La revolución de los tramposos. Por Sergio Muñoz Riveros

Ex-Ante

Los efectos políticos de la corrupción serán devastadores para el gobierno. Boric se esfuerza por hablar de otra cosa, pero no le resulta. Le prepararon un acto junto a Bachelet para que arengara a los asistentes sobre la reforma de pensiones, pero parecía que los organizadores querían darse ánimo a sí mismos. Algo parecido ocurrió con la manifestación escenificada en la plaza de la Constitución, en la que le pasaron un megáfono a Boric. Hay algo patético en todo esto.


A lo mejor, Giorgio Jackson consideró que “general que arranca sirve para otra batalla”. El problema es que, quizás, esa batalla no esté lejana ni sea auspiciosa para él. Son demasiadas las evidencias de que su partido, Revolución Democrática, fue la casa matriz del “modelo de negocios” que ha llevado al Ministerio Público a investigar, hasta el momento, 47 fundaciones en 11 regiones. Cuesta creer que él no haya conocido el diseño aplicado para defraudar al Estado, y por el cual varios de sus camaradas perdieron sus cargos públicos y se encuentran hoy bajo investigación. Al momento de renunciar, dijo que él no ha cometido delitos. Le faltó agregar “no pueden probarme nada”.

La investigación de las trapacerías del Caso Convenios conduce hacia una especie de telaraña, que no surgió azarosamente, sino que fue concebida por quienes sabían desde el principio cómo aprovechar las flaquezas del Estado. Lo que se aplicó aquí fue una metodología de malversación y fraude en gran escala. ¿Alguien quiere pedirle a los chilenos que acepten el cuento de que no hubo autores intelectuales de esta técnica de drenaje de los recursos públicos?

En estos años, hemos visto surgir una verdadera legión de “emprendedores” a costa del erario nacional, que aplicaron un libreto político/comercial para montar fundaciones “sin fines de lucro”. Aprovecharon las amplias ventajas creadas por la llegada de los amigos precisos a los cargos perfectos: seremi de Vivienda, por ejemplo, o de Cultura, o de lo que sea.

El triunfo de Boric, en diciembre de 2021, fue para algunos la señal de que se abrían grandes oportunidades para la desinhibición creativa. El objetivo fue establecer vías expeditas hacia “las cajas” del Estado. Lo hicieron con la rapidez y el desparpajo que hemos visto, convencidos de que pisaban terreno firme y de que operaban en favor de “la buena causa”.

Hay abundante material de estudio sobre las tendencias que se desarrollaron a partir de la influencia del discurso redentorista levantado por los dirigentes universitarios que se hicieron famosos en 2011 marchando contra el lucro, y que luego irrumpieron en la política con la disposición de limpiarla. Anticapitalistas de pecho inflado y adoradores del Estado, llegaron rápido al poder y empezaron a “habitar” los cargos con el estilo desenfadado que está a la vista.

¿Se trata de un nuevo tipo de revolucionarios, dispuestos a afrontar toda clase de riesgos por el ideal superior, incluso poniendo en juego el propio pellejo? ¿Son rupturistas auténticos, listos para lanzar a la basura sus tarjetas de crédito? Nada de eso. Nada de sacrificios. Estado de bienestar (personal). Un símil cercano sería La Cámpora, en Argentina, la agrupación de trepadores kirchneristas que ha mostrado maestría en la captura de las cajas institucionales, para “servir al pueblo”, por supuesto.

Se nota mucho que la elite del Frente Amplio les tomó el gusto a las regalías del poder. Dan a entender que quieren cambiarlo todo, pero se sienten cómodos en los cargos conseguidos. En 2019, pareció que optaban por la vía directa hacia el poder, pero se cuidaron de no ensuciarse las manos con bencina. Sacaron provecho de la violencia, consiguieron meter al país en la aventura constituyente y, casi lograron imponer una nueva Constitución que le llenaba el gusto a Boric. Son populistas aventajados, campeones de la fraseología del cambio, pero hábiles para acomodarse aquí y allá. Buenos para la plata.

Numerosos miembros de la alianza que controló la Convención respondían a las características del “pícaro”, el personaje que se hizo popular en la literatura española del siglo XVI. Simuladores avezados, con enorme capacidad para aprovechar las debilidades de la gente común. Rojas Vade fue el caso más vistoso de pícaro descarado, capaz de cultivar la imagen de víctima. Pero, hubo otras picardías, ideológicas podría decirse, altamente productivas. Por ejemplo, el indigenismo permitió que algunos vivos se presentaran como “cobradores” de las deudas ancestrales que el Estado debía pagarles al contado. Agentes del negocio de la raza.

El incendio de las fundaciones no solo afecta a Revolución Democrática. Es lo que se desprende de las investigaciones que están en curso. Lo ocurrido en varias gobernaciones regionales “generosas” tiene características de escándalo. ¡Qué manera de abusar del poder! Y todavía no lo sabemos todo. Es de esperar que el Ministerio Público vaya al fondo de esta trama.

Los efectos políticos de la corrupción serán devastadores para el gobierno. Boric se esfuerza por hablar de otra cosa, pero no le resulta. Le prepararon un acto junto a Bachelet para que arengara a los asistentes sobre la reforma de pensiones, pero parecía que los organizadores querían darse ánimo a sí mismos. Algo parecido ocurrió con la manifestación escenificada en la plaza de la Constitución, en la que le pasaron un megáfono a Boric. Hay algo patético en todo esto.

Quizás, quienes están en La Moneda tienen la sensación de que la caída de Jackson es una inquietante señal de que vienen malos tiempos. Y de que la decadencia no tiene vuelta.

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