Si es cierto que el que explica se complica, nadie es más complejo que Gonzalo Winter. Cada una de sus declaraciones, dichas con mucho énfasis desde la testera del Parlamento, o desde algún estudio de radio o televisión, lo obliga a semanas y más semanas de puntualizaciones donde nos lleva a explicar que dijo exactamente lo contrario de lo que creímos escuchar que dijo.
La confusión, no faltaba más, no la atribuye del todo a su complicada manera de argumentar sino a la mala voluntad de los oyentes que se juntan y conciertan para no entender lo que, según él, está clarísimo. Hasta una cuenta parodia explica mejor que él lo que dijo, que no es lo que piensa, o lo que piensa que es lo que no dijo.
Curioso caso el de Gonzalo Winter. Su peinado a lo mosquetero, su afición también dartagnesca de aceptar todos los duelos, todos los desafíos, todas las acrobacias en nombre de su soberano, su amigo Gabriel Boric, es más que aplaudible. Heredero de la capacidad de su abuelo Alfredo Etcheberry, uno de los más grandes penalistas de la historia de Chile, de encontrar argumentos bajo las piedras, logra, sin embargo, al revés de su ancestro, perder casi todos los pleitos y líos en que se mete.
No le falta ni cultura, ni inteligencia, ni buena voluntad, pero pareciera no escuchar del todo lo que subraya, o subrayar tanto todo lo que dice, que pareciera olvidar que es lo importante y que es lo secundario en su discurso.
Pareciera ser plenamente consciente de la lógica de la cuña, el Tik Tok, y la mala voluntad periodística, aunque una extraña generosidad le obliga a regalarle memes, polémicas estériles, a sus enemigos de la prensa o de twitter (o como se llame ahora), y conseguir ser la parodia misma de su cuenta de parodia que muchos medios citaron como una fuente confiable, solo porque explicaba mejor que su parodia lo que este quiso no decir.
Hace algunas décadas, cuando se discutía la despenalización de la sodomía, al entonces diputado Viera-Gallo se le ocurrió la idea de citar en su alocución a Lévi-Strauss, el más famoso de los antropólogos franceses. Otro diputado, indignado, pidió que concurrieran inmediatamente ante la cámara el señor Lévi y el señor Strauss a hacerse cargo de sus dichos.
Winter quiso convertir el debate sobre la ley electoral en uno sobre el capitalismo y su concentración de la riqueza. Gran tema, demasiado grande para no enredarse en su excesiva tela. Elevar el debate en el Congreso es siempre peligroso, pero elevarlo sin tener una buena cuerda con que guiarlo desde tierra, es simplemente suicida.
El concepto de la guerra contra el pobre, como el de Aporofobia, están de moda en la discusión intelectual actual. Recurrir a esta para, sin dejar de defender el voto obligatorio -quitarle a este en la práctica toda obligatoriedad- se parece a las acrobacias con que a algunos futbolistas se les pierde la pelota entre las piernas. Antes de eso, generalmente, han dejado de saber a cuál de los dos arcos tienen que hacerle goles.
Hablar contra los privilegios cuando hasta en la manera de plantearse físicamente parece uno encarnarlos, es algo que no se le puede reprochar solo Winter sino generalmente a toda su generación. Pero la mayor parte de sus amigos de la Escuela de Derecho están en el gobierno, y desde ahí han tenido que conseguir una sobriedad que no tenían cuando eran parlamentarios.
Winter se quedó solo diciendo todo lo que sus amigos dirían, de estar con él en su bancada. Soledad a veces pesada, supongo, que lo lleva a exagerar sus puntos hasta que se convierten en pozos sin fondo en los que se hunde de vez en cuando.
Siempre en esas alocuciones Winter parte de un razonamiento necesario, astuto incluso, inteligente casi siempre: La idea de que las multas no son un castigo igualitario porque son, para los más pobres, un porcentaje mayor de sus ingresos. La idea de que la democracia castigue pecuniariamente le quita su carácter de fiesta. Pero ¿quién dijo que la democracia era una fiesta? El voto obligatorio es tanto un derecho como una obligación y, como toda obligación, debe llevar aparejado un castigo para quien no cumple.
Por lo demás, que el pobre tenga más que perder no votando que el rico, estimula que lo haga, algo que en un sistema permisivo suelen dejar de hacer. El voto de los que van a votar felices es más o menos predecible, las ideas de los convencidos, que suelen estar entre los ricos, no necesitan ser estimuladas.
La democracia debe preguntarse por el voto de los que no gritan, patalean o militan. En Chile ese voto ha sido casi siempre de la centroizquierda, cuando esta ha sabido ser de izquierda sin dejar de ser de centro. El voto obligatorio en general en Chile tiende a moderar las elecciones hacia un sentido común que suelen perder las élites educadas.
Discutible es si el voto obligatorio deba convivir con la inscripción automática, o el estatus de los extranjeros residentes. Mas que discutible que es y cómo debería ser un ciudadano en la era de la globalización. El tema no deja de ser apasionante, y puede dar cabida a muchos seminarios y comisiones de expertos, aunque plantearlo en un año electoral, después de dos plebiscitos en que el voto obligatorio hizo la diferencia, no puede más que enredar lo ya inextricable.
Las posibilidades de conseguir lo que se quiere conseguir poniendo estos temas en debate ahora, son nulas, a no ser qué lo que se quiera conseguir son horas de explicaciones inexplicables.
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