“Cuando uno es ministro, muchas veces es mejor guardar silencio”. Estas fueron las declaraciones de la ministra del Trabajo Jeannette Jara, militante del Partido Comunista, después de que el ministro de Vivienda, Carlos Montes, admitiera con honestidad tras el fraude en las elecciones venezolanas: “cuesta entender la posición del PC”.
¿Cuál fue la posición del Partido Comunista? Calificar como “ejemplar, respetuosa y pacífica” la elección venezolana y expresar la absoluta certeza de que la institucionalidad electoral de dicho país validará el proceso que nombró a Nicolás Maduro como presidente.
La interrogante que surge tras la afirmación de Jara es: ¿resulta posible guardar silencio ante una crisis política, social y humanitaria de la magnitud que se vive en Venezuela?
Cuando la población desplazada ya alcanza los 8 millones de personas; el 68% de la población que aún permanece en el país vive en pobreza extrema y el 23% presenta desnutrición, muchos de ellos niños, según estadísticas de las Naciones Unidas; cuando los muertos tras la fatídica noche del fraude electoral ya ascienden a 20 personas, se producen detenciones forzadas a diestra y siniestra, los encarcelamientos tras la aguda represión del régimen de Maduro contra manifestantes superan los 1,000; y los líderes de la oposición han tenido que situarse en la clandestinidad debido a las amenazas y hostigamientos, ¿parece moralmente aceptable callar?
El Partido Comunista de Chile ha hecho de la hipocresía su canon de acción política. Han guardado silencio cómplice o respaldado -que, en casos como éstos, resulta equivalente- en innumerables ocasiones, en las más diversas latitudes y fases de la historia a un amplio abanico de dictaduras y aparatos opresores comunistas.
Apoyaron el terror de Stalin en la Unión Soviética, que dio muerte a más de 20 millones de personas. Han respaldado los sucesivos regímenes totalitarios de la dinastía Kim en Corea del Norte. Aplaudieron el cruento aplastamiento y el trágico exilio checo durante la Primavera de Praga.
Celebraron el ingreso de tanques soviéticos en Hungría para reprimir la revolución liderada por el ejecutado líder Imre Nagy. Idolatraron a Honecker en la RDA con su férreo aparato de vigilancia y opresión y en nuestro continente continúan glorificando la dictadura de los Castro en Cuba, hoy en manos de Díaz-Canel, amparan la dictadura de Ortega en Nicaragua, alimentaron el mito del chavismo y hoy cierran filas con su versión más despótica y grotesca: el madurismo.
Como si fuera poco, el estándar de Jara es inconsistente. La ministra sí fue capaz de alzar la voz en contra de la posición de su propio partido cuando éste respaldó las protestas en contra de los tribunales de justicia a raíz de la detención y prisión preventiva de su correligionario Daniel Jadue, declarando: “No me gusta cuando se van a hacer expresiones públicas afuera de la Fiscalía”.
¿Por qué en algunos casos Jara es capaz de romper filas contra la dirigencia del Partido Comunista, pero en otros más trascendentales, que remiten al valor de la democracia y los derechos humanos, abraza el silencio? ¿Es acaso más importante ganar un punto político en la interna de su partido que mostrar solidaridad y humanidad ante un pueblo despojado y oprimido? Ser ministra sectorial y tener una voz nacional sólo cuando conviene, habla mucho del doble estándar comunista.
Jara debería saber que el silencio es el más mortal y cruel de los sonidos cuando su efecto práctico es validar la opresión.
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