En los últimos 30 años, el sentido común y lo políticamente correcto giró en 180 grados: si hace 30 años salir de los tonos monocordes dominantes en lo político, sexual, valórico, religioso o en estilos de vida (moda, estética, música) era estar fuera de norma, hoy oponerse explícitamente a lo diverso, discriminar a las minorías de distintos grupos, es lo que te saca del rayado de lo “aceptable”.
Entre otras cosas, es precisamente por su diversidad que el gabinete de ministros/as y subsecretarios/as estrenado por el presidente electo Gabriel Boric ha sido muy bien recibido por la ciudadanía. La encuesta Criteria de esta semana muestra la positiva recepción ciudadana al gabinete (64% expresa satisfacción con el gabinete y un 69% considera que con ese equipo al gobierno le irá bien). Ello, pese a que la misma encuesta evidencia que sólo 6 de los 24 ministros y ministras son efectivamente conocidos por la población, dejando entrever que la buena evaluación general se relaciona con la representación simbólica del gabinete más que con la trayectoria y experiencia de sus integrantes.
La comparación es inevitable. Por más que el mismo Gabriel Boric haya insistido en que los contextos no son comparables, y que el valor del gabinete de Aylwin en 1990 no estaba en su diversidad sino en no incluir militares tras la dictadura, es precisamente el paralelo el que permite apreciar cómo ha cambiado la sociedad en estos últimos 30 años. Un cambio de época que Boric ha decido visibilizar en un gabinete más representativo del Chile real que los anteriores.
Pero no es sólo su condición diversa lo que hace tan querible al gabinete en su estreno. El estudio de MetLife arroja otra conclusión interesante al respecto y es que la diversidad como concepto aparece entremezclada con la idea de igualdad en el imaginario de las personas. Las demandas por mayor diversidad se entrecruzan con demandas por mayor igualdad, particularmente relacionales y de trato. Aunque aparentemente paradójico, diversidad e igualdad aparecen hermanadas y, desde esa perspectiva, el gabinete también es valorado por parecer más igualitario, por dar espacio a grupos o sectores sociales marginados históricamente del poder. Quizá el caso más emblemático es el de Luz Vidal, ex presidenta del sindicato de trabajadoras de casa particular, nombrada como Subsecretaría en el ministerio de la Mujer.
Un gabinete diverso e inclusivo, que se ajusta a las subjetividades mayoritarias y que tendrá el tremendo desafío de pasar de ser valorado por su representación simbólica a ser validado por su capacidad de gestión en los temas que se han tornado prioritarios para la ciudadanía: seguridad pública, el conflicto en La Araucanía, narcotráfico y política migratoria, por nombrar algunos.
Temas complejos de abordar y para los cuales el gobierno de Apruebo Dignidad deberá ecualizar su relato simbólico con logros efectivos y mensurables por las personas. La capacidad de amalgamar la simbología con el delivery será la clave para entender cómo evoluciona el juicio social sobre el nuevo equipo de gobierno. Y la futura oposición ya encontró una veta para destruir la magia de la representación simbólica al insinuar que al nuevo gabinete “le falta calle y experiencia”, que goza de “mucha teoría y poca práctica, mucha ideología y poco sentido de realidad”.
Más allá de lo antojadiza y apurada de la cuña, el nuevo gobierno debiera tomar nota de la señal enviada por la derecha: presionándolos por los resultados, pretenderán romper en encantamiento ciudadano con la tan apreciada diversidad que representan.
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