El acuerdo entre el gobierno de José Antonio Kast y el Partido de la Gente (PDG) en torno al Plan de Reactivación Económica -como debiera llamarse, pues Reconstrucción Nacional sugiere un descalabro que no existe- es un win-win.
Para el gobierno, porque había que evitar a toda costa que se instalara en la opinión pública la idea de un regalo tributario a los más ricos. Es cosa de ver las encuestas: cuando se pregunta por el apoyo al proyecto de “reconstrucción”, el resultado es ligeramente favorable. Cuando se pregunta por la rebaja del impuesto a las grandes empresas, la gente hace una mueca generalizada de asco.
A la derecha le cuesta entender que, si bien el estallido social envejeció mal, la rabia plebeya contra las élites -políticas y económicas- no ha desaparecido. Solo ha cambiado de portador, y es probable que Parisi sea actualmente su mejor vocero. Si el relato que permea es que el plan de Quiroz favorece a los “poderosos de siempre” -como les llamó la reforma tributaria de Bachelet-, entonces bajan los incentivos parlamentarios de aparecer en la foto.
Es cierto que, desde el punto de vista ideológico, la “megareforma” propuesta es enteramente coherente con la derecha que representa Kast. Aquí no hay gato por liebre, y ningún votante de Kast puede sentirse estafado. La derecha cree, con convicción, que la mejor receta para la prosperidad económica general es liberar las fuerzas creativas del mercado, y esa llave la tienen principalmente los empresarios.
Pero esa convicción no basta para granjearse la simpatía popular. A la reforma le faltaba algo: un aire de clase media, un proceso de plebeyización que la parca insensibilidad del ministro de Hacienda -y el abultado patrimonio del gabinete- no estaban consiguiendo por sí solos.
En eso entra el PDG. En lo institucional, aporta no solo los votos que le faltan al oficialismo, sino también le permite ganar con cierta holgura, un factor que no es menor para los actores económicos que observan desde afuera. Pero, en la dimensión narrativa, aporta el ethos anti-cuico necesario.
Ni tontos ni perezosos, Franco Parisi y su bancada condicionan su aprobación a rebajas en medicamentos y pañales. La noche del acuerdo, los noticiarios retrataron la angustia de los viejitos que se gastan la pensión en remedios y los padres primerizos que acaban de descubrir que tener hijos cuesta un censo. No hay informe financiero ni cálculo macroeconómico que pueda contra eso. También respiraron aliviadas las pymes a las cuales se les prometió congelar un régimen tributario favorable. Como los chilenos no tienen rollo con el pequeño comerciante, un triunfo para las pymes se recibe con general aceptación.
Así, el plan de Reactivación Económica pasó de ser visto como un acto de fe en el chorreo a una piñata con dulces para todos.
Pero ¿acaso no le regala el gobierno una victoria decisiva a Parisi, potencial competidor en 2029? Es posible, pero solo así consigue los votos y la narrativa que necesitaba para navegar con relativa calma su proyecto más emblemático, a la espera de que la magia del mercado haga lo suyo y el oficialismo se vea premiado por cumplir su promesa de crecimiento económico. A su favor, Kast no tiene elecciones a medio mandato; la plata debería estar fluyendo cuando el gobierno rinda su primer test en las urnas. Quién sabe, en una de esas Parisi cumple su viejo sueño y se transforma en el candidato de toda la derecha frente a la carta que presente el progresismo.
Por supuesto, nada está cerrado en este acuerdo y el naipe siempre se puede desarmar. Sabemos que Quiroz juega de policía malo, y García Ruminot de policía bueno, pero el resto del escenario es líquido. Al Congreso nunca le ha gustado oficiar de buzón, y todos reclaman falta de cariño. El corcoveo libertario es el mejor ejemplo: en principio, un libertario debería apoyar cualquier rebaja tributaria -los impuestos son un robo institucionalizado, decía Rothbard; equivalentes a trabajos forzados, decía Nozick-, pero nadie quiere que se le dé por sentado. Para qué hablar de Chile Vamos, que no pudo meter ni un golcito para salir celebrando en la foto.
En este cuadro, la oposición no existe. Parisi, Jiles y compañía los volvieron irrelevantes. Peor aún, si demoran la repartija de dulces alegando en el TC, quedarán como los villanos de la película. Llamar la atención sobre la expansión del hoyo fiscal -lo que haría cualquier político responsable- no vende: la gente quiere plata en el bolsillo; le da lo mismo que la baja en la recaudación no vaya compensada, en el corto o en el mediano plazo. Y en el largo plazo, como decía Keynes, estamos todos muertos. El ecosistema mediático tampoco ayuda: los principales medios de comunicación explican la reforma de Quiroz en plan infomercial.
En resumen, Kast y Parisi unidos no tienen cómo ser vencidos. PDG mediante, el plan económico de Quiroz se plebeyiza y reduce la resistencia que todavía late en Chile contra los dueños del capital.
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