Publicado en enero por Ediciones El Mercurio, el libro “El pedestal vacío. Confesiones de un apóstata”, de Cristián Warnken, debería ser leído por todos los que se han preguntado de buena fe qué le pasó a Chile a partir del 18 de octubre de 2019 y, naturalmente, qué nos pasó a todos nosotros en un momento en el que no pocos experimentamos la pesada sensación de estar viviendo el prólogo de una nueva tragedia, semejante a la de 1973.
El libro nació, explica el autor, como un intento de responder a muchas preguntas que le han hecho en estos años acerca del estallido y el proceso constitucional de 2022. No teme declarar que considera que es un libro inmaduro, que habría necesitado tener más perspectiva de los hechos, “pero sentí la urgencia de soltarlo, pensando fundamentalmente en mis hijos y jóvenes a los cuales les ha sido contado un único relato de la historia de estas últimas décadas”.
El resultado es un texto personalísimo, en el que están entreverados los avatares del país y el camino hecho por el autor. Inspirado, sin duda, por las “confesiones” de ilustres autores de otro tiempo, que no retrocedieron ante el reto de admitir flaquezas y extravíos, Warnken da cuenta del proceso de reflexión que desató en él la experiencia de la revuelta, cuyas derivaciones lo llevan hoy a reconocerse como “un hereje de nuestra izquierda”.
Los acontecimientos de 2019 fueron, en rigor, el catalizador de un ejercicio de memoria del autor para reconstruir su propia circunstancia. Así, la llamada “zona cero”, la Plaza Italia, despierta sus recuerdos de adolescente, cuando visitaba a su abuela paterna, escritora, personaje literario ella misma, que vivía en los edificios Turri, exactamente frente al monumento del general Baquedano. Ella integró el Grupo Fuego de Poesía, fue autora de obras de teatro infantil y periodista de la revista En Viaje, y usaba incluso un seudónimo, Patricia Morgan (su verdadero nombre era Marta Herrera). Es ella quien conecta a Warnken con la poesía, el teatro, la música, y es a partir de la Plaza Italia, que él se encariña con el centro de Santiago. Varias décadas después, los estragos de la violencia en la plaza entrañable, entre ellos el pedestal vacío del general Baquedano, provocan un cortocircuito emocional e intelectual en el autor.
Warnken rechaza las interpretaciones biempensantes sobre La irracionalidad de 2019: “Muchos de lo que participaron en la primera línea han consumido droga antes o han bebido alcohol en abundancia. Y sienten, y lo declaran, que estas son “destrucciones necesarias”. “Sin huevos no hay tortillas”, será el mantra que circulará en esos días para justificar la destrucción del espacio público, los saqueos, los incendios. Guasones venidos de diversas procedencias convergieron en Plaza Baquedano juntando rabias, anhelos, malestares varios, en una suerte de catarsis colectiva. No fue un despertar, fue más bien una entrega a una fuerza entre carnavalesca e histérica, a veces psicótica que hizo a muchos subsumirse casi en trance en un mar de gente que no sabía a dónde iba ni a qué iba (salvo los militantes organizados)”.
Warnken tenía 12 años para el golpe de Estado, y creció con un nítido sentimiento de cercanía con los perseguidos por la dictadura, en buena medida por la influencia de su madre, identificada con la izquierda. Cuenta que escuchaba junto a ella el programa Escucha Chile en la radio Moscú. Como estudiante, se comprometió con la batalla por recuperar la democracia. Ya adulto, su filiación izquierdista era clara.
Es esa filiación la que hizo crisis por efecto del estallido. El 24 de octubre de 2019 publicó en El Mercurio una columna titulada “Decepciones”. Allí dijo: “Es muy doloroso darse cuenta de que varias jóvenes promesas de una nueva política que surgieron después del movimiento estudiantil de 2011, y a los cuales dediqué entusiastas columnas en este mismo medio, no estuvieron a la altura. Su relativización de la violencia delictual o terrorista que el pueblo ha vivido en carne propia en estas duras jornadas es inaceptable”.
Al día siguiente, recibió un mensaje del diputado Gabriel Boric, quien le preguntó si se había decepcionado de ellos. “Sí”, fue la respuesta del autor. “Entre las decepciones, le señalo su gesto destemplado de insultar a un soldado raso del Ejército a quien enviaron a proteger el orden público, en el centro de la ciudad, unos días antes”.
En febrero de 2020, fue incendiado el Museo Violeta Parra. Conmovido, Warnken llamó entonces a una artista muy cercana a la familia Parra.
“-¿Viste el horror?
-Fueron los pacos.
-No. Fueron los mismos que están destruyendo bibliotecas, monumentos, etc. Los mismos. Esto hay que denunciarlo con fuerza.
-Cómo se te ocurre. Violeta habría estado con los “primera línea”.
El experimento constitucional iniciado en julio de 2021 separó las aguas en la sociedad y, consiguientemente, dividió familias y quebró amistades. El proyecto refundacional de la Convención fue una prueba de fuego para mucha gente que, como Warnken, sentía desasosiego al coincidir con las fuerzas de derecha en la posición de rechazo. En ese cuadro, la constitución de Amarillos por Chile, con él a la cabeza, contribuyó a que mucha gente de izquierda y centroizquierda se sumara al movimiento por el Rechazo, que triunfó en septiembre de 2022.
El libro registra el alto costo personal que pagó el autor por haber tomado distancia de la izquierda. Numerosos actos de intimidación, mensajes agraviantes e insultos callejeros impusieron una dura prueba a su esposa e hijos. Warnken conoció en aquellos días el fanatismo con ropaje progresista, lo que lo hace afirmar que vio en acción a un “fascismo de izquierda”. Ello reforzó su voluntad de oponerse a todas las formas de intolerancia.
La obra ofrece páginas particularmente luminosas. Son, sobre todo, aquellas en las que Warnken describe sus tormentas de conciencia, la pugna entre las viejas creencias y el empeño por pensar sin ataduras, el eco de las preguntas que no lo dejan tranquilo acerca de las causas que vale la pena defender. Su viaje a la antigua RDA, la Alemania gobernada por los comunistas, representó una lección definitiva sobre lo que no quiere para Chile. Su experiencia en Cuba, donde pudo conversar en confianza con poetas cubanos que sobreviven como opositores, le ayudó a confirmar el daño causado por las falsas quimeras.
“El pedestal vacío” respira humanismo bien temperado. Ojalá sea leído por mucha gente.
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