-Existe coincidencia entre los analistas de que la llamada luna de miel de los presidentes son cada vez más cortas. ¿Cómo gestionar las expectativas de la ciudadanía, en el marco de un gobierno que se autodefine como de emergencia y que heredará las arcas fiscales muy deterioradas?
-Creo que es fundamental partir por el principio, ¿cuáles son esas expectativas? En campaña, el gobierno de emergencia se asociaba principalmente a seguridad, economía e inmigración. Pero después se le empiezan a agregar otras urgencias, como salud, reconstrucción o incluso la situación fiscal. Entonces, la idea de emergencia se amplía, pero también se vuelve difusa, lo que es muy complejo. Si no está claro qué entiende la ciudadanía por emergencia, manejar las expectativas es simplemente imposible.
Por eso, antes de gestionar expectativas, hay que diagnosticarlas bien: cuáles son los avances mínimos esperados, qué sería imperdonable que no ocurra, en qué materias hay más o menos paciencia, etc. Lo segundo es no perder el foco. El relato de gobierno de emergencia no es solo un eslogan, sino también una suerte de campo de fuerza frente a temas que quedan fuera de ese marco. Y eso debe aprovecharlo. La aprobación no se va a derrumbar por si se apoya o no a la ex presidenta Bachelet en su candidatura a la ONU, tampoco por la polémica del “cable chino”. La clave está en identificar cuáles son los pocos temas capaces de atravesar ese campo de fuerza, y no desgastarse en los demás.
Y con respecto a las arcas fiscales, debe incorporar la herencia fiscal dentro de esa misma lógica de urgencia. Transparentar el estado real de las cuentas públicas ayuda a ordenar prioridades, moderar expectativas y explicar por qué no todo puede resolverse de inmediato. Evidentemente, no es un mensaje atractivo de comunicar, y por eso ahí será clave la capacidad del equipo político y comunicacional para convertir esa restricción en un marco de realismo y no en una excusa.
-¿Qué lecciones debería observar Kast de Boric para no pulverizar sus índices de popularidad en los primeros 6 meses de gobierno?
-La principal lección para Kast es no confundir un triunfo histórico con un cheque en blanco ideológico. Boric leyó por momentos que existía un mandato refundacional más profundo del que realmente había, y pagó caro esa desconexión. Kast puede cometer un error parecido si interpreta su 58% como adhesión doctrinaria, cuando buena parte de ese respaldo vino de un votante obligado, mucho más pragmático que ideológico, que votó bajo el paraguas de un gobierno de emergencia, no de una agenda identitaria.
Por eso, tiene que cuidarse de tres cosas: contradicciones, desconexión y demora en mostrar resultados. Contradicciones, porque no puede prometer orden y abrir flancos que la ciudadanía lea como privilegios o desvíos respecto de esa prioridad. Desconexión, porque sería un error creer que el país quiere ir más lejos ideológicamente de lo que realmente quiere. Y demora en mostrar resultados, porque hoy la paciencia ciudadana es mínima.
Pero además hay un desafío interno: no basta con que Kast entienda esa lógica; tiene que lograr que los suyos también actúen en consecuencia. Si su sector empieza a empujarlo hacia debates simbólicos o ideológicos que se salen del marco de emergencia, el riesgo de autogol es alto.
-Kast llega al poder con un mandato claro de cambio y con un congreso dividido, ¿crees que el parlamento puede limitar su margen de acción desde el inicio?
-Sí, puede limitarlo, pero el verdadero riesgo no es un Congreso infranqueable, sino un gobierno que se salga de su propio libreto. Kast no enfrenta una oposición compacta, y eso le da espacio para construir mayorías variables si mantiene el foco en temas de alta urgencia ciudadana, como seguridad, migración o reactivación.
El problema aparece si abandona esa lógica y empieza a gastar capital político en agendas más ideológicas o divisivas. Ahí el Congreso puede transformarse rápidamente en un freno, no solo por la aritmética, sino porque ese tipo de errores tienden a unificar adversarios que hoy están dispersos.
