mi madre.

A mí la gente que sabe de qué habla, me intimida y Maisa Rojas no solo es de esa gente que sabe de lo que habla, sino que parece no gustarle hablar de lo que no sabe, es decir la vida, la muerte, el frio o el clima. Mal ejemplo, porque es justamente de lo que más sabe es del clima y sus fantasiosas variaciones de los últimos años.

Es especialista también en resiliencia y debió haber usado mucho de ella en el exilio a los dos años y la vuelta a Chile a terminar el colegio y subir escalones en el mundo nada gentil de las ciencias en la Universidad de Chile. Luego Oxford y los papers y los congresos, la COP 25 y 26, todos los encuentros internacionales donde ha sido, por años, la voz autorizada de la ciencia chilena.

Maisa Rojas es así de lo poco que sobrevive de la primera ilusión del presidente estudiante, que no era otra que llenar su gabinete de profesores universitarios. Algo así como la cartelera ideal de congreso del futuro o Puerto Ideas, se le ocurrió que, en cada ministerio, debían estar los que mejor habían estudiado la materia en cuestión.

Pero como probó de manera patente el caso de Cristina Dorador, las eminencias en su materia no son, y no tienen por qué ser, especialistas en sentido común o negociación política ni estar especialmente preparadas en el arte de escuchar a gente que manejan menos datos que ellos, pero que sabe otras cosas también necesarias, también intangibles, también urgentes.

Esto sucede aún más cuando la ciencia es parte de una teología, de una visión del mundo y del hombre que no admite dudas o tropiezos, porque en ella está claro dónde está el bien (la naturaleza y su protección) y donde está el mal (la industria y el hombre y su potencia destructora).

Por cierto, ni Maisa Rojas ni Cristina Dorador tienen una visión tan reduccionista de fenómenos tan complejos como la interacción entre los humanos y su medio ambiente. El medio ambiente que es, después de todo, un concepto plenamente humano. Pero lo cierto es que su versión de la ciencia no se limita al puro análisis objetivo de fenómenos, sino también a la idea de que se pueden y se deben cambiar algunas cifras de la ecuación para hacerla más armoniosa, más vivible. Para no terminar en el Apocalipsis que está en el centro de su imaginario, finalmente profundamente cristiano.

En ese sentido su saber es poder, poder hacer cosas, poder transformar cosas que se encuentran con intereses contrapuestos, otras urgencias que también tienen sus estudios, sus papers y hasta sus científicos. ¿Cómo se debate, se discute, se decide entre esos dos mundos contrarios que creen los dos ser dueños del bien y el mal? Los humanos hemos inventado la política que es lo contrario de la ciencia porque en ella 2+2 pueden ser 4 pero también pueden ser lo contrario de 4. Y porque en ella ir a una comida puede ser una virtud si uno lo anuncia a tiempo, y un pecado si no se sabe porqué y con quién se asiste a ella.

La política requiere algo que la ciencia no pide, aunque la muy buena ciencia no carece de ella, que es el sentido del humor. Es, para ser exacto, algo que presentí podía brillar en los ojos de Maisa Rojas con la mascarilla puesta, pero que le faltaba fatalmente a su rostro entero cuando se quitó la mascarilla.

Quizas la existencia de esa contradicción que creí ver en su rostro es la que explica sus complicaciones en cuanto ministra demasiado capacitada para su cartera. Dialogante y taxativa, dispuesta a sentarse con sus contrarios y luego negarles la sal y el agua. Todas cosas que se pueden, y quizás se deben hacer, pero que al añadir las ideas de juego, de baile, de máscara sin la realidad urgente y temible en que vivimos, se hacen inaguantables. Algo más que la sonrisa forzada de las circunstancias, algo menos que la amenaza de los decretos sin fin, algo de un ritmo perdido que Chile necesita con urgencia.

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