Noviembre 14, 2021

Historiador Alfredo Riquelme y la controversia en el PC por Nicaragua: “Lo que observamos hoy parece ser algo más que una fisura”

Jorge Poblete
El historiador Alfredo Riquelme Segovia. Imagen cedida.

El doctor en historia la Universidad de Valencia, profesor titular del Instituto de Historia de la UC y autor de “Rojo atardecer: el comunismo chileno entre dictadura y democracia”, aborda el trasfondo de la declaración del PC en favor de la cuestionada reelección de Daniel Ortega en Nicaragua, que luego fue rechazada por las principales figuras jóvenes del partido. También, los cambios que debiera realizar ese partido en la eventualidad de ser gobierno. De partida, dice, debe renunciar “al espejismo de lograr cambios radicales mediante una especie de revuelta permanente que abrazó desde el estallido de octubre de 2019”.

¿Qué dice del PC del 2021 la declaración de apoyo a la reelección de Daniel Ortega en Nicaragua, la que fue rechazada por múltiples figuras del partido como Camila Vallejo e Irací Hassler? ¿Se trata de un confrontamiento de posturas generacionales sobre los regímenes autocráticos o es algo más?

El comunismo chileno tiene una larga historia de contrastes entre una política ciertamente democrática en Chile, desde su apoyo al gobierno de Aguirre Cerda hace más 80 años, hasta su participación en la segunda administración de Michelle Bachelet, por una parte, y su respaldo en otras latitudes a regímenes dictatoriales de izquierda. Esta dualidad tuvo su expresión “clásica”, por así llamarla, en la acrítica adhesión de nuestro PC a la experiencia soviética desde la “bolchevización” de los años veinte hasta su extinción en 1991. En el mundo posterior a la Guerra Fría, en el cual vivimos, ese tipo de adhesión acrítica ha persistido respecto a las dictaduras cubana, venezolana y nicaragüense, aun cuando desde hace unos años se han podido apreciar algunas fisuras en el respaldo a los regímenes de Maduro y Ortega, sobre todo desde que estas dictaduras han sido desafiadas por amplias movilizaciones ciudadanas a las que han reprimido con una brutalidad y masividad que se ha hecho imposible no ver.

¿Ve algo más que una fisura generacional entonces?

Lo que observamos hoy parece ser algo más que una fisura y podría estar indicando el comienzo del fin de un siglo de adhesiones acríticas y del pesado lastre que han acarreado. Esta vez no han sido uno o dos disidentes que se han apartado de la “línea del partido” respecto a Nicaragua. Han sido casi todas las principales personalidades políticas del PC las que han rechazado la declaración, señalándola incluso como una acción inconsulta de un par de dirigentes.

Pienso que este cambio está indudablemente vinculado a la renovación generacional y de género que ha caracterizado este último decenio al comunismo y a la izquierda en el país, así como al compromiso transversal e incondicional con los derechos humanos que caracteriza a la generación que irrumpió en 2011 en la política nacional. Expresión de esto ha sido la pronta y categórica respuesta que el candidato presidencial Gabriel Boric dio a la impresentable declaración de apoyo a la farsa electoral y a la represión del régimen de Ortega.

A algunos analistas les llamó la atención que estas diferencias internas se ventilaran tan públicamente. ¿Qué precedentes hay de algo así en el PC chileno?

Como en cualquier organización o comunidad moderna, sobre todo de naturaleza política, la deliberación racional ha sido tan importante como las relaciones de poder en las continuidades y cambios en la historia del PC. La diferencia con otros partidos ha sido el sigilo con que los comunistas han procurado cubrir tales deliberaciones, lo que incluso dificulta el conocimiento histórico de su trayectoria, al no haber hasta ahora puesto el partido su acervo archivístico a disposición de los investigadores. En este entorno sigiloso, la publicidad de los debates intrapartidarios ha tendido a ser vista como síntoma de crisis. Ciertamente fue el caso del período 1986-1990, cuando una larga e intensa confrontación de ideas fruto de los desafíos que la convergencia entre la transición a la democracia en Chile y la agonía del comunismo en Europa del Este y la Unión Soviética representaba para el PC, fue finalmente clausurada mediante la expulsión de los renovadores.

