El fin de la revolución: La fisura en Apruebo Dignidad. Por Kenneth Bunker

Ex-Ante
Crédito: Agencia Uno.

El gobierno ya avanza como un barco sin rumbo, con un capitán confundido y una tripulación que se siente traicionada. Mientras Boric parece haber dado el salto de lo ideológico a lo pragmático, y ahora solo busca llevar su barco a tierra firme, las bases comienzan a preguntarse sobre la naturaleza del viaje. Pues no son pocos los que se embarcaron para ir a un lugar y resulta que ahora se están dando cuenta que van camino a un lugar muy distinto. Así, la probabilidad del motín aumenta.


Se acabó la revolución. Al menos la idea de “derrumbarlo todo solo para reconstruirlo de nuevo” ya no existe. Son pocos los que aún se atreven a defender lo ocurrido en el transcurso del estallido social, y cada vez menos los que se atreven a justificar lo propuesto en la fatídica Convención Constitucional. La mayoría ya dio vuelta la página y prefiere volver a lo que había hasta entonces, antes de tener que pasar por lo mismo otra vez. Lo que sea que comenzó el 18 de octubre de 2019 se acabó.

Si bien el sentimiento empezó a morir en los últimos seis meses de la Convención Constitucional, cuando la gran mayoría de los chilenos se comenzó a dar cuenta de la farsa que había tras la rebelión, la estocada final se dio en el plebiscito de salida, cuando la gente normal —la de la clase media, que no milita en partidos, ni le interesa la política— salió en masa a rechazar lo que se les estaba ofreciendo simplemente porque no era mejor de lo que ya había.

El fin de la revolución es especialmente evidente por el ocaso de sus símbolos. Desde el “perro matapacos” hasta la “primera línea”, ya no se ven banderas negras ni se escuchan canciones como “un violador en tu camino”. Los encapuchados desaparecieron y ya nadie justifica la quema de hoteles o iglesias como medios legítimos para justificar fines. Incluso los más persistentes, los que aún creen que tienen algo que ganar, tienen dificultades para explicar coherentemente por qué el estallido social habría de ser recordado con afecto.

Un ejemplo que constata de mejor manera el crepúsculo del octubrismo es la posición del mismo Presidente, que pasó de ser un ferviente manifestante de Plaza Dignidad a un defensor de todo lo que es tradicional. Pasó de gritarle a los militares que volvieran a sus barracas en 2019 a solicitarles apoyo en las fronteras de la nación. Pasó de ser un firme opositor de la Constitución de 1980 a despachar un proyecto de ley que asegura que la próxima propuesta constitucional sea escrita y revisada por la derecha.

No acaba allí. En lo que va de su mandato, Boric ha apoyado el TPP-11, ha respaldado la independencia del Banco Central, le ha devuelto la autoridad a Carabineros, ha hecho uso constante de la ley de seguridad del Estado y del estado de excepción, así como también le ha prestado apoyo al Senado para revisar a la Cámara, ha reconocido al Tribunal Constitucional como órgano legítimo y ha adoptado el invento concertacionista de las concesiones como modelo de desarrollo propio.

Ahora bien, es claro que nada de esto era parte del plan. El plan de Boric, por el contrario, era profundizar la revolución. De hecho, es lo que está en su programa de primera vuelta. Pero al verse confrontado con la realidad de gobernar, tuvo que improvisar. Y tuvo que improvisar tanto que se terminó desviando del plan. Un estudio de Idea País sugiere que el Presidente solo ha logrado cumplir 5% de sus promesas. Y no es que no ha hecho nada, es que no ha hecho nada de lo que dijo que iba hacer.

Esta “voltereta” es hoy objeto de un sendo debate político, en tanto es evidente que la consistencia está vinculada a la gobernabilidad. A mayor consistencia, mayor gobernabilidad. Por eso, se ha explorado tanto la relación entre la credibilidad de Boric y su vínculo con los votantes. Pero se olvida que en sistemas presidenciales (de mandato fijo), la gobernabilidad la dan los partidos. Y de eso se ha hablado poco. Es obvio que si las volteretas deterioran la relación entre el Presidente y la gente, también deterioran su relación con los partidos.

Esta es una observación que va al corazón del contexto, en tanto Apruebo Dignidad es una alianza nacida en las brasas de la “revolución”. De hecho, la única razón que explica la unión entre el Frente Amplio y el Partido Comunista es la ambición compartida de querer “derrumbarlo todo solo para reconstruirlo de nuevo”. Pero con eso descartado, cabe preguntarse qué ocurrirá. ¿Apruebo Dignidad se alineará con Boric y su nueva posición a favor del statu-quo? ¿O dará un golpe de timón, obligando al Presidente a recular?

Esta son las típicas contradicciones que se asoman en las colas de los ciclos. Se está bien hasta que se comienza a perder. Y cuando se comienza a perder, se comienza a desarmar todo. En este caso la evidente derrota de las ideas de la izquierda (primero en el proceso constituyente, después en el plebiscito y ahora en La Moneda) está ejerciendo una fuerte tensión sobre la coalición de gobierno que puede terminar en un quiebre permanente o una reestructuración mayor, pero que no puede continuar por mucho tiempo más en su estado actual.

La primera fisura ya se asomó. Esta semana, mientras el Presidente les daba su apoyo irrestricto a las fuerzas del orden y anunciaba su intención de perseguir a los delincuentes “por cielo, mar y tierra”, su coalición le daba la espalda a la ley Nain-Retamal en el Congreso. Algunos dirán que es un detalle rebuscado, pero la verdad es que la votación revela perfectamente dónde se podría dividir la coalición de gobierno si la providencia no los acompaña y los problemas siguen apareciendo.

El gobierno ya avanza como un barco sin rumbo, con un capitán confundido y una tripulación que se siente traicionada. Mientras Boric parece haber dado el salto de lo ideológico a lo pragmático, y ahora solo busca llevar su barco a tierra firme, las bases comienzan a preguntarse sobre la naturaleza del viaje. Pues no son pocos los que se embarcaron para ir a un lugar y resulta que ahora se están dando cuenta que van camino a un lugar muy distinto. Así, la probabilidad del motín aumenta.

Lo lógico sería que el Partido Comunista abandonara al gobierno. Pues, va directo a apoyar a un presidente que podría dejar las AFP, las Isapres y el resto de los supuestos enclaves empresariales apernados por otros cuarenta años. Probablemente no ocurra, pero si ocurre, un punto de quiebre natural sería en el transcurso del proceso constituyente que viene, siempre y cuando este comience a inclinarse demasiado a la derecha, como probablemente ocurrirá por todo el aparataje tutelar que lo enmarca.

Otro escenario es que la coalición se mantenga unida bajo el compromiso de hacer lo posible para llegar a buen puerto. En este escenario se impone Boric, en tanto consigue el apoyo que necesita para no naufragar. Pero las implicancias serían tremendas. Partiendo porque significa la rendición incondicional de quienes lideraron la revolución. En este escenario la coalición que venía a imponer sus términos termina rendida y dejando como legado una Constitución decepcionantemente moderada.

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