Agosto 8, 2025

La burda impostura “socialdemócrata” de Jeannette Jara. Por Jorge Schaulsohn

Ex presidente de la Cámara de Diputados.

El problema de fondo del maquillaje político de Jeannette Jara no es solo ideológico, sino también ético. Su “giro” no va acompañado de ninguna autocrítica al pasado reciente del PC. No hay arrepentimiento, no hay ruptura. Solo hay un cambio discursivo, que obedece a las necesidades del momento.


Conversión express. Jeannette Jara nos sorprendió con el intempestivo anuncio de su “conversión express” a la socialdemocracia, algo que fue inmediatamente desechado por el timonel del PC, Lautaro Carmona, para quién “las miradas de Jara y del exalcalde Daniel Jadue no podrían ser tan contrapuestas ya que militan en el mismo partido.”

  • En política, las palabras importan. No son solo etiquetas ni simples recursos de marketing: tienen historia, contenido, peso simbólico. Por eso resulta tan insólito —una tomadura de pelo— que la candidata presidencial del Partido Comunista se haya autodefinido recientemente como una mujer “socialdemócrata”.
  • No es una anécdota menor ni una inocente confusión ideológica. Es, lisa y llanamente, un intento deliberado de disfrazar una identidad política que por décadas ha sido todo lo contrario de la socialdemocracia.
  • La socialdemocracia, en su concepción clásica, nace del abandono del marxismo revolucionario. Es una corriente que opta por la democracia liberal, el pluralismo político y el respeto irrestricto a los derechos humanos como caminos para lograr reformas profundas dentro del capitalismo, no su abolición.
  • En síntesis, es la renuncia a la revolución como vía de transformación social. Por eso, durante el siglo XX, los socialdemócratas fueron acérrimos adversarios de los partidos comunistas en Europa y América Latina. Y por buenas razones: los comunistas, subordinados a la línea de Moscú primero y a Cuba después, no solo despreciaban la democracia liberal, sino que en muchos casos colaboraron activamente en su destrucción.

Un acto de camuflaje político. El PC chileno, al que Jara pertenece desde hace más de 30 años, ha sido fiel heredero de esa tradición. Ha defendido públicamente regímenes autoritarios de izquierda como los de Cuba, Nicaragua y Venezuela; ha minimizado las violaciones a los derechos humanos cuando los perpetran sus aliados ideológicos.

  • Por su parte, la candidata ha sido errática y poco transparente a la hora de explicitar sus convicciones. Promovió reformas estructurales que implicaban una erosión profunda de los equilibrios institucionales y del Estado de Derecho en la primera Convención Constitucional y avaló a la violencia durante el estallido social.
  • El programa de gobierno con el que derrotó a la candidata socialdemócrata en la primaria contemplaba la nacionalización de la minería privada del cobre, el fin de las AFP, un salario vital impagable y un crecimiento basado en la “demanda interna”. Sin embargo, durante la campaña intento negar la existencia del plan y tras ser confrontada con el texto termino calificándolo de “un error”.
  • La ciudadanía tiene derecho a preguntarse cuáles son las verdaderas convicciones e intenciones de Jeannette Jara. Al día siguiente de aprobada la reforma previsional que ella misma negoció y que mantuvo a las AFP, salió a decir que propondría un proyecto de ley para eliminarlas. Su ambigüedad trae a la memoria la famosa frase del comediante Groucho Marx: “Estos son mis principios y si no le gustan tengo otros”.
  • ¿Se puede ser socialdemócrata y al mismo tiempo militar en un partido que niega la legitimidad del modelo democrático-liberal y que exhibe indulgencia sistemática con las dictaduras de izquierda?  La respuesta es no; y, esa es precisamente la razón por la que la afirmación de Jara no resiste el más mínimo análisis.
  • Se trata de un acto de camuflaje ideológico, de una maniobra destinada a engañar al electorado más moderado, que desconfía del PC pero que podría dejarse seducir por un lenguaje más amable, menos confrontacional.

Un problema ético. Este tipo de operaciones de maquillaje no son nuevas. En muchas campañas, los candidatos intentan suavizar su imagen para ampliar su base de apoyo. Pero hay un punto en que esa flexibilidad retórica se convierte en una abierta impostura.

  • ¿Qué credibilidad puede tener una candidata que se presenta como socialdemócrata cuando su partido ha sido históricamente enemigo de esa corriente? ¿Qué garantías puede ofrecer al país sobre su compromiso con la democracia liberal, si su trayectoria personal y política ha estado ligada al mundo que más la ha cuestionado?
  • El problema de fondo aquí no es solo ideológico, sino también ético. ¿Todo vale en una campaña? ¿Se puede mentir descaradamente sobre las propias convicciones y trayectorias con tal de ganar una elección?
  • ¿Se puede travestir políticamente sin pagar ningún costo? Si la respuesta es afirmativa, entonces la democracia se convierte en una mera competencia de máscaras, donde lo que menos importa es la coherencia o la verdad.
  • Los votantes no son tontos. Pueden ser pacientes, pueden ser indulgentes, pero tienen memoria. Y también tienen un límite. La impostura permanente —esa estrategia de decir lo que conviene según el público al que se habla— termina socavando la confianza en la política.
  • No es casual que tantos ciudadanos se declaren desencantados o cínicos respecto del sistema. No es porque no les importe el país, sino porque sienten que los candidatos ya no representan ideas sino estrategias de posicionamiento, marcas vacías.

Una candidatura difícil de digerir. En el caso de Jara, el problema se agrava porque su “giro” socialdemócrata no va acompañado de ninguna autocrítica al pasado reciente del PC ni mucho menos a su propio rol como ministra en un gobierno que ha coqueteado con proyectos refundacionales. No hay revisión, no hay arrepentimiento, no hay ruptura. Solo hay un cambio discursivo que obedece a las necesidades del momento. Eso es lo que la hace inverosímil y  poco confiable.

  • La democracia requiere competencia, sí, pero también requiere límites. No se puede pedir confianza ciudadana si los actores políticos están dispuestos a decir cualquier cosa para ganar una elección.
  • La distorsión sistemática de la verdad, la banalización del lenguaje político, la apropiación oportunista de conceptos ajenos, terminan degradando el debate público y alejando aún más a los ciudadanos de la vida democrática.
  • Jeannette Jara puede llamarse como quiera. Puede decir que es socialdemócrata, liberal o centrista si así lo desea. Pero mientras siga siendo parte de un partido que no ha renegado de sus vínculos con regímenes autoritarios, que sigue fiel a los principios del marxismo-leninismo, anclado en una lógica de antagonismo y confrontación, sus palabras no tendrán credibilidad.
  • Serán, como mucho, un recurso desesperado para edulcorar una candidatura que es difícil muy difícil de digerir para la mayoría de los chilenos.

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