¿Dice que esta crisis pudiera terminar igual?

Lo de hoy me parece distinto, y no considero probable un escenario de ruptura análogo al de hace 30 años. Es más bien un síntoma de que el recambio generacional se ha ido mezclando con una tensión transgeneracional entre distintas formas de hacer política inscritas en el comunismo chileno. Se trata de una tensión que el liderazgo interno de Guillermo Teillier hasta ahora ha logrado gestionar bien, abriendo el campo para las nuevas generaciones y para los cambios en la cultura política comunista que es posible apreciar, entre otras cosas, en el inédito alcance del repudio expresado hacia la dictadura de Ortega y la declaración que intentó respaldarla.

¿Esto quiebra la disciplina del PC que era advertida incluso entre sus adversarios?

De acuerdo con lo señalado por una amplia mayoría de personalidades comunistas, la única transgresión a las normas existentes en este episodio sería la de un par de dirigentes internos que sumaron de modo inconsulto el nombre del Partido Comunista a una declaración impresentable. Aunque el presidente del PC ha optado por tratar de bajar el perfil al episodio, no descartaría que pronto los firmantes sean formalmente desautorizados e incluso sancionados. Si ello no ocurre, sería indicio de que los firmantes y las posiciones que expresan cuentan con cierto respaldo interno, aunque se haya escuchado poco públicamente.

¿Existe una lealtad por los exfrentistas que se entrenaron con los sandinistas, por ejemplo?

Por el contrario, pienso más bien que los lazos afectivos tejidos entre militantes de la izquierda chilena y el sandinismo durante la revolución de 1979 y su memoria, conducen a que en el comunismo chileno y, en general en nuestra izquierda, exista un amplio repudio a la metamorfosis de esa revolución, entonces inspiradora, en la actual satrapía de Ortega, de un modo que aún no se expresa hacia las otras dictaduras “de izquierda” del continente.

¿Cómo se lee en clave política la declaración de Teillier diciendo que acatará la política exterior de Boric, aunque se expresen diferencias?

Es, justamente, un gesto que reconoce la primacía del hoy candidato presidencial y mañana, eventual Presidente de la República, en todas las decisiones que en esta calidad le corresponden.

¿Le parece que el PC podría mostrarse dispuesto a ceder el punto de Nicaragua para influir en el candidato en otros más cruciales de política exterior como Cuba y Venezuela?

Considero que la que podríamos llamar “doctrina Boric” en el ámbito de la democracia y los derechos humanos no deja espacio a ningún tipo de doble estándar. Y el PC lo ha asumido, como lo deja claro el tuit con que Teillier aludió a la política exterior a partir de las declaraciones del candidato en torno a la cuestión nicaragüense: “El PC acatará, aunque se expresen diferencias”.

¿Qué tan importante para el PC es llegar a ser gobierno, más allá de su participación en la segunda administración de Bachelet? ¿Cuánto está dispuesto a sacrificar?

Llegar a ser parte de un gobierno es algo a lo que aspira cualquier partido político y que en Chile solo se puede alcanzar en coalición y subordinados a un liderazgo presidencial (…). Si Boric llega a ser electo presidente, o incluso antes en la eventualidad bastante probable de una segunda vuelta, considero que será ineludible para él proponerle a su actual coalición, incluyendo por cierto al PC, la ampliación de la base política de su gobierno para poder hacer frente con éxito a los enormes desafíos que la próxima administración enfrentará.

En ese contexto, creo que el mayor desafío que deberá afrontar el PC, y en verdad no sólo el PC, para convertirse en un partido de gobierno gravitante en el marco de una coalición más amplia y plural, suponiendo que consolida en las elecciones parlamentarias del próximo domingo los positivos resultados que logró en las elecciones de mayo pasado, será terminar de transitar desde la reavivada imaginación revolucionaria sujeta al espejismo de lograr cambios radicales mediante una especie de revuelta permanente que abrazó desde el estallido de octubre de 2019, hacia una acción orientada a la construcción efectiva de una nueva institucionalidad política democrática y un nuevo modelo de desarrollo mediante la deliberación pluralista y el logro de amplios acuerdos.

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