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Manouchehri-Cicardini: Tweedledee y Tweedledum. Por Álvaro Vergara

Abogado y académico

En la adaptación de Alicia y el país de las maravillas de Tim Burton, Tweedledum y Tweedledee hablan de forma divertida; se interpelan, completan las oraciones del otro y juegan con las palabras. En la obra original, en cambio, son recitadores de poemas y ermitaños de un bosque. Manouchehri y Cicardini se asemejan a la versión desmejorada de esos personajes; a la del cine de consumo.


Dobles de Tweedledum y Tweedledee, Bouvard y Pécuchet, Melón y Melame, o el Indio y el Flaco aparecen, de vez en cuando, en nuestro entorno. Distintas personas nos los recuerdan en el trabajo, en las familias o en los espacios deportivos.

Las parejas mencionadas funcionan como una unidad: ambos son uno, y uno no se entiende sin el otro. Separados, perderían toda su gracia (imagínense lo deslucida que debe ser una rutina del Indio en solitario). Una simbología compartida y un estilo inconfundible les otorgaron identidad y conocimiento. En política, nuestro Congreso de la República, tensionado por figuras que parecen más preocupadas de conseguir likes que de impulsar leyes, ha visto surgir una nueva pareja dinámica que se suma a las anteriores: Daniel Manouchehri y Daniela Cicardini.

Hace poco, ambos fueron retratados en su dimensión de pareja amorosa. Y es cierto: en ellos, el amor y las ganas de adquirir poder se unen en una especie de ser bífido. Sin embargo, esa no es la razón de su notoriedad. Aparecen en las portadas por las actuaciones que han cultivado, desde espacios institucionales y extrainstitucionales, para disputar el control de una debilitada izquierda tradicional.

Ambos asestan pequeños golpes desde dentro a las viejas maneras de hacer política: son una inyección de beligerancia, cuñas, distorsiones, uso polémico de redes sociales y búsqueda de atención. Esa dinámica los ha llevado a presentarse como unos supuestos jóvenes rebeldes dentro de las filas del Partido Socialista.

El diputado y la senadora poco y nada se parecen a los históricos PS, como Ricardo Lagos, José Miguel Insulza, Ricardo Núñez o Carlos Lorca. La pregunta, entonces, es: ¿qué hacen ahí?

Porque si hay algo claro es que Cicardini y Manouchehri difícilmente encajan en la centroizquierda clásica, y menos mientras la derecha se encuentre en el poder. En la práctica, representan un progresismo frenteamplista recubierto de la dignidad histórica del Partido Socialista.

Y luego, coordinados desde el hogar, cada uno replica las prácticas del otro en su respectivo espacio: Cicardini en el Senado; Manouchehri en la Cámara. Allí yace su habilidad: dependiendo del escenario o el clima político, se presentarán más o menos socialistas, o bien como miembros de la nueva izquierda.

Sin embargo, Manouchehri y Cicardini enfrentarán en algún momento las consecuencias de sus actos. La tecla insistente de la polémica en el Congreso puede acabar por hastiar al elector promedio. Cualquier frase grandilocuente esbozada a diario termina por perder su carácter de gravedad y por aburrir al ciudadano común. En ese momento, solo podrán (como lo han hecho hasta ahora) radicalizar sus actuaciones para enfocarse en el elector de nicho. Durante el gobierno de Boric, se comprobó que hay un grupo importante con estas características dentro del 30% que lo apoyó siempre.

En la adaptación de Alicia y el país de las maravillas de Tim Burton, Tweedledum y Tweedledee hablan de forma divertida; se interpelan, completan las oraciones del otro y juegan con las palabras. En la obra original, en cambio, son recitadores de poemas y ermitaños de un bosque. Manouchehri y Cicardini se asemejan a la versión desmejorada de esos personajes; a la del cine de consumo.

La pareja de honorables es hábil en invertir la construcción habitual del lenguaje oral chileno, que suele recurrir al diminutivo (pancito, tecito, paseíto), para reemplazarlo por la exageración. Por eso, los conceptos que intentan instalar en la discusión pública finalizan con el “azo”. “Turbazo”, “bencinazo”, “tablazo” han sido parte del repertorio. Y como explica Chateaubriand, el uso recurrente de la hipérbole es propio del hombre rústico.

Los dos representan un desafío concreto para el Partido Socialista y el Socialismo Democrático. Esa tensión se reflejó cuando Cicardini presionó al Senado y exigió que sus pares la apoyaran en una solicitud para exigir la renuncia de Quiroz. La respuesta de la presidenta del PS, Paulina Vodanovic, en plena sesión del Senado, fue notable: “quiero señalar que la opinión de la diputada Cicardini no es compartida por el resto de la bancada”. Manouchehri, en su defensa, llegó a decir que estaban todos mal: es nuestro Senado bicentenario el que debe adaptarse a su estilo.

A fin de cuentas, en el histórico Partido Socialista, que sufrió la represión, el exilio, y logró recomponerse con sangre hasta convertirse en el tronco de la Concertación, aún persisten la seriedad y el republicanismo. Será tarea de sus liderazgos mantener a raya a quienes intentan erosionar lo que queda. Si el PS clásico llega a caer, probablemente nos enfrentaremos a una izquierda casi absorbida por el Frente Amplio.

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