El pasado viernes 14 de julio, Francia ganó titulares en todo el mundo, y no por la tradicional pirotecnia patriótica de la Torre Eiffel sino por el inusual abucheo, durante la parada militar, al Presidente de la República, de parte de una multitud que incluso pedía su renuncia en vivo y en directo. Un hecho inaudito en el día de la unidad nacional, ocasión de gracia solemne para sus Jefes de Estado. Hasta ahora.
Lo que Francia atraviesa no es una simple crisis política. Hace años que este país vive un proceso de degradación de la política, con una creciente cólera social. Esta ya era visible en 2017 (al inicio del mandato de Macron), en amplias manifestaciones sindicales contra la reforma laboral. Continuó en 2018, cuando los chalecos amarillos cargaron contra la injusticia económica, en violentísimas protestas que sólo detuvo la pandemia.
Y ha retornado con furia desde comienzos de este año, en el sostenido movimiento popular contra la reforma que elevó la edad de jubilación (aprobada mediante excepcional prerrogativa presidencial); agregándose en el último mes, a partir de la muerte a manos de la policía de un adolescente de origen migrante, la rabia contra el racismo y la falta de inclusión. Entre los hilos comunes de la ira, se percibe alta sensibilidad a muchas desigualdades que el Estado de bienestar no alcanza a compensar.
El saldo acumulado de la violencia (civiles y policías muertos y heridos y daño a infraestructura pública y privada incluyendo comercios, mobiliario urbano, municipalidades, colegios, bibliotecas, y transporte público incendiado/saqueado) hace que algunos teman que la ola de violencia, si no se aborda de manera definitiva, haga al país inmanejable. Cada explosión genera una respuesta policial que, aunque necesaria, profundiza divisiones que parecen dar mayor espacio a los extremos, afectando la confianza en la democracia. Vale la pena mirar atentamente, entonces, cómo el gobierno francés intenta hacer frente a una tensión social de esta magnitud.
Lo primero a destacar es que el Presidente Emmanuel Macron (ex militante PS, hoy en partido instrumental propio) trazó una línea básica: la primera respuesta es el orden, por vía de presencia policial masiva y medidas afines; la reflexión colectiva sobre las razones que condujeron a la crisis se abrirá una vez que se restablezca el orden.
En este mismo sentido, la Primera Ministra (Élisabeth Borne, simpatizante PS de larga data, hoy en partido instrumental presidencial) subrayó ante el Legislativo que “la justicia jamás viene de la violencia”, y fustigó a la extrema Izquierda por “salirse de la República”, al justificar la delincuencia, culpar a las instituciones -y no a los perpetradores- de los desmanes, y no sumarse a los llamados a la calma.
Esta estrategia inicial parece estar dando algún resultado al menos para Macron, que ha alcanzado su nivel más alto de aprobación desde marzo (33%). Existe también, según sondeos, un apoyo público importante a la policía (71%), aunque el apoyo es menor entre los jóvenes y la izquierda.
Ya restablecido el orden público, el gobierno sabe que debe tomar decisiones profundas: pero no está buscando una solución acelerada. La pausa veraniega ad portas -sólidamente respetada en Francia- ayudará al gobierno en el diseño de una estrategia multidimensional, de mediano y largo plazo, para lidiar con el descontento.
Al regreso de las vacaciones o incluso durante ellas, es probable que Macron multiplique las apariciones en terreno, como hizo antes para aplacar el descontento de los chalecos amarillos. Excepto que ahora, cinco años más tarde, la rabia no es sólo contra el sistema, sino contra él directamente: un importante sector de la población lo detesta visceralmente y lo considera un cuasi monarca egocéntrico, lejano de la realidad (por algo su apodo es “Júpiter”).
Macron aún no ha dado pistas de su plan maestro, pero sí ha expresado que existe un problema de autoridad en la sociedad, que comienza en la familia, y que las redes sociales amplifican. También ha señalado que el país necesita reconstruir una forma de actuar colectivo muy diferente, retornando a la humanidad al centro. Y ha dicho que “hay que tratar de entender y construir”, y que “está en nosotros encontrar la respuesta a lo que estamos viviendo”.
En lo concreto, todo plan que implique trabajo legislativo será complejo. Macron no tiene mayoría parlamentaria en este segundo mandato. Sin embargo, hasta ahora -hay que reconocerlo- ha logrado construir mayorías caso a caso, aprobando unas 25 leyes, algunas con el apoyo de la izquierda, y otras con apoyo de la derecha. ¿Logrará crear nuevas mayorías para proyectos más grandes? Esto se ve complejo: post aprobación forzada de la reforma previsional, las divisiones se han acentuado. Tanto la extrema derecha como la extrema izquierda ven oportunidad de ganar terreno.
No la tiene fácil Macron, el jefe de Estado más joven de su país desde Napoleón. Como éste último, es un superdotado que vive de prisa, suscitando tanto odio como admiración, y mucho más consciente de los talentos propios que de las fallas. Actor y dramaturgo de vocación, pianista premiado y luego filósofo, saltó a la banca, y desde allí a la política como asesor presidencial y Ministro de Economía.
Sin nunca haberse postulado a un cargo de elección popular (y con sólo dos años en el ministerio), inventó un partido instrumental que en un año lo llevó a la Presidencia de la República. Y lo de instrumental es literal: todo gira en torno a él. Siete años después, Macron no tiene claros sucesores, pero sí claros rivales (Le Pen, Melénchon), que galvanizan apoyo.
El chico listo llegó a la Presidencia dispuesto a cambiar Francia. Seis años después, quien tiene que cambiar es él, porque el desafío histórico de su país no es un presidente tratando de salvar su presidencia, o de forjar un delfín o delfina, sino uno muchísimo más complicado: que en esta sociedad altamente polarizada, se restablezca el respeto y el diálogo.
Habrá que observar de cerca si Júpiter logra bajar a la tierra, a instaurar la paz.
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