Aunque las encuestas anticipaban que el Partido Republicano se iba convertir en la primera fuerza política en la elección del 7 de mayo, nadie esperaba que ello ocurriera con tanta ventaja. Sus candidatos al Consejo Constitucional sumaron 3.468.258 votos en todo el país, correspondientes al 35,41%. El segundo partido fue la UDI con 8,86% y el tercero el PC, con 8,08%. Los republicanos ganaron en 253 de las 346 comunas.
Si la elección hubiera sido parlamentaria, el Partido Republicano y Chile Vamos (21,07%) habrían conseguido una amplia mayoría en el Senado y la Cámara. Y si hubiera sido presidencial, el eventual candidato común habría ganado en primera vuelta. De esa magnitud fue el remezón producido, en correspondencia con el Rechazo del 4 de septiembre del año pasado. Quedó de manifiesto que el resultado del plebiscito representó mucho más que lo que estuvieron dispuestos a reconocer Boric y sus colaboradores. Por haber ignorado la realidad, salieron a buscar una segunda derrota.
Las izquierdas arrastran una antigua incomprensión de la Tercera Ley de Newton: “Para cada acción hay una reacción igual y en el sentido opuesto”. Volvieron a demostrarlo con su afán por “correr el cerco de lo posible”, y ahora parecen haber perdido hasta el sentido de orientación. El gobierno lleva 1 año y 2 meses, pero da la impresión de estar agotado. A partir del Rechazo, se inició un giro político cuyas consecuencias pueden gravitar decisivamente en la marcha del país en los próximos años.
La votación del domingo 7 confirmó que se ha ido configurando una vigorosa corriente que reclama orden y seguridad, una firme acción del Estado contra la delincuencia y aplicación de la ley en todo el territorio. No es casual que las votaciones más altas del Rechazo y ahora de Republicanos se hayan alcanzado en algunas de las comunas más afectadas por el terrorismo y el bandolerismo, en La Araucanía y el Biobío.
Sería un error creer que los electores que apoyaron al Partido Republicano adhieren a sus señas de identidad doctrinaria o apoyan incondicionalmente a José Antonio Kast. En realidad, la mayoría de los electores define habitualmente su voto en función de aquello que quiere resguardar o de los riesgos que desea evitar. Al sufragar, no hipotecan su libertad: lo que hacen es tomar una decisión concreta en un momento concreto. Por lo tanto, las preferencias dependen de las circunstancias y las necesidades. Los votantes, obviamente, no están petrificados.
Dicho esto, no hay duda de que el mensaje de los republicanos tuvo oídos receptivos en mucha gente que, probablemente, no podría ser inscrita en la tradición o la cultura de derecha. ¿Representa este partido una visión conservadora? Sin duda, pero el eco de su mensaje fue mayor en el contexto del desorden, la violencia y los planes de demolición de estos años.
El rechazo a la refundación expresó el deseo de conservar lo mucho bueno construido por el país. La oposición a la plurinacionalidad estuvo determinada por la voluntad de conservar la unidad de la nación chilena. Chile necesita cambios, naturalmente, pero la mayoría no quiere que se hagan a tontas y a locas.
Es paradójico que el Partido Republicano, que resistió la “idea correcta” de elaborar una nueva Constitución, tenga ahora en sus manos la suerte del proceso constituyente. Será una prueba difícil, sobre todo por la compleja estructura ideada por los senadores y diputados. No deben descartarse nuevos problemas, como los que podrían derivar del intento de una parte de la izquierda de provocar el naufragio del barco, lo que no haría sino probar su concepción descaradamente utilitaria del régimen democrático.
Como sea, hay que cumplir el itinerario. Pero llegará el momento de juzgar los estragos causados por la compulsión constituyente, que fue, a todas luces, una táctica de quienes, como los líderes del Frente Amplio, cifraron en ella sus expectativas de poder, aunque ahora están viendo que el tiro les salió por la culata. No se justificaba ayer ni se justifica hoy elaborar un texto a partir de una hoja en blanco, desconociendo así el valor que tuvo la acumulación de reformas. La desinhibición politiquera dejó huella.
Los dirigentes del Partido Republicano probablemente esperaban avanzar un paso más esta vez, pero les llegó el triunfo en las urnas ahora mismo, lo cual los obliga a hacerse cargo de sus múltiples efectos. Su partido se ha instalado en medio del escenario, y eso nunca es gratuito. Necesitan hablarle al país entero, decantar una perspectiva programática que inspire confianza a la mayoría, la cual recela de cualquier forma de autoritarismo. Veremos si aprovechan la oportunidad de ayudar a que Chile se recupere de las convulsiones vividas. Deberían dialogar con todos los que estén dispuestos a ello.
Está a la vista que el posible entendimiento entre el Partido Republicano, la UDI, RN y Evopoli, puede traducirse en una alternativa de gobierno. Habrá que observar cuánto realismo, equilibrio y sentido nacional despliegan esos partidos en los tiempos que vienen. ¿Dependerá todo del proceso constituyente? En realidad, no.
Alguna gente pregunta qué va a pasar si el proceso enfrenta dificultades insalvables, derivadas de su complejo formato o de la situación política del país, lo que podría implicar que no llegue a puerto. Pues, nada. No ocurriría nada traumático. El país seguiría funcionando como hoy, gracias a que la democracia tiene cimientos firmes. Las instituciones seguirían cumpliendo su tarea, en el marco del orden vigente. Y el debate constitucional quedaría radicado en el Congreso, desde donde nunca debió salir. La extorsión del miedo ya no rinde.
Este país anduvo extraviado, pero es fuerte, resistente y tiene enormes deseos de salir adelante.
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