Diciembre 3, 2021

El efecto Kast: Unidad de la izquierda y certificado de socialdemócrata para Boric. Por Jorge Schaulsohn

Ex-Ante

La centro izquierda, en su caída libre, no fue capaz siquiera de urdir una “Mise en Scene” de negociación programática para corregir aquellos aspectos más nefastos del programa de gobierno de la extrema izquierda que tanto había criticado su candidata Yasna Provoste durante la campaña, entregándose en cuerpo y alma a sus “verdugos” políticos.

En círculos de izquierda siempre se vio a José Antonio Kast como el adversario ideal para Gabriel Boric en la segunda vuelta y se consideró que la peor pesadilla sería enfrentar a Sebastián Sichel, un independiente progresista capaz de captar el voto de centro incluyendo los ex concertacionistas que no querían votar por la extrema izquierda; Sichel, con el voto de la derecha en el bolsillo podría ganar y arrebatar la presidencia al Apruebo Dignidad.

Al momento de escribir esta columna (queda tiempo, las cosas pueden cambiar) todos los sondeos de opinión favorecen a Boric.

El inesperado triunfo de Kast en la primera vuelta provocó un terremoto que podemos denominar “el efecto Kast”; hizo que rápidamente toda la izquierda cerrara filas sin condiciones tras la candidatura de Boric. Atrás quedaron las críticas y humillaciones propinadas por el Apruebo Dignidad y su abanderado contra la Concertación y sus líderes. El primero en levantar la bandera blanca de la rendición incondicional fue el más vilipendiado de todos, aquel que era señalado como el responsable del estallido social, un neoliberal encubierto que endeudó a los estudiantes y sus familias con el CAE, que entregó las carreteras a las multinacionales, inventor de los multi-fondos y defensor de las AFP.

El expresidente Ricardo Lagos Escobar en un escueto pero decisivo comunicado informó que a su juicio el candidato del Apruebo Dignidad, que había barrido reiteradamente con él y su legado, “daba el ancho” para asumir la primera magistratura de la nación. Este fue el “Adhan” o llamado a la oración que se hace a los fieles desde el minarete de la mezquita, en este caso a las huestes de la izquierda sin distinción, a sumarse a la cruzada contra la ultraderecha representada por la candidatura de Kast, a la que adhirieron todos los partidos opositores sin condiciones.

La centro izquierda, en su caída libre, no fue capaz siquiera de urdir una “Mise en Scene” de negociación programática para corregir aquellos aspectos más nefastos del programa de gobierno de la extrema izquierda que tanto había criticado su candidata Yasna Provoste durante la campaña, entregándose en cuerpo y alma a sus “verdugos” políticos.

De la noche a la mañana, Gabriel Boric recibió un certificado de social demócrata avalado por la ex Concertación y sus personeros. El candidato, bajo la mirada atenta e inquieta de sus socios comunistas, inició un giro discursivo de 360 grados redescubriendo la importancia del orden público y del control de las fronteras y enfatizando que la “juventud no es virtud” exonerando a los viejos tercios de sus pecados cometidos durante los treinta años, en un gesto que me hizo recordar cuando el Concilio Vaticano Segundo absolvió a los judíos del cargo de haber asesinado a Cristo.

Todo lo anterior no ha sido más que una consecuencia del error histórico de la derecha de haber abandonado y traicionado a quien ellos mismos eligieron candidato del sector en una concurrida primaria, abrazando con entusiasmo en la primera vuelta al más derechista y reaccionario de los suyos. Dejando sin opción al ciudadano moderado, progresista, independiente, que tradicionalmente había votado por la Concertación y a la mayoría de los jóvenes y las mujeres que según los estudios están votando por Boric.

No dudo del compromiso con la democracia de José Antonio Kast pero basta leer el petitorio que Sebastián Sichel le hace como condición de su apoyo para entender hasta qué punto el abanderado de la derecha está totalmente desconectado de una parte muy significativa del Chile actual, sin cuyos votos simplemente no puede ganar. La derecha ha experimentado una renovación significativa en el último tiempo de la que Kast ha sido el gran ausente; no solo no participó, sino que se fue de la UDI en señal de protesta por ella. Es un admirador de Jair Bolsonaro y Donald Trump y en su reciente viaje a Estados Unidos se reunió con Marco Rubio, uno de los senadores más reaccionarios, conservadores y Trumpistas del Partido Republicano.

Sichel le pide que no abandone las Naciones Unidas ni sus organismos, que respete los DDHH, que no disuelva el INDH, que no intente terminar con el aborto por las tres causales, que reconozca el cambio climático como fenómeno provocado por el hombre, que se abstenga de discriminar contra las mujeres debido a su estado civil, que mantenga el ministerio de la mujer, que abandone la idea de facultar al presidente para interceptar y abrir o registrar documentos y comunicaciones y arrestar personas en sus moradas o lugares que no sean cárceles (como el Pdte. de Filipinas Duterte). Asuntos todos que formaron parte del programa inicial de Kast y que sin duda reflejan sus más íntimas convicciones morales y religiosas que ha venido expresando por años.

La esencia ideológica y valórica de un candidato no se modifica con ajustes programáticos oportunistas. Gabriel Boric nunca ha sido, no es ni será un social demócrata; es un militante de la izquierda radical latinoamericana aun cuando su “nuevo” programa destaque la importancia del orden público, condene la violencia, se manifieste contra los indultos y hable de gradualidad.

Del mismo modo, Kast, aunque ahora  reniegue de muchas de sus posturas y opiniones y tenga el apoyo Vargas Llosa, sigue siendo un fiel representante de la derecha “primitiva” que para miles de electores que rechazan el proyecto de Apruebo Dignidad les resulta imposible apoyar; ello a pesar de estar  totalmente conscientes de que un gobierno encabezado por Boric hará de Chile un país más pobre, más desigual, con menos movilidad social, poca inversión, bajo crecimiento, mayor desempleo y con la inestabilidad propia e inherente a todos los proyectos políticos refundacionales y revolucionarios.

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