En el fondo, su margen de acción inicial dependerá menos de la composición del Congreso que de su capacidad de jerarquizar bien sus batallas. Si mantiene foco y pragmatismo, el Congreso puede ser una dificultad administrable. Si se dispersa, puede convertirse muy rápido en su principal límite.
-¿Qué debe hacer Kast para mantener el 58% que lo respaldó en la segunda vuelta o, al menos, mantener la base de apoyo de la primera vuelta, donde obtuvo el 26%?
-Ese 58% no es un bloque ideológico coherente, sino una mayoría más bien circunstancial, unida por urgencias concretas como seguridad, economía, orden e inmigración. Basándome en nuestros estudios, no creo que se haya configurado un nuevo clivaje ni un gran relato detrás del triunfo del Rechazo en 2022 y de Kast en 2025. Es cierto que ambas votaciones se parecen mucho en promedios y perfiles sociodemográficos, pero eso no significa que exista una identidad política nueva que amarre a ese 58%. Más bien, lo que vemos son mayorías circunstanciales que coincidieron en dos votaciones dicotómicas, ambas en contra de quienes estaban en el poder en ese momento.
Por eso, la tarea de Kast para sostener apoyo no es hablarle a ese 58% como si fuera una coalición ideológica compacta, porque no lo es. Lo que une a ese electorado no es una doctrina común, sino una demanda muy concreta por orden, control, seguridad, mejoría económica y eficacia. Dicho más simple: no hay un “ismo” que mantenga unido a ese 58%. Hay una mayoría prestada, pragmática y de paciencia corta. Y para retenerla, Kast tiene que cuidarse de tres cosas: contradicciones, desconexión y demora en mostrar resultados. Si se desplaza hacia batallas identitarias o ideológicas, probablemente conserve a su 26% más duro, pero empieza a poner en riesgo al resto.
-¿Qué oportunidades tiene para el Presidente electo el haber depositado buena parte del poder de su futura administración en el Segundo Piso de La Moneda?
-La gran oportunidad para Kast es que ese Segundo Piso sería la verdadera sala de máquinas del gobierno. El lugar donde se ordena el relato, centraliza decisiones y le da unidad de mando a una administración que requiere de mucha agilidad y ejecución. En ese diseño, no se trata solo de asesorar al Presidente, sino de coordinar gestión, comunicación y prioridades para que el gobierno pueda mostrar resultados rápidos, medibles y visibles.
Eso tiene bastante sentido en un gabinete con muchos independientes, y en consecuencia, menos rodaje político. Un Segundo Piso fuerte puede compensar esa debilidad, evitar fisuras discursivas y blindar al Presidente más con la opinión pública que con la política tradicional. Si logra traducir la idea de emergencia en hitos concretos, auditorías, metas de 90 días y sensación de control, puede ser una ventaja importante.
-¿Y por el lado de los riesgos?
-Que la concentración de poder también concentra exposición. Si los ministros no tienen peso propio ni capacidad de absorber costos, el Presidente termina convertido en una especie de “presidente fusible”, donde cualquier error de gestión o crisis política escala demasiado rápido hasta su figura. En vez de distribuir desgaste, lo centraliza.
Además, el segundo piso puede ordenar percepciones, pero no reemplaza la política. No sustituye el rodaje parlamentario, no recompone por sí solo la relación con los partidos y no evita el resentimiento que puede generar un círculo íntimo demasiado dominante. Entonces, si funciona, proyecta disciplina y eficacia. Pero si falla, puede dejar a Kast muy encerrado, muy expuesto y con poco respaldo político real cuando llegue el desgaste.
En el fondo, la apuesta es bien nítida: ganar control y coherencia a costa de aumentar la dependencia del éxito inmediato. Mientras haya resultados, ese diseño puede parecer muy inteligente. Si los resultados no aparecen rápido, puede volverse frágil
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