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Gobernar con mayorías transitorias. Por Kenneth Bunker

Ex-Ante
El Presidente Kast y sus ministros durante el cambio de gabinete de esta semana. Foto: Agencia UNO.

En principio, Kast no necesita grandes acuerdos, sino mayorías que pueda rearmar votación tras votación. Así, no solo podría sacar adelante la megarreforma a una fracción del costo político que habría tenido hace no tanto tiempo, sino varias más, capaces de transformarle el rostro del país.


A 69 días de asumir, José Antonio Kast ejecutó el cambio de gabinete más rápido desde el retorno a la democracia. Salió su ministra de Seguridad, justo el área que ordenó toda su campaña, salió la vocera, quizás la apuesta más osada de los nominados, y el propio Presidente reconoció que no era el ajuste que tenía pensado para esta etapa. Con una aprobación que ya cayó bajó el 40%, el arranque ha sido más difícil de lo que el oficialismo esperaba.

El ajuste tuvo algo de improvisación, expuso un cumplimiento más lento de lo prometido en seguridad, y acortó la luna de miel. Pero de ahí a sostener que el gobierno está en crisis hay un trecho largo que los números simplemente no respaldan. Un presidente que recién pasa los dos meses, que viene de ganar con el 60% y que mantiene su agenda en movimiento no está en problemas, sino pagando el precio normal de gobernar, algo más caro, y un poco antes, de lo previsto.

Con todo, el cambio de gabinete es una distracción, la parte ruidosa de la semana más que la decisiva. Pues un gabinete no es un fin en sí mismo, sino el instrumento con que un gobierno empuja su legislación, y que se mide por lo que logra destrabar y pasar. Por lo mismo, esa es la clave con que hay que leer la rotación. Kast no movió piezas para mejorar la foto de Cerro Castillo, sino para reordenar el equipo en función de lo que viene en el Congreso, que es donde su mandato se juega de verdad.

El contraste con Boric es instructivo, porque ilustra el error inverso. Boric armó el gabinete que quería tener, uno construido para representarlo a él y para emitir una señal política, y lo sostuvo mucho después de que dejara de funcionar. El resultado fue que no obtuvo ninguna de las dos cosas, ni la señal se tradujo en respaldo ni el equipo produjo legislación. No solo se debilitó la marca frenteamplista sino que también se terminó perdiendo el proceso constituyente. Y cuando finalmente cambió, ya era tarde: las grandes promesas de campaña nunca llegaron.

Así, de algún modo, Kast parece entender lo que Boric aprendió demasiado tarde: que un gabinete se construye para producir resultados y no para complacer al propio gobierno ni para comunicar una identidad. Por eso conviene dejar de mirar el gabinete y mirar lo que a esta altura del gobierno realmente importa: la legislación que el gabinete necesita para empujar.

Porque en la Cámara eso sí funcionó. La megarreforma se aprobó en general por 90 a 59, con una bancada oficialista disciplinada y los votos del Partido de la Gente. El ajuste, que fue simultáneo a esa votación, no ayuda a explicar el triunfo, pero sí puede cobrar fuerza en lo que viene. Si la Cámara premia mayorías rápidas y disciplina de bloque, el Senado funciona con otra lógica, con tiempos más largos, comisiones que pesan, y un equilibrio numérico estrecho que obliga a negociar antes de imponer.

Y es ahí donde la rotación cobra sentido. Consolidar el poder político en Claudio Alvarado, y darle Seguridad a Martín Arrau, es mover el gabinete completo hacia perfiles con conocimiento del poder y respaldo de partido, que es exactamente lo que la negociación en el Senado exige. El gobierno cambió el equipo en función del tramo legislativo que viene, no del que ya ganó.

Podría objetarse que la mayoría ya está y que si el oficialismo tiene los 26 votos, cualquier gabinete habría bastado. Pero aun si ese 26 existe, es un 26 frágil, porque no es un bloque sino una suma de voluntades, en la que cada cual carga su propia contingencia. El senador Calisto es un buen ejemplo, pues si bien sostuvo que los análisis se equivocaron, y que nunca hubo un empate 25 a 25, ya que su voto se inclinaría a favor del gobierno, al mismo tiempo pesa sobre él una querella, que, si bien podría no afectar el resultado definitivo, recuerda que un margen de un voto no es nada.

El senador Araya, al menos, parece entender la fragilidad de esa forma. En una entrevista a Radio 13c esta semana se mostró disponible a aprobar la idea de legislar, supeditando su voto a que el Ejecutivo abriera espacios de diálogo, y reclamando la necesidad de amplios acuerdos por el bien del largo plazo y del país. Una posición coherente con quien busca colaborar y no obstruir, a diferencia de lo que, según el propio senador, el resto de la centroizquierda y la izquierda ha decidido hacer hasta ahora.

El llamado de Araya tiene, sin embargo, una ironía de fondo que lo trasciende. Tras el Rechazo de 2022, la centroizquierda, con Araya entre los autores, rebajó el quórum supramayoritario de las leyes orgánicas constitucionales, llevándolas desde los cuatro séptimos a la mayoría absoluta de los parlamentarios en ejercicio. No se trata de esta reforma, que por ser ley común se aprobaría con mayoría simple bajo cualquier regla, pero el episodio ayuda a entender el razonamiento que sostenía aquellos umbrales. Existían justamente para forzar el acuerdo, para que ninguna mayoría circunstancial pudiera legislar sobre las materias más sensibles sin sumar a una parte de la minoría.

Al desaparecer esos umbrales, el acuerdo amplio dejó de ser obligatorio y pasó a ser opcional. De aquí en adelante, y para cualquier gobierno, buena parte de las leyes que antes exigían un quórum alto podrán aprobarse sin negociar con la oposición como bloque, bastando con sumar unos pocos votos sueltos. Eso desplaza la gobernabilidad desde los grandes pactos de largo plazo hacia mayorías transitorias, armadas coyuntura a coyuntura. La paradoja es que el mismo sector que empujó la rebaja pensando en gobernar con holgura hoy, desde la vereda contraria, echa de menos los incentivos legales que invitaban a pactar para no quedar fuera de juego.

Considerando que Boric nunca fue capaz de articular una mayoría funcional en el Congreso, Kast podría ser el primer gran beneficiario del cambio. En principio, no necesita grandes acuerdos, sino mayorías que pueda rearmar votación tras votación. Así, no solo podría sacar adelante la megarreforma a una fracción del costo político que habría tenido hace no tanto tiempo, sino varias más, capaces de transformarle el rostro del país.

Al menos hasta que llegue el próximo gobierno, que heredará las mismas reglas y, con ellas, la misma facilidad para deshacer lo andado. Un recordatorio de que, en política, nadie sabe para quién trabaja.

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