Septiembre 9, 2022

La “piñerización” de Gabriel Boric. Por Jorge Schaulsohn

Ex-Ante
Gabriel Boric y Sebastián Piñera en sus despachos presidenciales tras duras derrotas. Agencia Uno.

No me parece exagerado afirmar que lo sucedido el domingo 4 de septiembre está teniendo efectos parecidos sobre el presidente Boric a los que produjo el estallido social con Piñera. Dos presidentes de signos ideológicos opuestos dramáticamente descolocados por la súbita pérdida de respaldo popular y el síndrome del “pato cojo”, sometidos a la oposición y obligados a modificar su programa de gobierno.


En el caso de Piñera fue un estallido social violento y en el de Boric el resultado del plebiscito que se transformó en un verdadero “estallido electoral”.

El aplastante e inesperado triunfo del rechazo marca un antes y un después para el gobierno del presidente Boric que apostó todas sus fichas a la nueva constitución llegando incluso a transformarse en jefe de la campaña del apruebo.

En política, cuando se apuesta fuerte y se pierde, las consecuencias suelen ser devastadoras y en este caso el presidente se auto infligió una mega derrota a seis meses de iniciado su mandato que lo deja sin piso político y muy disminuido.

Después del estallido, Piñera enfrentó a una izquierda implacable que incluso buscó su destitución. Hoy Boric se topa con una derecha ensoberbecida que quiere imponer su voluntad, incluso en la designación de autoridades de gobierno.

El estallido social “liquidó” a Piñera porque implicaba un rechazo ideológico a la esencia de su gobierno neoliberal haciendo desaparecer la mayoría sustancial que lo llevó al poder. De la noche a la mañana se quedó solo y sin capacidad de maniobra, deslegitimado.

Algo parecido ocurrió el domingo. Es cierto que la ciudadanía rechazó un texto, no un gobierno, pero no es menos cierto que el texto rechazado era en realidad la entronización en la constitución del programa del presidente Boric.

Pienso que la ciudadanía entendió perfectamente lo que estaba en juego y por eso que el rechazo fue tan abrumador. Por desgracia, muchos en la izquierda aún no se dan cuenta de lo que ocurrió y atribuyen la derrota a las “fake news” y la manipulación de los medios de comunicación en manos de los empresarios.

Es muy peligroso que un sector de la izquierda esté embarcada en una campaña de deslegitimación del voto sosteniendo que la ciudadanía habría sido “engañada”; acompañada de manifestaciones violentas reminiscentes de los primeros días del estallido social, como las ocupaciones disruptivas del metro y quema de buses.

Pero no hubo engaño. Fue una derrota ideológica, un rechazo al proyecto refundacional con que Boric llegó al gobierno y por eso duele tanto. Es un golpe a la identidad de Apruebo Dignidad que pone en entredicho su razón de ser y de gobernar.

Según el análisis de la distribución de los votos publicado por Pepe Auth el rechazo conquistó los dos tercios de los votantes nuevos y el segmento más disputado fue el de quienes en segunda vuelta votaron por Boric para frenar a Kast.

En la votación del domingo emerge una nueva mayoría (que tal vez siempre existió, pero no votó) que no favorece a la izquierda más extrema que está en el gobierno, lo que orada los cimientos del relato que lo sustenta y pone en cuestión las tesis con que se justificó el estallido social.

Al igual que Piñera, que sacó a los derechistas más recalcitrantes de su gabinete tras el estallido, Boric tuvo que incorporar personas más cercanas al socialismo democrático, vinculados a la ex concertación, cambiando dramáticamente la correlación de fuerzas al interior del gobierno.

Al igual que Piñera, hoy el gobierno se juega por el diálogo con todos los sectores sin exclusiones y se abre a aceptar fórmulas para una nueva convención que hace solo unos meses le habrían parecido inaceptables.

Al igual que Piñera, el presidente esta redimensionando su rol en el debate constitucional. Hasta antes del plebiscito había anunciado que él convocaría de inmediato a un nuevo proceso constituyente, insinuando incluso que poseía las facultades necesarias, tesis que encontró eco en algunos distinguidos abogados de la plaza como Carlos Peña. Pero ahora se dice oficialmente que solo “acompañará el diálogo” dejando el protagonismo enteramente en manos del congreso.

Sin embargo, para Boric la situación es más complicada. Piñera, aún en medio de la desgracia, tenía una coalición política homogénea, totalmente pragmática, como suele ser la derecha. Se las arregló para llegar al fin de su mandato con cierta dignidad que le permitió posicionarse como el facilitador del proceso constituyente y obtener buenos resultados en la elección parlamentaria.

Para Apruebo Dignidad, el programa de gobierno es sagrado, sobre todo para el Partido Comunista que ya está en estado de alerta anunciando rebelión ante lo que denominan una posible “moderación del programa”. Esto es un muy mal augurio porque no reconoce que tras la tremenda derrota el programa de gobierno tal y como está es absolutamente inviable.

El presidente cree que una nueva convención que culmine con éxito el proceso podría ser su salvación. Pero no será fácil ponerse de acuerdo en el congreso sobre las características de un nuevo proceso constituyente y la capacidad de influir de un presidente debilitado es limitada. Nadie quiere repetir el fiasco de una convención que fue repudiada.

El Socialismo Democrático y la derecha están por un sistema de listas cerradas regionales de partidos constituidos donde se vota por la lista y no por personas, para elegir los convencionales y garantizar su hegemonía. Este mecanismo no convence al PC ni al Frente Amplio que se niegan a “cancelar” a los independientes y buscan algo lo más parecido posible a la convención que fracasó.

El PC, que aún no acepta su derrota, busca la “revancha” en una nueva convención, pero no aceptará cualquier fórmula. Y si no le gusta tomará distancia de un posible acuerdo que denunciará como amañado, excluyente, poco democrático y secuestrado por los partidos políticos tradicionales, generando una crisis al interior del gobierno que será muy difícil de administrar.


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