Nuestro espejo argentino. Por David Gallagher

Ex-Ante

Muchos de los temas son parecidos a los nuestros en la política argentina. Como en Chile, la política allá es agria, cuando no tóxica, y muy polarizada. Hay mucha inseguridad, con crimen organizado ligado al narcotráfico que se despliega a gran escala. La política está cada vez más judicializada. Sectores del peronismo de izquierda se parecen mucho a Apruebo Dignidad. En la derecha hay un candidato, Javier Milei que, como José Antonio Kast, le quitará votos valiosos, tal vez decisivos, a la derecha más tradicional.


Viva la diferencia, dicen los londinenses cuando van a París. Lo mismo pensamos nosotros en Buenos Aires. Es relajante estar inmersos por unos días en otros problemas, otra política. Relajante ver vegetación distinta: sobre todo los gloriosos palos borrachos, si bien en esta época van perdiendo su color y sus hojas ante la arremetida del otoño. No solo ellos, claro: un amigo panameño que vive en Buenos Aires nos dice que la ciudad entera es una gran dama venida a menos.

Cuanto estábamos allí murió María Kodama, la viuda de Borges. Se había casado con él en 1986, dos meses antes de su muerte en Ginebra. Borges está enterrado allí, y ella en Pilar. A ninguno de los dos les tocó la Recoleta que Borges en un poema llamó “el lugar de mi ceniza”.

En 1971, le dimos a Borges un doctorado honoris causa en la Universidad de Oxford, cuando yo enseñaba allí. Estuvo con nosotros una inolvidable semana. María Kodama parece que estaba enojada. Nunca salió de su pieza en el hotel Randolph, por lo que no la conocimos.

Borges y ella compartían una pasión por lenguas desaparecidas, sobre todo el nórdico y el inglés antiguo. En la tumba de Borges en Ginebra hay una lápida que reza “and ne forthedon na”. “Y no tengan miedo”, significa, y es parte de una arenga en inglés antiguo que pronuncia el líder de los sajones antes de la batalla de Maldon en 991. El sedentario Borges admiraba a los guerreros y el epitafio tal vez represente la importancia que tenía para él morir sin temor.

Cabe decir que algunos amigos entrañables de Borges no querían a María Kodama. Según Adolfo Bioy Casares, el más cercano de todos, Borges “vivía temiendo enojarla”. Dice Bioy que había demasiadas cosas que ella no compartía con un Borges que decía “uno no puede casarse con alguien que no sabe lo que es un poncho o lo que es el dulce de leche”, refiriéndose a que Kodama era japonesa. Con todo parece que Borges sí la quería y cabe agradecerle a ella por haber luchado por su legado desde su muerte en 1986.

Borges era escéptico y supersticioso: escéptico porque nada es enteramente conocible, supersticioso porque por eso mismo nada es enteramente descartable. Bioy cuenta que antes de morir Borges, el agnóstico, recitó el Padre Nuestro. Como si Dios tuviera limitaciones lingüísticas y Borges necesitara diversificar la apuesta, “lo dijo en anglosajón, en inglés antiguo, en inglés, en francés y en español”.

En cuanto a la política argentina, muchos de los temas son parecidos a los nuestros. Como en Chile, la política allá es agria, cuando no tóxica, y muy polarizada. Hay mucha inseguridad, con crimen organizado ligado al narcotráfico que se despliega a gran escala, ocupando el puerto de Rosario como equivalente a nuestro San Antonio.

La política está cada vez más judicializada. Sectores del peronismo de izquierda se parecen mucho a Apruebo Dignidad. Seguidores de Carl Schmitt y Ernesto Laclau, conciben la política como una guerra contra un enemigo, y están inmersos en políticas identitarias de raza o género. En la derecha hay un candidato, Javier Milei que, como José Antonio Kast, le quitará votos valiosos, tal vez decisivos, a la derecha más tradicional.

Desde luego hay también enormes diferencias y cuando uno en Argentina cree verse en un espejo, es uno que magnifica las facciones más feas que uno tiene, si bien en esa magnificación hay una lección y una advertencia, ya que lo feo propende a empeorar en vez de desaparecer.

Por supuesto, en Chile no tenemos casi un 50% de pobres o un más de 100% de inflación. Pero tenemos una inflación alta y cada vez más pobres sufriéndola. Tampoco tenemos el “capitalismo de amigos” de la “Argentina corporativa”. Por tanto, no sufrimos la corrosiva corrupción que acarrea. Pero sí tenemos un Apruebo Dignidad que a menudo ha expresado su admiración por las políticas que condujeron a la actual situación de Argentina, políticas que se han ido entronizando allí desde 1945. La política industrial, por ejemplo, y la idea relacionada de que urge que haya un estado empresario y emprendedor.

Argentina tiene elecciones este año. Observarlas nos permite reflexionar en las que nos tocará después a nosotros. Mientras estábamos allí hubo un desarrollo interesante. El domingo 26 de marzo apareció en el Twitter de Macri un video en que anunció que no será candidato presidencial.

Dijo que le costaba mucho la decisión. Que había librado una dura batalla contra su ego y estaba feliz, porque la había ganado. Que su renuncia era por el bien de Argentina, que tiene que librarse de su dependencia de caudillos y optar más bien por buenos equipos. Así se ganó el mundial, dijo Macri, con un Messi que es un “embajador de la humildad” y que en vez de querer lucirse él, privilegia la unidad de su equipo.

La bajada de Macri, generosa y visionaria, permite que haya competencia entre los candidatos de centroderecha que quedan, y pone en aprietos al peronismo por dos razones.

Primero, porque la gente ahora se pregunta cuándo se van a bajar Cristina y Alberto, y eso los va a molestar mucho. Ella dijo que se había bajado, pero nadie le cree. Él está cada vez más desprestigiado, pero no se baja. Segundo porque el peronismo ya no tiene a quien odiar. Como a todo autoritarismo, al peronismo le conviene contar con un enemigo individual, un solo rostro odioso, como Emmanuel Goldstein, el enemigo del pueblo en el 1984 de Orwell. Macri era el Goldstein perfecto, porque es muy capaz y muy rico, y no hay nada que aglutine más que la envidia y el resentimiento, sobre todo entre esa “pobreza organizada” que sustenta al peronismo.

Con la bajada de Macri, el enemigo se dispersa. No es tan fácil saber a quién disparar.

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